Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

El primer día que Manu volvió a la cafetería después de unos días desaparecido, casi conseguí convencerme de que todo seguía igual.

El desayuno de los huéspedes ya había terminado y yo estaba terminando de preparar las mesas para la comida cuando apareció por la puerta lateral con el pelo todavía húmedo, una camisa blanca y esa cara de haber dormido poco que últimamente le veía demasiado.

—No sé si esto cuenta como soborno o como disculpa —dijo, dejando el vaso delante de mí.

Lo miré.

—Depende de lo bueno que esté.

No debería haberme hecho tanta ilusión. Era un café.

Y venía unas cinco horas tarde, ya eran las doce.

Pero Manu lo empujó hacia mí con una naturalidad que me hizo acordarme de la mañana en su casa, de él preparándome una taza como si lleváramos años repitiendo esa tradición, y algo en mí quiso agarrarse a eso con ganas.

—¿Has dormido algo? —pregunté.

—Lo suficiente.

—Eso significa que no.

—Significa que estás muy observadora para ser tan temprano.

—Son las doce.

—Para ti sigue siendo temprano.

Sonreí a pesar de todo. Manu se inclinó hacia mí, me acarició el cabello y estuvimos hablando unos minutos que me pasaron muy deprisa. Era fácil. Tan fácil que me dio rabia haber pasado la noche anterior inquieta.

—Hoy a las siete ya no tengo nada más —dijo, bajando un poco la voz.

Levanté la vista.

—¿Ah sí?

—Eso creo.

—Qué frase tan poco fiable.

—Hoy a las siete no tengo nada más —repitió, con más firmeza—. Mejor.

—Mucho mejor.

—Podríamos vernos luego.

—Podríamos —respondí.

Manu sonrió, y fue una de esas sonrisas pequeñas que tanto había echado de menos esos últimos días.

Entonces sonó su móvil. El gesto le cambió antes incluso de mirar la pantalla. No necesitó decirme quién era. Lo supe por la manera en que se enderezó.

—Tengo que cogerlo.

—Claro.

Se apartó unos pasos.

—Sí.

Pausa.

—Estoy en el hotel.

Otra pausa.

—Sé lo de la tormenta, pero ahora no puedo, tengo…

Se calló. Miró hacia la puerta.

—Vale. Voy.

Colgó despacio. No dijo nada durante un segundo, y ese segundo fue suficiente para que todo lo fácil que acababa de ocurrir empezara a parecer prestado.

—¿Otra reunión? —pregunté.

—Sí. Mi padre necesita que lo acompañe a Palma. Había que ir mañana, pero viene un temporal.

—¿Seguirás estando libre esta tarde?

Una mueca breve apareció en su cara.

—Eso espero.

Intenté sonreír. Lo intenté de verdad.

—Bueno, luego nos vemos.

—Luego nos vemos —repitió.

Pero no sonó como antes. No sonó a promesa. Sonó a esperanza. Y yo ya había aprendido, aunque todavía no quisiera reconocerlo, que las esperanzas eran mucho más frágiles que los planes.

El día se hizo largo después de eso. No porque pasara nada terrible. Ojalá. Las cosas terribles al menos tienen la decencia de ocuparlo todo. Aquello fue peor porque siguió siendo un día normal.

Clientes que pedían cafés con leche vegetal y luego se enfadaban porque sabían a leche vegetal. Niños descalzos entrando en zonas donde claramente había carteles de prohibido. Héctor apareciendo con un platito de empanadillas robadas de cocina.

—Toma, unas empanadillas para coger fuerzas —dijo, acercándome el plato.

Cogí una.

—Gracias.

Se apoyó a mi lado, mirando la terraza.

—Oye… ¿te preocupa algo? Te veo rara.

Suspiré antes de poder evitarlo.

—No… bueno. Un poco cansada, supongo.

—Ajá.

No sonó a que se lo creyera del todo, pero si algo caracterizaba a Héctor era su discreción.

—Bueno, pues estoy dispuesto a compartir todas las empanadillas contigo —añadió, señalando la bandeja—. Ya verás, esto para el cansancio, mano de santo.

Hizo un guiño divertido.

—¿Esto te lo han dado o lo has robado?

—Rescatado, diría yo.

Lo dijo con una sonrisa fácil. Héctor siempre había tenido esa forma de estar sin exigir demasiado.

Me daba conversación, me robaba una risa, me ofrecía comida de procedencia dudosa y luego seguía su camino.

Con él todo parecía menos complicado, y quizá por eso me sentí culpable al pensar que, si Manu me hubiera escrito en ese momento, habría dejado a Héctor con la frase a medias.

Pero Manu no escribió hasta las ocho de la tarde.

