Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

El lunes esperé a Manu en la cafetería antes de empezar el turno. No porque hubiéramos quedado expresamente, sino porque últimamente siempre aparecía con un café, con cualquier excusa, con una sonrisa que conseguía que madrugar dejara de parecer un crimen.

Aquella mañana no apareció. Tampoco le di demasiada importancia. Pensé que se habría quedado dormido. Que Nico habría vuelto a convencerlo para acostarse a las tres de la mañana. O que simplemente habría entrado por otra puerta del hotel.

No fue hasta casi el mediodía cuando empecé a preguntarme dónde estaba.

—¿Buscas a alguien?

Héctor acababa de entrar en la recepción con una caja de kits para el baño.

—No.

—Vale.

Dejó la caja sobre el mostrador. Esperó dos segundos.

—Estás buscando a alguien.

Solté una risa.

—¿Se me nota tanto?

—Un poco.

Cogió una botella de agua de la nevera.

—Si estás buscando a Manu, ha salido.

—¿Ha salido?

Asintió.

—Con su padre.

Fruncí el ceño.

—¿Otra vez?

Héctor abrió la botella.

—Creo que llevan unos días reuniéndose con gente por lo del grupo hotelero o algo así.

Grupo hotelero. Aquellas dos palabras sonaban enormes. Le quedaban mejor a un hombre de cincuenta años que a Manu.

Al terminar el turno tenía un mensaje suyo.

Manu: Perdón

Manu: Me han liado toda la tarde

Le respondí mientras caminaba hacia la casa del personal.

Mia: No pasa nada

Mentía un poco; sí pasaba. Había echado de menos el café, los besos robados, encontrarlo de repente en un pasillo como si el hotel fuera demasiado pequeño para mantenernos separados.

Me respondió enseguida.

Manu: ¿Puedo verte cinco minutos?

Sonreí sin querer.

Mia: Cinco minutos sí

Cinco minutos acabaron siendo siete. Lo encontré esperándome detrás del restaurante, donde nadie pasaba a esas horas.

Llevaba camisa. No recordaba haberlo visto nunca con camisa fuera de algún evento.

La tenía remangada hasta los codos y el primer botón desabrochado, como si hubiera intentado quitarle formalidad a un día que no la había tenido.

Nada más verme caminó hacia mí. No dijo hola. Me besó. Un beso corto pero apasionado, con esa urgencia de quien lleva mucho tiempo esperando.

—Hola.

Sonreí.

—Hola.

Me acarició la mejilla con el pulgar.

—Perdón.

—Ya me has pedido perdón tres veces por mensaje.

—Pues cuatro.

—No hace falta.

Bajó la vista un segundo. Parecía cansado, mucho más cansado que otros días.

—Mi padre está organizando reuniones casi todos los días. Están trabajando en la adquisición de un resort en Ibiza.

—¿Y tú estás bien?

Asintió rápido.

—Sí.

No insistí. No porque le creyera. Porque entendí que, si quería contármelo, lo haría. Me abrazó por encima de los hombros y nos quedamos unos segundos en silencio. Él seguía sujetándome, como si no quisiera soltarme todavía.

Volvió a besarme y luego apoyó la frente contra la mía.

—Tengo que volver.

Aquellas cuatro palabras me gustaron menos de lo que esperaba. Fue en ese momento cuando entendí que había cosas capaces de llevárselo de mi lado por mucho que ninguno de los dos quisiera.