Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) ​Capítulo 23
60%

​Capítulo 23

Hay momentos que parecen completamente normales hasta que pasan semanas, meses o años y descubres que sigues recordándolos con una precisión absurda.

Y hay momentos que sabes que serán importantes mientras ocurren y desearías grabar todo lo que pasa en tu cerebro para no olvidarlo nunca.

El día empezó como el primero y terminó como el segundo.

Atender preguntas estúpidas y peticiones imposibles se me hacía un poco más llevadero sabiendo que libraba el día siguiente. Mi primer domingo libre. Hasta entonces había librado los martes y algún miércoles, pero me había ganado la confianza de la coordinadora y supongo que ese era el premio.

Manu me había abordado por detrás mientras colocaba las latas de Coca-Cola en la nevera invitándome a un plan secreto por la noche y claramente no me había podido resistir.

Desde la tarde en su casa las cosas habían cambiado de una forma extraña.

A veces era un beso rápido en un pasillo vacío.

Otras, una excusa absurda para coincidir cinco minutos detrás del restaurante.

Habíamos desarrollado una habilidad preocupante para encontrarnos en cualquier rincón del hotel y una habilidad todavía más preocupante para acabar besándonos cuando lo hacíamos.

Una mano rozando la mía cuando nadie miraba.

Su cuerpo apareciendo a mi lado en momentos completamente aleatorios del día.

Una sonrisa al otro lado de la piscina que solo parecía tener sentido para nosotros.

Era como si, después de aquel primer beso, nos hubiéramos vuelto incapaces de mantener las distancias.

Como si cada vez que pasábamos demasiado tiempo sin vernos, acabáramos encontrando una excusa cualquiera para acercarnos otra vez.

A las nueve, lo único que sabía era que Manu me esperaba en el aparcamiento y que yo llevaba veinte minutos fingiendo que no tenía prisa.

Me cambié en la habitación intentando no parecer una persona que se arreglaba para alguien, lo cual fue bastante difícil porque Carla estaba tumbada boca abajo en mi cama, comiendo cereales de una taza y observándome a través del espejo.

—No digas nada —le advertí.

—No he dicho nada.

—Lo estás pensando muy fuerte.

—Estoy pensando que te has puesto rímel y lencería a juego para ir a “dar una vuelta”.

—Lo hago para sentirme bien conmigo misma.

—Claro. Y yo me depilo las piernas por amor al arte.

Le lancé una camiseta, pero la esquivó riéndose. Al final me dejé el pelo suelto, me puse unos shorts tejanos y una blusa de tirantes amarilla y cogí una bolsa de patatas del armario común.

Cuando salí, Carla no dijo nada más. Solo levantó el pulgar desde la cama, y por alguna razón aquel gesto me dio más vergüenza que todos sus comentarios anteriores.

Manu estaba apoyado en el coche. Levantó la cabeza al oírme llegar, y hubo algo en su mirada que hizo que el aparcamiento entero pareciera quedarse un poco más lejos. No sonrió enseguida. Primero me miró, de arriba abajo, sin descaro pero sin esconderse, y luego sí, entonces sonrió.

—Traes provisiones.

Levanté la bolsa de patatas.

—No pienso compartir si no me dices adónde vamos.

—Entonces no compartas.

—Qué misterioso.

—Es una cala.

—Eso no es misterioso. En Mallorca todo acaba siendo una cala.

—Esta es distinta. —Abrió la puerta del copiloto—. Sube, anda.

La cala estaba más lejos de lo que esperaba.

Dejamos el coche en un camino de tierra y bajamos andando por un sendero estrecho entre pinos, con la luz del atardecer colándose entre las ramas y el mar apareciendo abajo, oscuro y brillante.

Manu llevaba una mochila en un hombro y una manta bajo el brazo.

Yo llevaba las patatas como si fueran mi contribución fundamental a la expedición.

—¿De verdad tienes una manta en el coche? —pregunté.

—No es tan raro.

—Es bastante raro.

—Vivo cerca de playas.

—Yo vivo cerca de un Mercadona y no llevo un carro plegable en el bolso.

Manu se rió, y yo me quedé un segundo detrás de él, mirándole bajar por las rocas con facilidad.

Cuando llegamos abajo, la cala estaba casi vacía.

Quedaban dos chicas recogiendo toallas al otro lado y una pareja sentada sobre una roca, pero el sitio tenía esa calma rara de los lugares que no parecen hechos para durar.

La arena era gruesa, mezclada con piedrecitas.

El agua entraba despacio, transparente en la orilla y oscura más allá.

Manu extendió la manta en una zona plana y dejó la mochila encima.

—Vale —dije, mirando alrededor—. Admito que esta es distinta.

—Qué generosa.

—No te acostumbres.

Cenamos cualquier cosa. Patatas, aceitunas que él había metido en un táper, pan con queso, dos refrescos poco fríos y unas galletas que, según Manu, no eran robadas, sino redistribuidas de una despensa familiar demasiado grande.

Hablamos de tonterías al principio, que era nuestra forma más segura de acercarnos.

Discutimos sobre si las aceitunas con anchoa eran una maravilla o un crimen, sobre si Nico tenía posibilidades reales con Carla o si Carla estaba utilizando a Nico como entretenimiento de verano, sobre si el tobogán de su piscina debía ser amarillo o si, según él, no debía existir en absoluto.