Manu: Perdón, se ha alargado

Me quedé mirando la pantalla en el vestuario, con la camiseta del uniforme a medio desabrochar y el pelo pegado al cuello por el calor.

Mia: No pasa nada

Era mentira, sí pasaba. No algo enorme. No algo que pudiera reclamar sin sentirme ridícula.

Pero pasaba. Pasaba que llevaba días acostumbrándome a encontrarlo en cualquier rincón y, de pronto, su vida volvía a tener puertas que se cerraban antes de que yo pudiera cruzarlas.

Pasaba que cada vez que su padre llamaba, Manu desaparecía un poco.

Pasaba que yo entendía perfectamente que tuviera responsabilidades y, al mismo tiempo, empezaba a cansarme de sentirme comprensiva.

El mensaje siguiente tardó casi media hora.

Manu: ¿Puedo verte luego?

Manu: Cinco minutos

Miré la pantalla. Cinco minutos. Había empezado a odiar esa medida. Porque cinco minutos eran suficientes para perdonarle casi cualquier cosa y demasiado pocos para preguntarle nada de verdad.

Yo: Vale

Nos vimos detrás de la casa del personal.

Manu llegó tarde. No mucho. Diez minutos.

Pero yo había llegado cinco minutos antes, ansiosa, por lo que en realidad llevaba quince fingiendo que no esperaba.

Venía con camisa. Otra vez. El pelo un poco revuelto, las mangas remangadas y esa expresión cansada que no desapareció del todo cuando me vio.

Se acercó enseguida y me besó antes de decir nada.

Yo le respondí. Claro que le respondí. Eso era parte del problema.

Cuando se apartó, apoyó la frente contra la mía.

—Perdón.

—Ya me lo has dicho.

—Lo sé.

—Entonces no hace falta que lo repitas.

Se separó un poco para mirarme.

—Pero estás enfadada.

—No estoy enfadada.

—Mia.

Suspiré, porque odiaba que dijera mi nombre así, como si pudiera desarmarme solo con pronunciarlo.

—No estoy enfadada. Estoy… cansada.

Su expresión cambió.

—Lo sé.

—No, creo que no lo sabes.

No lo dije fuerte. Ni siquiera sonó como una acusación. Quizá por eso dolió más. Manu se quedó quieto, con las manos todavía cerca de mi cintura, sin saber si tocarme o apartarse.

—No te estoy pidiendo que dejes de trabajar —seguí—. Ni que plantes a tu padre. Ni que me expliques cada hora de tu vida como si tuvieras que pedir permiso. No es eso.

—Entonces, ¿qué es?

La pregunta era sincera. Eso fue lo peor.

Porque si hubiera sonado a defensa, a excusa o a enfado, me habría resultado más fácil responder.

Pero Manu parecía de verdad perdido, de pie frente a mí con la camisa arrugada y los ojos cansados, intentando entender qué parte de todo aquello se nos estaba escapando.

Tardé unos segundos.

—Que cada vez que pasa algo desapareces.

Frunció el ceño.

—No desaparezco.

—Sí.

—Estoy en reuniones.

—No estoy hablando solo de las reuniones.

—¿De qué hablas entonces?

Miré hacia la puerta, aunque no había nadie.

—De que no sé nada.

—Mia…

—No, déjame acabar, por favor.

Se calló.

—No sé a dónde vas. No sé cuánto tiempo vas a estar. No sé qué está pasando con tu padre ni por qué de repente te necesita todos los días. No sé si cuando me dices “luego nos vemos” significa “luego nos vemos” o significa que me escribirás a las once para decirme que no puedes.

Algo pasó en su cara. Algo pequeño. Culpa, quizá. O cansancio. O las dos cosas.

—No quiero meterte en eso.

—¿En qué?

—En mis cosas.

Solté una risa corta, sin humor.

—¿Tus cosas?

—Ya sabes a qué me refiero.

—No, Manu. No lo sé. Ese es el problema. Nunca me cuentas nada. Siento que solo conozco un diez por ciento de ti.

Se pasó una mano por el pelo y miró hacia la calle, como si necesitara encontrar una respuesta escrita en alguna parte.

—Mi padre está insistiendo con unas reuniones. Quiere que esté más presente, que empiece a asumir cosas, que vaya con él a todas partes. Es temporal.

Temporal. La palabra cayó entre los dos con un peso que no esperaba.

—¿Y cuánto dura lo temporal?

No respondió.

—¿Una semana? ¿Dos? ¿Hasta que termine agosto? ¿Hasta que yo me vaya?

Levantó la mirada.

—No digas eso.

—¿El qué?

—Como si fuera tan sencillo.

—No estoy diciendo que sea sencillo. Estoy preguntando.

—No lo sé.

