Capítulo 24
Los días felices tienen una costumbre horrible: pasan rapidísimo mientras los estás viviendo.
Al llegar a casa quería entrar directamente en la ducha, no sin antes tener a Carla mirándome durante diez segundos seguidos mientras yo intentaba quitarme arena del pelo delante del espejo del baño.
—No pienso preguntar.
—Gracias.
—Porque ya sé la respuesta.
—Vale.
—Dormiste con él.
—Exacto, dormimos.
Carla apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Ay, madre.
—No pongas esa cara.
—¿Me lo tengo que creer?
—¡Lo digo en serio!
—¿Estáis esperando al matrimonio o qué?
Me reí. Ella negó con la cabeza.
—No, de verdad. Intento entender vuestra estrategia.
—No hay ninguna estrategia.
—Claro que la hay.
Me empezó a cepillar el pelo para ayudarme a desenredar lo que una noche durmiendo en el suelo había causado.
—Os habéis escapado a una cala. No paráis de besaros. Os habéis vuelto a escapar a una cala. Habéis dormido juntos en una playa.
—Dormimos.
—Exacto. Dormisteis.
—¿Y?
—Que a este ritmo vais a necesitar un permiso municipal para dar el siguiente paso.
Solté una carcajada.
—Eres idiota.
—No, de verdad. Me parece admirable.
—¿El qué?
—La paciencia.
Me encogí de hombros.
—¿Qué quieres que te diga? Cada vez que estamos juntos acabamos teniendo conversaciones profundas. Siento que, en lugar de vivir un lío de verano, nos estamos conociendo de verdad.
—Qué horror.
—A mí me gusta.
—Lo sé. Ese es el problema.
Sonrió satisfecha. Antes de que pudiera responder, el móvil vibró sobre la encimera.
Verano o muerte
Nico: tengo plan
Carla: No
Nico: ni siquiera lo has leído
Carla: Me ahorro tiempo :)
Nico: barco
Carla: No
Nico: sol, comida gratis
Carla: Sigues sin venderlo
Nico: tambien va Manu
Carla: Eso empeora bastante la propuesta
Nico: a la una en el puerto ;)
Levanté la vista.
—¿Vamos?
—Obvio.
• • •
El barco era lo bastante grande para pasar el día cómodamente y lo bastante pequeño para que todo el mundo acabara en la misma conversación.
La mañana transcurrió entre música, comida y discusiones completamente innecesarias. Especialmente las de Nico y Carla.
—¿Sabes cuál es tu problema? —preguntó Carla.
—Que soy demasiado atractivo.
—No.
—Qué pena.
—Que llevas todo el día hablando como si fueras el dueño del Mediterráneo.
—Solo de esta parte.
—Escucharte es agotador.
—Aun así, aquí estás.
Manu y yo nos reímos y durante unos segundos observé algo que llevaba semanas viendo.
Nico y Carla se peleaban constantemente.
Pero también se buscaban constantemente.
Si Carla estaba en proa, Nico acababa apareciendo en proa.
Si Nico desaparecía a buscar algo, Carla tardaba cinco minutos en preguntar dónde estaba.
Era bastante evidente. La pregunta era si ellos se habían dado cuenta todavía.
A media mañana terminé sentada en una de las colchonetas junto a Carla. Nico estaba al otro extremo del barco discutiendo con Manu sobre música.
—Te gusta.
Carla giró la cabeza.
—¿Perdón?
—Nico.
—Espero que me estés vacilando, Mia.
—Vale.
—Nada.
—Vale.
—Pero cero, ¿eh?
—Cero, cero.
—Es insoportable.
—Muchísimo.
—No escucha.
—Nunca.
—Y cree que es graciosísimo.
—Súper.
Carla cruzó los brazos.
—Además, siempre está molestando.
—Sí.
—Siempre.
—Siempre, siempre.
Se quedó pendiente de mí unos segundos.
—¿Por qué me das la razón en todo?
—Porque te gusta muchísimo.
—No me gusta.
—Vale.
—Lo digo en serio.
—Y yo también.
—Mia.
—Carla.
Ella soltó aire.
—Es guapo.
Sonreí.
—Ajá.
—Pero eso no significa nada.
—Claro que no.
—Y además es imbécil.
—Provocador, digamos.
—Está igual de bueno que de capullo.
—Las dos cosas pueden ser verdad.
Carla cogió una aceituna y me la lanzó. Yo la intenté atrapar con la boca, pero me rebotó en la nariz y cayó por el suelo hasta el agua.
—Muy madura.
—Cállate.
Más tarde anclamos frente a una cala. Nos bañamos. Comimos. Volvimos a bañarnos. Y el tiempo empezó a desaparecer de esa forma extraña que tienen algunos días de verano.
En algún momento Carla y Nico estaban discutiendo porque él insistía en que sabía hacer surf, ella decía que no y que además los surferos estaban buenos y él no, y él le replicaba que estaba buenísimo y que le tocase los bíceps y los abdominales.
Yo me alejé riéndome y terminé sentándome en la parte trasera del barco junto a Manu.
Por primera vez en todo el día estábamos solos.
Bueno, tan solos como podían estar dos personas en un barco con Nico y Carla a veinte metros.
El mar estaba tranquilo, la música llegaba desde la cubierta principal.
Y durante unos minutos simplemente observamos el agua.
—Creo que Nico y Carla van a matarse antes de septiembre.
—O besarse.
—También.
Sonrió. La conversación derivó, de alguna manera, hacia comida. No recuerdo cómo.
—Yo creo que la tortilla de patatas es la mejor comida del mundo —dije.
—Tienes razón —respondió Manu.
Lo miré.
—¿Tú también?
—Claro.
—Pensaba que dirías algo con más clase como caviar o algo así.
—Yo hago una tortilla increíble.
Levanté una ceja.
—Vale. ¿Y tú sabes hacer tortilla?
—Claro.
Me reí.
—No me lo creo.
—¿Por qué?
—No tienes pinta de saber pelar patatas.
—Me ofendes —dijo Manu mientras negaba con la cabeza. Luego levantó la voz—. ¡Nico!
Al otro lado del barco apareció una cabeza.
—¿Qué?
—¿A que mi tortilla está buenísima?
Nico ni siquiera dudó.
—La mejor tortilla del mundo.
—¡Gracias!
—No exageres —grité.
—¡Va en serio! —respondió Nico.
—¿Ves? —dijo Manu.
Manu sonrió y se quedó observándome un segundo, satisfecho.
—Mañana mis padres no están. Si no haces nada por la noche, puedes venir y te lo demuestro.
Intentó decirlo como si fuera una conversación completamente inocente, pero no le salió especialmente bien.
—¿Una demostración oficial?
—Con pruebas.
—¿Y si la tortilla es mala?
—Entonces podrás burlarte de mí el resto del verano.
—Eso es una oferta bastante seria.
—Lo sé.
Lo observé unos segundos.
—Vale.
Una pequeña sonrisa apareció en su cara.
Y durante el resto de la tarde, mientras Nico y Carla seguían discutiendo sobre cualquier cosa que encontraran a mano, dejé de pensar en el día siguiente como de costumbre.
Estaba pensando en la noche.