Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Manu: Ya estoy pelando patatas

Me quedé mirando el mensaje unos segundos antes de responder .

Mia: Espero pruebas

Los tres puntos aparecieron casi al instante.

Manu: Qué poca fe

Una hora más tarde, salía de la casa del personal mientras el sol empezaba a esconderse detrás de los pinos.

Manu estaba apoyado contra su Range Rover, con una mano en el bolsillo y la otra sujetando el móvil.

La camiseta de manga corta dejaba al descubierto sus brazos tonificados y la piel morena por el sol.

Parecía completamente ajeno a todo hasta que levantó la vista y me vio acercarme.

Nunca entendí cómo conseguía que una sonrisa tan pequeña cambiara tanto una cara.

Guardó el teléfono y me abrió la puerta del copiloto.

—Su carruaje la espera, princesa.

—Vaya, ¿el restaurante de tortillas también incluye servicio de chófer?

—Solo para ti.

—¿Y si la tortilla no está a la altura? —pregunté intentando disimular el calor que me subía por las mejillas.

—Te devuelvo el dinero.

Negué con la cabeza mientras subía al coche.

—Qué listo eres cuando quieres.

—Siempre.

Condujo con una mano apoyada en el volante y la ventanilla medio bajada.

Charlamos mientras la radio sonaba tan baja que apenas se distinguían las canciones.

Cuando las puertas de la casa Sureda se abrieron, extrañamente, las mariposas empezaron a bajar.

Sí, estaba en el coche con un chico guapísimo.

Sí, estaba a punto de entrar en su casa, donde estaríamos solos.

Sí, había puesto detalle y atención en prepararme una cena, sólo para mí.

Sin embargo, había algo en el ambiente que hacía todo más fácil.

Quizás era que cada vez fluía mejor la conversación entre los dos.

Quizás era que él parecía más relajado cuando estábamos solos y alejados.

Quizás era simplemente que ya me había acostumbrado a la fina tensión que había siempre entre los dos.

La cocina olía a cebolla pochándose lentamente y a patata recién frita.

—Bueno... —dije aspirando exageradamente—. De momento el marketing funciona.

Manu se dirigió hacia la sartén y encendió el fuego. Había dos platos preparados, dos copas, una botella de vino blanco dentro de una cubitera y una tabla con tomate aliñado. Todo parecía colocado con ese cuidado que intenta hacerse pasar por improvisación.

—¿Has preparado todo esto tú?

Se encogió de hombros.

—Tenía ventaja. Sabía a qué hora llegabas.

El guiño que me dedicó me deshacía por dentro.

Durante unos minutos solo se escuchó el metal golpeando el cristal, el chisporroteo del aceite y alguna broma tonta sobre mi supuesta incapacidad para reconocer una buena tortilla. Cuando llegó el momento de darle la vuelta, cogió un plato llano con una seguridad insultante.

—Como se te caiga al suelo...

—No se va a caer.

—¿Seguro?

—Confía un poco en mí.

La giró de un movimiento limpio. Perfecto. Ni una gota fuera. Lo miré con una mezcla de sorpresa y decepción.

—Vaya.

—¿Qué pasa?

—Estaba deseando reírme de ti.

Él soltó una carcajada.

—Tendrás que buscar otra excusa.

Y la verdad era que no me importó en absoluto haberme quedado sin ella.

Tras unos minutos más al fuego, con la mesa preparada y dos copas a medio beber, llegó el gran momento.

—No me gusta admitirlo.

—Adelante.

—No.

—Lo necesitas.

—Jamás.

—Venga, dilo.

—Está buena.

Manu sonrió con la satisfacción de un hombre que acababa de ganar una guerra.

—¿Está buena o está muy buena?

—Está muy buena… Creo que es de las mejores tortillas que he probado nunca.

—Lo sabía.

—Eres una caja de sorpresas.

—Gracias.

—Pero tampoco te flipes.

—Es tarde para eso.

Cuando terminamos, Manu apagó la luz de la cocina y salimos a la terraza.

La temperatura había bajado lo suficiente para que la noche resultara agradable. Desde allí se veía el jardín completamente vacío y la piscina reflejaba la luz cálida de la casa con una calma casi perfecta.

Me senté en el borde, descalzándome antes de meter los pies en el agua. Manu hizo lo mismo a mi lado. Durante un rato ninguno habló, no porque no hubiera nada que decir, sino porque el silencio empezaba a sentirse tan cómodo como las conversaciones.

—Mira esta casa. Es perfecta. —Hice un gesto alrededor—. Pero le falta algo.

—¿El tobogán?

—La diversión.

No respondió enseguida. Miró la piscina. Después el jardín. Y finalmente volvió a mirarme.

—¿Sabes una cosa?

—¿Qué?

—Creo que tienes razón.

Aunque hablábamos de una piscina, los dos sabíamos que no era exactamente de eso de lo que estábamos hablando.

Apoyé las manos detrás de mí y levanté la vista hacia el cielo. Desde allí apenas se veía contaminación lumínica y las estrellas parecían mucho más cerca que en Madrid.

—No quiero que esto se acabe.

No estaba segura de haber querido decirlo en voz alta, pero ya era tarde. Manu tardó unos segundos en responder.

—Yo tampoco.

La respuesta quedó suspendida entre los dos. No hacía falta preguntar a qué nos referíamos. El verano, Mallorca, nosotros. Todo era lo mismo.