—La diversión no debería tener fecha de caducidad —dije, cogiendo otra patata.

—Eso suena a frase de taza motivacional.

—Y tú suenas a señor de cincuenta años que se queja de los jóvenes.

—Tengo veintidós.

—Y una piscina sin tobogán.

—No voy a ganar esta discusión, ¿verdad?

—No.

Me gustaba cuando se rendía así, no porque yo ganara, sino porque parecía más ligero. Menos pendiente de todo.

Cuando terminó de oscurecer nos bañamos. Nadie me había avisado de que era necesario llevar bikini, así que, para no dejarme sola, Manu también se bañó en ropa interior pese a llevar un bañador en la bolsa.

No fue una escena perfecta. Yo grité al meterme porque el agua parecía mucho más fría de lo que prometía desde fuera, Manu se rió de mí, yo le salpiqué, él fingió una ofensa enorme y luego terminó tirándose al agua de golpe, levantando una ola que me empapó la cara.

Le llamé imbécil. Me dijo que yo había empezado.

Volví a salpicarle. En algún punto dejé de notar el frío.

El mar de noche daba un poco de miedo y mucha paz a la vez. No se veía el fondo. Solo nuestros cuerpos moviéndose cerca, la luna reflejada en la superficie y la línea oscura de las rocas alrededor.

Manu nadó hasta quedar frente a mí, el pelo mojado hacia atrás, gotas resbalándole por el cuello. Yo intenté no mirarle demasiado.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Siempre dices nada cuando es algo.

—Estaba pensando que tienes pinta de haber nacido en el agua.

—Qué bonito.

—No era un cumplido. Lo digo porque pareces un monstruo marino.

—Contigo nunca lo son.

—A veces sí.

—¿Cuándo?

No respondí. Él se acercó un poco más. Yo podría haberme alejado, pero no lo hice. Nos besamos en el agua, despacio al principio, con el mar moviéndonos apenas, y luego un poco menos despacio, hasta que tuve que apoyar una mano en su hombro para mantenerme a flote y Manu sonrió contra mi boca.

—Nos vamos a ahogar —murmuré.

—Probablemente.

—Sería una muerte muy idiota.

—Bastante bonita.

—No confundas bonita con ridícula.

Volvimos a la manta tiritando y riéndonos. Manu me pasó la sudadera antes de que yo se la pidiera y se sentó a mi lado mientras pequeñas gotas se deslizaban sobre su torso y abdomen.

La noche se había quedado sin gente. Las dos chicas se habían ido, la pareja de la roca también, y de pronto la cala pareció existir solo para nosotros, que era una idea preciosa y peligrosa.

No sé en qué momento dejamos de bromear tanto.

Supongo que las conversaciones hacen eso cuando nadie tiene prisa: se van moviendo solas de un sitio a otro hasta llegar a lugares que no habías planeado.

Manu me preguntó cuál había sido mi mejor verano de pequeña y yo le hablé de uno en el que mi madre y yo fuimos cuatro días a Peñíscola porque ella había encontrado una oferta absurda en un hotel con buffet.

Le conté que desayunábamos como si alguien fuera a quitarnos la comida, que nos quemamos el primer día, que una noche vimos fuegos artificiales desde la playa y mi madre lloró un poco fingiendo que le había entrado arena en el ojo.

—¿Por qué lloró? —preguntó Manu.

—Porque estaba cansada, supongo. Porque hacía mucho tiempo que no hacíamos vacaciones. Porque a veces las cosas bonitas también te pillan sin defensas.

Manu no dijo nada, pero giró el rostro hacia mí. Tenía los brazos apoyados sobre las rodillas y la mirada más suave de lo habitual.

—¿Y tú? —pregunté—. ¿Mejor verano?

Tardó en contestar.

—Uno que pasé con mis abuelos y Claudia. Mis padres tuvieron que viajar no sé dónde. Mi abuelo nos llevaba cada mañana a comprar ensaimadas y luego a bañarnos. Claudia se empeñaba en que yo era su caballo marino.

—Pobre Claudia, con tan pocas opciones de transporte.

—Era muy exigente.

Sonreí imaginándome a una versión adolescente de Manu cargando con su hermana pequeña en el agua. No sabía por qué me gustaba tanto imaginarlo de niño. Quizá porque todos los adultos complicados resultaban más fáciles de querer cuando pensabas que antes habían sido niños esperando algo.

La conversación siguió así durante horas.

Hablamos de comidas favoritas, de canciones que nos daban vergüenza, de lo que nos asustaba de pequeños.

Yo confesé que durante una temporada dormía con la luz del pasillo encendida porque estaba convencida de que si la casa se quedaba completamente a oscuras mi padre nunca sabría encontrarme.

Lo dije riéndome un poco, porque era una frase demasiado triste si se decía seria.

Manu no se rió.

—¿Cuántos años tenías?

—No sé. Siete. Ocho. Bastantes para saber que era una tontería y pocos para dejar de hacerlo.

—No era una tontería.

Me miré las manos, llenas de arena.

—Lo parece ahora.

—No.