Capítulo 26 #2
El aire se me quedó atrapado en el pecho. Lo besé para no tener que responder.
Esta vez fui yo quien tiró del borde de su camiseta.
Manu levantó los brazos para ayudarme y la lanzó junto a la mía.
Deslicé las manos por su pecho tonificado, sintiendo cómo tensaba los músculos bajo mis dedos.
Había imaginado tocarlo más veces de las que estaba dispuesta a admitir, pero la realidad superaba mis expectativas.
Él cerró los ojos un instante cuando mis labios rozaron su cuello. Aquella mínima pérdida de control me dio un valor que no sabía que tenía.
—Pensaba que tú no te ponías nervioso —susurré contra su piel.
Sentí su risa baja.
—Contigo, constantemente.
Me besó debajo de la mandíbula y después descendió despacio por mi cuello. Cerré los ojos. Cada roce parecía quedarse durante más tiempo del necesario, como si quisiera memorizarme. Sus manos recorrieron mis costados, sin prisa, deteniéndose cada vez que mi respiración cambiaba.
Cuando sus dedos alcanzaron el cierre de mi pantalón, volvió a mirarme. Asentí antes de que preguntara. La ropa fue desapareciendo lentamente, entre besos interrumpidos y alguna risa nerviosa cuando casi perdí el equilibrio intentando quitarme una sandalia. Manu me sostuvo por la cintura.
—Muy elegante —murmuró.
—Cállate.
—Estás preciosa.
Bajé la mirada, pero él colocó dos dedos bajo mi barbilla y consiguió que volviera a mirarlo.
—De verdad.
No sabía qué hacer con alguien que parecía empeñado en decir justo las cosas que más miedo me daba creer.
Me llevó hasta la cama sin dejar de besarme. Cuando mi espalda tocó el colchón, se quedó sobre mí, apoyando parte de su peso en un brazo. El otro lo utilizó para apartarme un mechón de pelo de la cara.
—¿Sigues bien?
—Si vuelves a preguntármelo, voy a empezar a pensar que quieres que me vaya.
—No quiero que te vayas nunca.
Lo dijo deprisa. Los dos nos quedamos quietos. Fue apenas un segundo. Una frase nacida del momento, probablemente. Algo que no debía guardar en ningún lugar demasiado importante. Aun así, mi corazón no pareció entenderlo.
Manu bajó la mirada hacia mis labios.
—Me refiero a esta noche.
—Ya.
Los dos sabíamos que mentía un poco. Ninguno decidió señalarlo. Lo atraje hacia mí.
A partir de entonces, todo sucedió despacio.
Con sus labios recorriendo mi piel y sus manos aprendiendo qué caricias me hacían contener la respiración.
Con preguntas susurradas contra mi cuello y respuestas que a veces no fui capaz de pronunciar.
Con pausas en las que Manu me miraba para comprobar que seguía allí y otras en las que fui yo quien tuvo que detenerse, abrumada por la intensidad de sentirme tan expuesta y, al mismo tiempo, tan segura.
No fue perfecto. Chocamos las rodillas. Nos reímos en el peor momento. Él tuvo que buscar un preservativo en dos cajones distintos mientras yo lo observaba desde la cama, intentando no sonreír ante la primera prueba real de que Manuel Domingo Sureda no lo tenía todo bajo control.
—No digas nada —advirtió.
—Quizá deberías organizar mejor tus pertenencias.
—Recuérdame que no vuelva a invitarte.
Regresó a mi lado y la risa se desvaneció poco a poco cuando volvió a besarme.
Después solo quedaron su respiración mezclándose con la mía, mis dedos aferrados a sus hombros y la manera en que redujo la distancia entre nosotros con una lentitud casi insoportable.
Al principio sentí una pequeña molestia. Manu se detuvo en cuanto mi cuerpo se tensó.
—¿Paramos?
Negué con la cabeza.
—Solo… espera un segundo.
No se movió. Me besó la frente, la mejilla, la esquina de los labios.
—Tenemos toda la noche.
Aquella frase consiguió relajar algo dentro de mí.
Lo abracé con más fuerza y volví a besarlo. Cuando comenzó a moverse, lo hizo despacio, dejando que encontráramos juntos un ritmo que no se pareciera a nada excepto a nosotros.
No hubo música de fondo ni estrellas visibles desde la ventana. No hubo ninguna frase perfecta que consiguiera convertir aquello en una escena de película.
Solo Manu mirándome como si necesitara comprobar que yo también estaba sintiendo lo mismo. Solo su mano buscando la mía sobre las sábanas y entrelazando nuestros dedos. Solo aquella mezcla de deseo y ternura que hizo que todo resultara mucho más íntimo de lo que había imaginado.
Cuando pronuncié su nombre, escondió la cara en mi cuello y dejó escapar una respiración rota que me recorrió entera. Después me besó como si quisiera contener el momento entre sus labios, como si así pudiera impedir que terminara.
Y durante un rato, casi llegué a creer que podíamos quedarnos allí para siempre.
Más tarde, permanecimos tumbados uno frente al otro, todavía cerca sin que nada pudiera pasar entre los dos. Manu dibujaba círculos distraídos sobre mi cintura mientras yo intentaba recuperar una respiración normal.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En que tu tortilla estaba sobrevalorada.
Soltó una risa baja y me acercó más.
—Eres insoportable.
—¿Te arrepientes de haberme invitado?
Manu dejó de acariciarme. Su expresión cambió de inmediato.
—No.
La respuesta fue firme. Se inclinó y me besó despacio, de una forma que no tenía nada que ver con lo que acabábamos de hacer y, al mismo tiempo, resultaba todavía más íntima.
—De ti nunca —añadió contra mis labios.
Apoyé la cabeza sobre su pecho y Manu tiró de la sábana para cubrirnos. Su brazo me rodeó la cintura con una naturalidad peligrosa, como si ya hubiera dormido de aquella manera conmigo cientos de veces.
—Quédate —murmuró.
Y mientras escuchaba su corazón bajo mi oído, dejé que aquella palabra significara mucho más de lo que cualquiera de los dos estaba preparado para admitir.