—Hace unas semanas no nos soportábamos.

—Tú no me soportabas, yo siempre fui encantador.

—Claro.

Me reí, él también, y aquella risa consiguió aflojar algo en mí.

No recuerdo quién se acercó primero. Quizá fui yo.

Quizá fue él. Probablemente los dos. Solo recuerdo que un segundo estábamos sentados hablando y al siguiente me estaba besando, despacio, sin prisas.

Como si la noche no tuviera hora de terminar.

Como si nadie fuera a interrumpirnos. Como si no existieran los turnos de trabajo ni las reuniones familiares ni los billetes de vuelta.

Solo aquello, sus manos, las mías. La sensación absurda de haber llegado por fin a algún sitio después de semanas caminando en círculos.

Me aparté apenas unos centímetros para recuperar el aire.

—¿Sigues nerviosa?

La sonrisa apareció antes de que pudiera evitarlo.

—Muchísimo.

Esta vez fue él quien se rió.

—Yo también.

Y no sé por qué aquella confesión me gustó tanto. Quizá porque era Manu, el chico que siempre parecía seguro de todo. Quizá porque me gustaba descubrir cuando no era así.

Me besó otra vez y ya no hubo ninguna conversación que interrumpiera el momento, ninguna excusa ni ninguna razón para seguir esperando.

Cuando se separó de mí, apoyó la frente contra la mía durante unos segundos.

—Ven.

Se levantó y me tendió la mano. La cogí sin pensar. Entramos en la casa despacio, todavía con los dedos entrelazados. La terraza quedó atrás y el silencio del pasillo parecía distinto al de fuera, más íntimo, como si la propia casa supiera que no debía interrumpirnos.

Habíamos recorrido apenas unos pasos cuando me detuve. Él también lo hizo. Se giró hacia mí con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Estás bien?

Asentí, pero no avancé. Solo me quedé mirándolo, intentando grabarme aquella expresión en la memoria. La forma en que me observaba como si quisiera asegurarse de que cada decisión seguía siendo mía, la forma en que esperaba, sin presionarme, sin dar nada por hecho.

Y por primera vez desde que llegué a Mallorca dejé de preguntarme qué podía salir mal. Porque aquella noche no quería pensar en septiembre, ni en Madrid, ni en nada que existiera fuera de aquella casa. Solo quería quedarme.

Así que di el último paso que quedaba entre nosotros. Y fui yo quien lo besó esta vez. Manu respondió de inmediato, pero no intentó apresurarme. Me rodeó la cintura y me acercó a él con una lentitud que me hizo demasiado consciente de cada centímetro que desaparecía entre los dos.

Caminamos de aquella manera hasta su habitación, tropezando alguna vez porque ninguno parecía dispuesto a dejar de besar al otro el tiempo suficiente para mirar por dónde iba. Cuando la puerta se cerró detrás de nosotros, el sonido hizo que mi corazón latiera todavía más deprisa.

Manu se apartó apenas unos centímetros.

—Mia.

No fue una pregunta, pero sonó como una. Lo miré. La tenue luz que entraba por la ventana iluminaba solo una parte de su cara, y por primera vez desde que lo conocía no había rastro de ironía en ella. Solo aquella atención absoluta que me dedicaba cuando quería asegurarse de que estaba bien.

—No quiero que hagamos nada que tú no quieras.

—Lo sé.

—Y puedes cambiar de opinión.

—Manu.

—En cualquier momento.

Apoyé las manos en su pecho.

—Lo sé.

Se quedó mirándome unos segundos más, como si necesitara encontrar la respuesta en mi cara y no únicamente en mis palabras.

—No quiero cambiar de opinión —añadí.

Algo en su expresión se deshizo.

Me besó de nuevo, esta vez con menos contención.

Mis dedos se deslizaron hasta su nuca y él me acercó más, hasta que sentí su cuerpo entero contra el mío.

El beso dejó de ser lento. Se volvió torpe por momentos, urgente en otros, lleno de todas las veces que nos habíamos apartado cuando ninguno quería hacerlo.

Sus manos se movieron por mi espalda, despacio al principio, como si estuviera aprendiendo el camino. Cuando alcanzaron el borde de mi camiseta, se detuvo.

—¿Puedo?

Asentí. Levanté los brazos y dejó la prenda en algún lugar del suelo que no me molesté en comprobar.

Durante un instante no hizo nada. Solo me miró. El impulso de cubrirme apareció casi de forma automática. Manu debió de notarlo porque tomó una de mis manos antes de que pudiera hacerlo y entrelazó sus dedos con los míos.

—No tienes que esconderte de mí.

La frase fue tan sencilla que dolió un poco. Había pasado muchos años fingiendo que no necesitaba que nadie dijera algo así. Que me bastaba conmigo misma. Que no me importaba ser siempre la parte de la vida de alguien que resultaba más fácil ocultar.

Pero Manu me observaba como si no existiera ningún lugar en el que prefiriera estar.

—No me mires así —murmuré.

—¿Así cómo?

—Como si…

No terminé la frase. Como si fuera importante. Como si pudiera quedarse mirándome toda la noche. Como si yo fuera algo que había elegido y no una complicación que tendría que resolver más adelante.

Su pulgar acarició el dorso de mi mano.

—No sé mirarte de otra manera.