Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Manu

Llegué tarde a la cena con mi padre. No lo bastante tarde como para que pudiera acusarme delante de los demás, pero sí lo justo para que me mirara por encima de la copa cuando entré en la terraza del restaurante.

—Manuel —dijo.

—Perdón. Había tráfico.

Mi padre no contestó. No le hizo falta. Señaló la silla vacía junto a él y siguió hablando con un hombre de chaqueta beige sobre licencias, plazos y algo que, en teoría, debería haberme importado.

Yo dejé la carpeta sobre la mesa, saludé a todos, pedí agua y me obligué a escuchar.

Lo hice fatal. Porque, mientras mi padre explicaba una previsión de inversión con esa seguridad suya de quien jamás había dudado en voz alta, yo solo podía pensar en Mia y en su seriedad absurda al decir que necesitábamos un tobogán.

Me llevé el vaso a la boca para ocultar una sonrisa, pero mi padre me vio de todas formas.

—¿Te parece divertido?

La conversación seguía entre el resto de los comensales mientras mi padre me hablaba bajo.

—No —dije, dejando el vaso—. Estaba pensando en otra cosa.

—Eso ya lo he notado.

Mi padre volvió a la conversación como si nada, y yo asentí en los momentos adecuados, hice dos preguntas correctas, fingí interés por una reforma que llevaba meses encima de la mesa y firmé un documento que probablemente ya habría revisado tres veces antes de llegar allí.

Hice todo lo que se esperaba de mí con una eficacia casi automática.

Ese era el problema. Que podía hacerlo sin estar allí.

Podía sentarme junto a mi padre, usar la voz que él había ido enseñándome sin decirlo, recordar nombres, fechas, cifras, sonreír poco y no equivocarme nunca en público, y aun así tener la cabeza en otro sitio.

En un coche aparcado. En los dedos de Mia rozándome la nuca.

En su forma de cerrar la puerta y volver la vista atrás justo cuando yo ya estaba intentando convencerme de arrancar.

Mi padre dejó la servilleta sobre la mesa al terminar el postre.

—Mañana quiero que vengas conmigo a Palma.

No era una propuesta, era una orden.

—¿A qué hora?

—A las tres.

Asentí.

—De acuerdo.

Me miró un momento más de lo necesario. Mi padre no era un hombre torpe. Nunca lo había sido. Podía oler una distracción a kilómetros, sobre todo si la distracción amenazaba con apartarme de algo que él ya había decidido por mí hacía años.

—Necesito que estés centrado, Manuel.

Rara vez necesitaba levantar la voz para que todo el mundo recordara dónde estaba el límite.

—Lo estoy.

—No lo pareces.

Podría haber dicho muchas cosas. Que había entregado los documentos, que había ido a la cena, que conocía los números, que no había fallado en nada importante.

En cambio, pensé en Mia riéndose dentro de mi coche, con la mano fuera acariciando el aire entre los dedos y los labios un poco hinchados por mi culpa.

—Lo estaré —dije.

Mi padre aceptó esa versión porque era la única que le servía.

Cuando volví a casa, mi madre estaba en el salón leyendo. Se giró hacia mí al escucharme entrar.

—No sé a quién has conocido últimamente —dijo sonriendo—, pero contigo pasa algo.

Le di un beso de buenas noches en la frente y me fui sonriendo, sin decir nada. Subí hacia mi habitación y paré en la puerta de mi despacho, donde la silla estaba un poco girada, el ordenador todavía encendido y la botella de agua que ella no había terminado sobre la mesa.

Era una estupidez. Una botella, una silla.

Nada. Sin embargo, la habitación parecía menos mía que unas horas antes.

Apagué la pantalla, recogí la botella y miré la foto que Mia había visto.

Claudia subida a mis hombros, yo con diez años y una sonrisa que no recordaba haber llevado puesta con tanta facilidad. Casi pude oír su voz.

Eras mono.

“Insoportable”, había dicho yo.

Una cosa no excluye la otra.

Me reí solo en mitad del despacho y entonces entendí que estaba mucho peor de lo que quería admitir.

Porque no era solo que me gustara besarla. Eso habría sido manejable de alguna manera primitiva, incómoda, fácil de guardar en un cajón con el resto de errores que uno comete en verano y luego finge no recordar.

Lo que no sabía manejar era que Mia se hubiera colado en los sitios donde yo llevaba años funcionando sin mirar demasiado. En mi coche. En mi casa. En mi piscina aburrida. En la cena con mi padre. En una foto vieja donde no tenía nada que ver con ella.

A la mañana siguiente, entré en el hotel y Nico ya me esperaba en la recepción. Por su sueño de convertirse en DJ, me había convencido para que hablásemos con el gerente de eventos del hotel para organizar una fiesta en la que pudiese estrenarse a lo grande.

