Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Mi turno empezaba a las diez de la mañana y terminaba a las seis, tiempo suficiente para ducharme y arreglarme antes de la cena, pero no tanto como para pasarme horas alimentando los nervios.

Aun así, me acompañaron durante todo el día.

Mariposas revoloteaban en mi estómago como si hubieran decidido instalarse allí de forma permanente.

A ratos conseguía olvidarme de ellas: cuando algún cliente parecía incapaz de encontrar el ascensor sin ayuda o cuando tenía que perseguir a niños que corrían alrededor de la piscina con vasos de cristal en las manos.

Pero en cuanto el ritmo aflojaba y tenía un segundo para respirar, volvían. Siempre volvían. Y cada vez parecían más grandes, más insistentes y mucho más difíciles de ignorar.

Estaba terminando de colocar unas toallas cuando escuché una voz detrás de mí.

—Mira quién sigue viva.

Me giré.

—¡Héctor!

Hacía varios días que no coincidíamos. No porque hubiera pasado nada raro. Simplemente porque los turnos del hotel parecían diseñados por alguien que no quería que nos juntásemos.

—Pensaba que te habías fugado con los turistas ingleses.

—Lo estuve valorando.

—¿Y?

—Demasiados ingleses.

Soltó una risa.

—Hace siglos que no hablamos.

—Lo sé.

Y era verdad. Antes coincidíamos prácticamente todos los días. Ahora parecía que siempre uno entraba cuando el otro salía.

—Tendríamos que quejarnos.

—¿A quién?

—No sé. A quien haga los horarios, a la coordinadora.

—¿Y decirle qué?

—Que nos ponga más turnos juntos.

Lo dijo sonriendo, como si fuera una broma.

Seguimos hablando unos minutos más; de clientes, de una pareja francesa que había conseguido perder tres veces la misma llave, de un camarero nuevo que parecía vivir permanentemente confundido.

Nada importante, solo una conversación normal.

Y, por alguna razón, muy agradable. Antes de irse señaló mi botella de agua.

—¿Ves? Eso sí que es crecimiento personal.

—¿El qué?

—Llevas agua. Has aprendido a negociar con el calor. Te lo dije.

—Y tenías toda la razón.

Cuando terminé el turno llamé a mi madre. Contestó al segundo tono, como siempre.

—Hola.

—Mira quién se acuerda de que tiene madre.

—Hablamos hace cuatro días.

—Una eternidad.

Estaba en la cocina, por supuesto. Mi madre siempre estaba en la cocina. Hablamos durante un rato. Me contó sobre la cafetería, una clienta pesada, el calor, una vecina nueva que aparentemente estaba en guerra con las palomas…

Salí de la ducha cuando Carla llegó de su turno, sonrojada por el sol y con gotitas de sudor en la frente. Durante unos minutos hablamos de cómo había ido el resto del turno y de los horarios que teníamos la semana siguiente. Y después terminamos hablando del verano, como siempre.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Carla.

—¿Qué?

—Que este verano me está gustando muchísimo más de lo que esperaba.

Asentí, porque yo sentía exactamente lo mismo.

—Yo pensaba que iba a ser trabajar, dormir y volver a trabajar.

—Yo también.

—Y ahora resulta que me va a dar pena irme.

—A mí también.

Hubo un pequeño silencio. Carla se sentó en mi cama mientras yo rebuscaba en mis cajones.

—Bueno, ¿te apetece una pizza y Netflix esta noche?

—No puedo.

—¿Por qué?

Abrí la boca. Y entonces recordé que todavía no se lo había dicho. Carla frunció el ceño.

—Espera.

—He quedado.

—¿CÓMO?

La miré.

Carla abrió mucho los ojos.

—¡NO!

—Sí.

—¿CON MANU?

—Sí.

—¿Y NO ME LO HABÍAS DICHO?

—Se me olvidó.

—¿SE TE OLVIDÓ?

—No grites.

—¿PERO CÓMO QUE NO GRITE?

Se levantó de la cama y empezó a caminar por la minúscula habitación.

—Ahora todo tiene sentido.

—¿Qué?

—Llevas todo el día rara.

—No llevo todo el día rara.

—Llevas todo el día mirando el móvil como si esperases un comunicado oficial del presidente.

Me tapé la cara con las manos.

—No sé qué me pasa.

—Sí lo sabes.

Suspiré.

—He estado con chicos antes.

—Lo sé.

—Entonces no debería estar tan nerviosa.

Carla me miró con atención unos segundos.

—Eso no tiene nada que ver.

—¿No?

—No.

Esta vez nos sentamos las dos en la cama.

—Con los otros chicos no habías generado tanta conexión.

Y tenía toda la razón. Carla sonrió satisfecha.

—Y ahora escucha. Si algo te gusta, dilo.

—Carla, por favor.

—Lo digo en serio.

—Qué vergüenza.

—La vergüenza es una tontería.

Se cruzó de brazos.

—Y segundo consejo.

—A ver.

—Deja de pensar tanto.

—Imposible.

—Mia.

—¿Qué?

—He tomado suficientes malas decisiones por las dos.

No pude evitar reírme.

—Eso sí me lo creo.

—Pues hazme caso.

Y por primera vez en todo el día los nervios aflojaron un poco. Solo un poco. Lo suficiente para levantarme y abrir el armario.

—Ayúdame a elegir qué me pongo.

Carla sonrió.

—Ahora sí estamos hablando de cosas importantes.