Capítulo 23 #2
Lo dijo sin adornos. Sin intentar arreglarlo. Sin convertirme en alguien frágil. Solo no. Y, por alguna razón, eso bastó para que el pecho se me aflojara un poco.
—¿Tú tenías miedo de algo? —pregunté.
Manu soltó una risa breve.
—De muchas cosas.
—Dime una.
—De que Claudia se hiciera daño cuando estaba conmigo. Mi madre me repetía todo el tiempo que la vigilara, que tuviera cuidado, que era mi responsabilidad. Una vez se cayó en el jardín y se abrió la barbilla. No fue nada, dos puntos, pero me pasé meses soñando que se me perdía en sitios enormes.
—Eso es mucha carga para un niño.
—Bueno.
Lo dijo sin dramatismo, igual que otras personas dirían hace calor.
Pero yo le vi la mandíbula tensa, la forma en que se quedó mirando la línea negra del mar.
Le toqué la mano con dos dedos. No fue un gesto enorme.
Ni siquiera estoy segura de haberlo decidido.
Solo lo hice. Manu miró nuestros dedos, luego a mí, y entrelazó su mano con la mía sin decir nada.
Así estuvimos un rato. Con las manos unidas sobre la manta, los hombros rozándose y el mar llenando los huecos que ninguno de los dos sabía ocupar.
—¿Qué hora es? —pregunté cuando la noche ya parecía haberse quedado quieta.
Manu sacó el móvil del bolsillo de la mochila.
—Las dos y veintisiete.
Me incorporé.
—¿Las dos y veintisiete?
—Sí.
—Deberíamos volver.
—Sí.
Ninguno se movió.
La subida hasta el coche estaba allí, oscura y empinada, esperando nuestra madurez.
El hotel también. La casa del personal. Carla despierta o fingiendo dormir.
Su casa perfecta. Su padre. Mi alarma de las siete.
Todo existía en algún lugar, pero no allí abajo.
Allí solo había una manta vieja, una bolsa de patatas medio vacía, la sudadera que me cubría las piernas y Manu mirándome como si tampoco tuviera ninguna prisa.
—Cinco minutos más —dije.
—Cinco.
Fue una mentira evidente desde el principio.
Seguimos hablando. Más bajo, como si la noche nos hubiera pedido que no la molestáramos.
Me contó que a veces conducía sin rumbo cuando necesitaba salir de su propia casa y que el mar siempre le transmitía un sentimiento de calma y libertad.
Yo le conté que ponía vídeos de gente ordenando cocinas para dormir, porque escuchar a desconocidos hablar de botes herméticos me parecía tranquilizador.
El sueño llegó despacio. Primero como una pesadez en los párpados. Luego como una comodidad rara en el cuerpo. Me apoyé en su hombro porque estaba cerca, porque tenía frío, porque sí. Manu no dijo nada. Solo cambió un poco de postura para que pudiera estar mejor.
—Gracias —murmuré.
Noté su risa más que oírla. Me vibró cerca de la mejilla, cálida y baja. Cerré los ojos un momento, solo para descansar.
Su brazo terminó alrededor de mí en algún punto que no recuerdo, y yo, que debería haber pensado en volver, en levantarme, en todas las razones por las que quedarse dormida con Manu Sureda en una playa era una idea absurda, pensé solamente que estaba bien.
Y luego dejé de pensar.
Cuando desperté, el mundo era naranja.
No entendí nada durante unos segundos. Tenía arena en una pierna, la boca seca y una piedra clavándoseme en alguna parte de la cadera.
Oía el mar muy cerca y notaba algo firme y caliente bajo mi mejilla.
Abrí los ojos despacio, con esa confusión espesa de quien ha dormido más de la cuenta en un sitio que no toca.
Estaba encima de Manu.
Mi cabeza descansaba sobre su pecho, una pierna abrazaba la suya y su brazo seguía alrededor de mi cintura. Él dormía todavía. Tenía el pelo revuelto, la camiseta arrugada y una pequeña línea entre las cejas que casi desaparecía con cada respiración.
Me quedé inmóvil. Primero por no despertarlo. Luego porque no quería moverme.
La playa estaba vacía. El sol aún no había salido del todo, pero el horizonte empezaba a encenderse y la luz le tocaba la cara a Manu de una manera casi injusta. Pensé que nunca lo había visto tan guapo.
Sin el apellido, sin la camisa perfecta, sin esa tensión que parecía acompañarlo incluso cuando reía. Solo un chico dormido sobre una manta vieja, con arena en el pelo y una mano abierta sobre mi espalda.
Había dormido toda la noche. No cuatro horas malas.
No esos sueños rotos en los que una se despierta y mira el móvil con la sensación de haber estado peleando contra algo.
Toda la noche. En una playa incómoda, sin almohada, con frío a ratos y una piedra clavada en la cadera.
Y de todas formas no recordaba la última vez que me había despertado tan descansada.
Manu abrió los ojos despacio, parpadeando contra la luz. Tardó un segundo en entender dónde estaba y otro en darse cuenta de que yo seguía apoyada sobre él. En lugar de apartarse, bajó la mirada hacia mí y sonrió con una somnolencia tan íntima que sentí que la mañana acababa de cambiar de sitio.
—Hola —dijo, con la voz ronca.
—Hola.
Miró alrededor. El mar, la manta, la mochila, mis piernas enredadas con las suyas.
—Creo que nos hemos quedado dormidos.
—Buena deducción, Sherlock.
—Gracias.
Sonreí sin moverme. Manu tampoco lo hizo. Durante unos segundos seguimos igual, como si ninguno quisiera reconocer que despertar implicaba volver. Su mano se movió apenas en mi espalda, un gesto pequeño, más sueño que intención, y yo apoyé la barbilla sobre su pecho para mirarlo mejor.
—Carla va a matarme —dije.
—Probablemente.
—Y luego va a pedir detalles.
—También. —Manu apartó un mechón de pelo que se me había quedado pegado a la mejilla—. Tienes arena por todas partes.
—Tú también.
—Seguro que me queda mejor.
—Qué insoportable eres por la mañana.
Sonrió. Me incliné sin pensarlo y le di un beso breve, suave, casi de buenos días. Manu cerró los ojos un segundo antes de responder, y me devolvió el beso con la misma suavidad.
Cuando nos separamos, los dos miramos hacia el mar.
No dije que no quería irme. Él tampoco.
Pero nos quedamos un rato más. Lo suficiente para que el sol subiera un poco, para que el frío de la madrugada desapareciera de la manta, para que yo memorizara los primeros rayos de sol en su cara.
Más tarde tendríamos que levantarnos. Sacudir la arena. Subir hasta el coche. Inventar alguna excusa ante Carla. Volver a las vidas que nos esperaban fuera de aquella cala.
Pero todavía no.
Durante unos minutos más, el mundo fue solo eso: Manu, el mar, mi cuerpo descansado contra el suyo y la sensación imposible de haber encontrado un lugar al que no sabía que necesitaba volver.