—Tienes una cara horrible —dijo.

—Buenos días a ti también.

Nico se apoyó en el mostrador y siguió mi mirada con una falta absoluta de respeto.

Mia estaba al otro lado de la cristalera, recogiendo vasos de una mesa con el uniforme del hotel.

Héctor pasó junto a ella, le dijo algo, y Mia se rió.

No una risa enorme, solo una de esas risas pequeñas que se le escapaban cuando alguien la pillaba con la guardia baja.

Me obligué a mirar la pantalla de recepción. Nico sonrió.

—Ah.

—No.

—Yo no he dicho nada.

—Me estoy arrepintiendo de haberte conseguido la reunión.

—Tranquilo que verás el éxito y se te pasará. Además, será mi culpa ahora que te hayas enamorado.

Lo empujé hacia la sala de reuniones del hotel, donde ya nos esperaba el equipo de eventos. Intenté centrarme: un evento de grandes dimensiones, el equipo técnico, la decoración extravagante…

El problema era que la palabra se había quedado rondando. Enamorado. Así, tan vulgar. Tan grande. Tan de gente que escribía mensajes largos y hacía planes sin calcular primero el coste de perderlos. No podía ser eso. No todavía. No con Mia.

A las tres fui a Palma con mi padre. La reunión duró dos horas y media y tuvo el tipo de conversación que siempre parecía diseñada para que nadie dijera lo que realmente quería decir.

Socios que se felicitaban, cifras que subían y bajaban sobre una pantalla, café que nadie terminaba, mi padre usando mi nombre cada vez que quería recordarme que yo también formaba parte de aquello.

Yo participé. Claro que participé. Hice comentarios sensatos, corregí una proyección, propuse retrasar una firma hasta revisar una cláusula y vi la aprobación breve en los ojos de mi padre. Ese gesto habría bastado durante años.

Antes, cuando era más pequeño, una mirada así podía ordenarme el día entero. Había vivido mucho tiempo esperando que mi padre me mirara como si yo hubiera entendido por fin el idioma de la familia. Y quizá lo había entendido. El problema era que ahora ya no me bastaba.

Al salir, mi padre y yo caminamos hacia el coche sin prisa. Palma estaba caliente todavía, con las terrazas llenas y las calles brillando bajo las luces de los escaparates.

—Has estado bien —dijo.

—Gracias.

—Cuando quieres, puedes ser muy útil.

—Siempre tan amable.

—No hago esto para fastidiarte, Manuel.

—Ya lo sé.

—Algún día todo esto será responsabilidad tuya. Y cuando llegue ese día, nadie va a preguntarte si estás cansado, enamorado o confundido. Van a esperar que sepas qué hacer.

No lo dijo con mala intención. Para mi padre, prepararme para asumir la empresa era una forma de quererme. Aun así, sus palabras cayeron donde siempre, en el mismo lugar antiguo.

—Mañana comeremos con los Ortega —añadió.

Me detuve junto al coche.

—¿Para qué?

—Para comer.

—Papá.

Mi padre me miró con paciencia.

—No pongas esa cara. Los Ortega son importantes para nosotros.

—Victoria no es un acuerdo comercial.

—No he dicho que lo sea.

No hacía falta. Con mi padre, muchas cosas existían mejor cuando nadie las decía.

—Tengo planes mañana —mentí.

—Cámbialos.

Sentí el impulso absurdo de decirle que no.

No por la comida. Ni siquiera por Victoria, que no tenía culpa de nada.

Por Mia. Por la posibilidad de que ella me preguntara luego qué había hecho y yo tuviera que contarle media verdad.

Por imaginar su cara entendiendo, otra vez, que mi vida siempre traía una mesa puesta para alguien que encajaba mejor.

—Lo intentaré —dije, porque aún no era lo bastante valiente para decir otra cosa.

Mi padre aceptó esa respuesta como aceptaba casi todas las concesiones pequeñas: sin agradecerlas.

Volví al hotel más tarde de lo previsto. No necesitaba pasar por allí, pero conduje hasta el aparcamiento igual. Me dije que tenía que revisar una cosa con recepción. Luego que había olvidado una chaqueta. Luego dejé de inventar excusas porque ni siquiera me estaba escuchando.

Encontré a Mia en la zona de servicio, sentada en un escalón junto a Carla, compartiendo una bolsa de patatas. Tenía el pelo suelto, la cabeza apoyada contra la pared y los pies estirados delante. Carla decía algo y Mia se reía, con una patata entre los dedos y los ojos medio cerrados.

