Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Dicen que una rutina se consigue repitiendo una acción de forma constante durante veintiún días. La nuestra necesitó exactamente tres.

La primera mañana me desperté completamente desorientada.

Durante unos segundos no entendí dónde estaba.

Después vi el techo blanco de la habitación de Manu, escuché el rumor del mar colándose por la ventana entreabierta y todo volvió de golpe.

La noche anterior seguía pegada a mi piel, como si todavía pudiera sentir el calor de sus manos.

Él ya no estaba.

Me incorporé despacio y salí de la habitación todavía descalza. La puerta permanecía entreabierta y desde la planta de abajo subía el olor inconfundible del café recién hecho.

Lo encontré en la cocina, de espaldas, terminando de servir dos tazas. Iba descalzo y sin camiseta. La luz de la mañana entraba por los ventanales y dibujaba sombras sobre su espalda bronceada. Durante un instante me quedé allí, apoyada en el marco de la puerta, observándolo sin hacer ruido.

Había algo dulce en esa escena, como si despertarme en su casa y encontrarlo preparándome el café fuera algo que lleváramos haciendo toda la vida, en lugar de ser la primera vez.

Al oírme entrar levantó la vista.

—Buenos días.

—¿Qué hora es?

—Demasiado temprano para ser tu día libre.

Me acerqué bostezando. Empujó una taza hacia mí.

—Sin azúcar y con leche de avena.

La cogí con mirada sospechosa.

—¿Cómo lo sabes?

Me hizo un guiño y se apoyó en la encimera. Probé el café, estaba exactamente como me gustaba.

Los días siguientes empezaron a parecerse entre sí.

Sin darnos cuenta, habíamos empezado a actuar como si aquello fuera nuestra vida normal.

Él aparecía con cualquier excusa por recepción.

Yo encontraba siempre un motivo para pasar por donde estaba él.

Si coincidíamos en el almacén, robábamos un beso rápido antes de que alguien doblara la esquina.

Si nos cruzábamos por un pasillo vacío, nuestras manos se encontraban durante dos segundos y volvían a separarse antes de que nadie pudiera verlo.

Por las noches, nos escapábamos a la cala donde pasamos la primera noche juntos y hacíamos el amor sin ningún otro testigo que las estrellas y el mar.

No había marcha atrás, necesitaba estar con él a todas horas.

Y, al mismo tiempo, una simple caricia por el pasillo parecía bastar para aguantar unas horas más.

—¿Me estás evitando?

Levanté la vista. Manu estaba apoyado en el marco de la lavandería.

—Estoy trabajando.

—Yo también.

—No tienes ninguna toalla en la mano.

Miró sus manos.

—Buen argumento.

Me acerqué un paso.

—¿Qué haces aquí?

—Necesitaba una excusa para verte. —Apareció su sonrisa cautivadora—. La otra opción era robar una sábana y salir corriendo.

No pude evitar reírme. Él aprovechó esos dos segundos. Se inclinó, me besó, y cuando volvió a separarse seguía sonriendo.

—Mucho mejor.

—Como entre alguien...

—Entonces cogeré una toalla.

—Eres idiota.

—Pero ya sonríes otra vez.

Y tenía razón.

Unos días después estaba sirviendo cafés en la terraza cuando vi a Manu salir del edificio principal. Esta vez no iba solo, su padre caminaba a su lado. Hablaban de algo que no alcanzaba a escuchar.

Manu parecía responder con la atención justa, hasta que levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron al otro lado de la terraza. No hizo falta nada más. Sonrió de esa forma pequeña, casi imperceptible. La misma que ya empezaba a reservar solo para mí.

Su padre siguió la dirección de la mirada de Manu. Después me miró a mí y volvió a mirar a su hijo. No dijo nada, solo carraspeó. Lo suficientemente alto para romper aquel momento. Manu apartó la vista inmediatamente y su expresión cambió de forma radical. Su padre apoyó una mano en su espalda.

—Tenemos que irnos.

Aquello sonó más a una orden que a una propuesta. Manu dudó un momento mínimo. Después volvió a mirarme, lo justo para dedicarme un gesto casi invisible con la cabeza antes de seguir caminando junto a él. Los vi alejarse.

Y, por primera vez desde que habíamos aprendido a querernos a escondidas, tuve la sensación de que alguien más había entrado en nuestra historia.

Aquella noche tardó mucho más de lo habitual en responder.

Siempre tenía un mensaje suyo al terminar un turno.

Y cuando yo le escribía, él solía responder antes de los cinco minutos, excepto si estaba en una reunión.

En ese caso, siempre me mandaba un mensaje antes de entrar y después al salir.

Pero no me había escrito desde antes de habernos visto en la terraza.

Mia: ¿Has sobrevivido?

Cinco minutos.

Quince.

Treinta.

Nada.

Cuando el móvil vibró ya estaba metida en la cama.

Manu: Perdón

Manu: Acabo de llegar

Sonreí al leerlo.

Mia: ¿Todo bien?

Pasaron varios minutos.

Manu: Sí

Otros tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron.

Manu: Te echo de menos

Miré la hora. Llevábamos separados menos de ocho horas.

Mia: Han pasado ocho horas

La respuesta llegó enseguida.

Manu: Lo sé

Manu: Se me ha hecho largo

Me quedé unos segundos mirando la pantalla antes de escribir.

Mia: A mí también

Dejé el móvil sobre la mesilla. Era la primera vez desde que había llegado a Mallorca que mi cama me parecía muy grande para mí sola.