Tuve que mirar hacia otro lado. Verlo dolido me hundía todavía más. Tragué saliva. Noté una presión incómoda en la garganta y me enfadó sentirla allí, tan cerca de convertirse en algo que no quería mostrar.

—Entonces dime qué quieres que diga.

—Lo que estás pensando.

Lo miré. Y durante un segundo estuve a punto.

A punto de decirle que me asustaba empezar a depender de alguien que podía desaparecer con una llamada.

Que había algo en verlo marcharse detrás de su padre que me dejaba una sensación vieja en el cuerpo.

Que no quería convertirme en una espera más, en un hueco entre reuniones, en algo que se atendía cuando quedaba tiempo.

—No quiero ser algo que tengas que encajar en los ratos libres —dije al final.

Manu cerró los ojos un instante.

—No eres eso.

—Pues a veces se siente así.

—No es justo.

—Ya lo sé.

—No, quiero decir… —se interrumpió, frustrado consigo mismo—. No sé cómo hacerlo todo a la vez.

—No te estoy pidiendo todo.

—Pero siento que todo el mundo me lo pide.

La frase salió más baja, rota. Y, por un momento, dejé de verlo como el chico que me estaba fallando y volví a verlo como Manu. Cansado. Atrapado. Intentando llegar a sitios que se alejaban cada vez que daba un paso.

Casi me ablando. Si su móvil no nos hubiese interrumpido, habría conseguido esconder todo ese miedo de nuevo y seguir disimulando. Pero su móvil sonó y no hizo falta mirar. Los dos supimos quién era. Manu no se movió. El teléfono siguió vibrando dentro de su bolsillo.

—Cógelo —dije.

—No.

—Manu.

—No voy a cogerlo.

El móvil dejó de sonar. Durante dos segundos respiré. Luego volvió. Manu apretó la mandíbula. Y ahí estuvo la respuesta, aunque ninguno quisiera verla. No importaba que no quisiera irse. Algo en él ya se estaba yendo.

—Cógelo —repetí, más bajo.

Esta vez sí sacó el móvil. Miró la pantalla y cerró los ojos un momento antes de contestar.

—Sí.

Silencio.

—Estoy en el hotel.

Otro silencio.

—Papá, ahora no…

Se interrumpió. Yo aparté la mirada.

—Sí. Voy.

Colgó. Ninguno habló. Era casi absurdo que todo se hubiera reducido a eso. A una llamada. A dos palabras. Voy. Manu guardó el teléfono y dio un paso hacia mí.

—Mia…

—Tienes que irte.

—No quiero.

—Pero vas a ir.

No respondió. Y esa falta de respuesta fue peor que cualquier discusión. Asentí despacio, como si alguien acabara de explicarme algo que en realidad ya sabía.

—Vale.

—No es así.

—¿No?

—Solo necesito un poco de tiempo.

Me quedé quieta. No sé si se me notó en la cara. Supongo que sí, porque Manu frunció el ceño enseguida, como si hubiera entendido que acababa de romper algo sin saberlo. Un poco de tiempo.

—Mia.

—Está bien.

—No, no está bien. Acabo de decir algo y tú has cambiado la cara.

Forcé una sonrisa pequeña.

—No he cambiado nada.

—Sí.

—Tienes que irte.

—No quiero dejar esto así.

No hablábamos solo de esa noche, ni de esa conversación, ni de una llamada.

Estaba hablando de todo. Pero él no podía quedarse.

O no sabía. O no se atrevía. Dio otro paso hacia mí, pero esta vez fui yo quien se apartó apenas un poco.

No lo suficiente para hacerlo evidente. Lo justo para que ambos lo notáramos.

—Hablamos luego —dijo.

—Claro.

La palabra salió limpia. Manu la odió, lo vi en su cara. Me dio un beso en la frente y se subió al coche. Me quedé allí un rato, en la luz amarilla que seguía parpadeando sobre la acera, con la sensación ridícula de que no había pasado nada grave y, al mismo tiempo, algo se había movido de sitio.

Cuando volví a subir, Carla estaba en la cocina con el pelo recogido en un moño mal hecho y un plato de pasta recalentada delante.

—¿Todo bien? —preguntó.

Asentí.

—Sí.

No me creyó, pero tampoco tuvo tiempo de descubrir por qué. Me encerré en la habitación, me quité la ropa y me metí en la cama antes de que nadie pudiera preguntarme nada más. El móvil vibró cuando ya tenía la luz apagada.

Manu: Perdón

Lo miré durante mucho tiempo. Escribí una respuesta. La borré. Escribí otra. También la borré. Al final dejé el móvil boca abajo sobre la mesilla. Aquella noche dormí sola, como la mayoría de las noches. Pero esta vez con una sensación que creía haber dejado muchos años atrás.