No me vio. Me quedé parado al otro lado del pasillo más tiempo del que habría sido razonable. Y ahí, sin ninguna escena preparada, sin música, sin beso, sin que ella hiciera nada especial, me pasó.

No fue una revelación limpia. No hubo una frase exacta dentro de mi cabeza ni un golpe de luz.

Fue más molesto que eso. Más evidente. La vi reírse con Carla, despeinada y agotada, con el uniforme arrugado y una mancha en la rodilla, y pensé que quería verla mañana.

También pasado. También cuando no hubiera turnos ni habitaciones de hotel ni excusas para llevarla a mi casa a usar un ordenador.

Quería verla en sitios donde aún no estaba. En una mañana cualquiera. En mi coche, dormida de copiloto. En mi casa, criticando la piscina.

El final del verano no era una idea nueva.

Había estado ahí desde el primer día, escrito en cada contrato temporal, en cada conversación sobre dinero, en cada vez que Mia hablaba de Madrid como si fuera una estación a la que tarde o temprano tendría que volver.

Pero hasta entonces septiembre había sido una fecha. De pronto era un lugar sin ella.

Carla me vio primero. Levantó las cejas y Mia me miró también.

—Hola —dijo.

No me acerqué demasiado. No podía. No con Carla allí mirándonos como si estuviera viendo una serie especialmente buena.

—Hola.

—¿Vienes de la cena misteriosa?

—Reunión.

—Qué divertido.

—Muchísimo.

Carla se puso de pie con una lentitud nada inocente.

—Voy a… hacer algo lejos.

—Carla —dijo Mia.

—¿Qué? Tengo una vida muy ocupada.

Se fue con la bolsa de patatas en la mano, aunque ambos sabíamos que su única ocupación era dejarnos solos y luego exigir detalles a Mia durante media noche. Me senté en el escalón de arriba.

—¿Ha sido muy horrible? —preguntó.

—Lo normal.

Mia me miró de lado.

—¿Quieres hablar de ello?

La pregunta era sencilla. Nadie me preguntaba eso con tanta facilidad. Normalmente la gente esperaba que yo informara, decidiera, resolviera. Hablar era otra cosa. Hablar implicaba poner las cosas en un sitio donde alguien podía verlas.

—Mañana tengo una comida con Victoria y su familia —dije.

No sé por qué lo dije. Quizá porque una parte de mí estaba empezando a entender que ocultarle cosas a Mia se parecía a perderla antes de tiempo.

Ella bajó la vista a sus manos.

—Ah.

Ese ah fue peor que cualquier pregunta.

—Es cosa de mi padre.

—Ya.

—Victoria no…

—No tienes que explicármelo.

Pero sí tenía. Lo noté en el modo en que no me miraba.

—No es eso, Mia.

No sonó enfadada. Eso lo habría hecho más fácil. Sonó tranquila, y la tranquilidad de Mia dolía más porque parecía una puerta cerrándose con cuidado. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Luego ella apoyó la cabeza contra la pared y sonrió sin mucha alegría.

—Victoria es maja.

—Sí.

—Y guapa.

—Mia.

—No, si lo digo objetivamente. Es muy elegante. Seguro que nunca se le bloquea una página web.

Me reí, aunque no era exactamente gracioso.

—Probablemente tiene a alguien que se la bloquea por ella.

—Qué vida.

La miré. Tenía una patata rota entre los dedos y los labios un poco salados. Quise besarla allí mismo.

No lo hice porque podía aparecer cualquiera, porque estábamos en un pasillo de servicio y porque, si empezaba, no sabía si iba a poder parar con la misma facilidad que antes.

—Mañana después de la comida te escribo —dije.

—No tienes que darme explicaciones.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿por qué?

Porque me importas, pensé. Porque no quiero que imagines cosas que no son. Porque si mi padre pone a Victoria en una mesa delante de mí, quiero que tú sepas que yo estoy pensando en ti. No dije nada de eso. Aún no.

—Porque quiero —respondí.

Mia giró la cabeza hacia mí. Esta vez sí me miró de verdad, y algo en su expresión se ablandó un poco.

—Vale.

Me gustaba. Eso ya lo sabía. La quería cerca.

Eso también. Pero lo que me dio miedo no fue querer besarla ni echarla de menos cuando acababa de verla.

Lo que me dio miedo fue entender que, si Mia se marchaba en septiembre, mi vida no iba a volver simplemente a estar como antes. Porque antes ya no existía.

Y yo, que llevaba años cumpliendo con todo, haciendo lo correcto, entrando en las salas adecuadas y diciendo las frases que tocaban, me descubrí pensando una cosa imposible, sencilla y completamente imprudente.

Que si alguien me preguntara en ese momento qué quería de verdad, por primera vez no tendría que mirar a mi padre antes de contestar.