Capítulo 21
Subí las escaleras despacio, intentando ordenar la cara antes de entrar en la habitación. No lo conseguí. Carla estaba sentada en mi cama, pintándose las uñas de los pies con una concentración que no engañaba a nadie, y levantó la vista en cuanto abrí.
—Ay, madre.
Carla dejó el pintauñas sobre la mesilla.
—No empieces.
—Acabas de estar con Manu, ¿verdad?
Se me escapó una pequeña sonrisa que me delató. Carla abrió mucho los ojos.
—Madre mía.
—No grites.
—¡Lo sabía!
—Carla.
—¡Os habéis besado!
—Que no grites, que no quiero que se entere toda Mallorca.
—Perdón. No grito. Estoy tranquila. Soy una persona tranquila.
—No lo eres.
—No, no lo soy. ¿Cómo fue?
Durante un segundo pensé en mentirle. Decirle que no había sido nada, que solo nos habíamos besado, que las cosas seguían igual. Pero estaba cansada de guardar todo lo que me importaba en sitios pequeños para que nadie pudiera tocarlo.
—Pues primero ayer, en el mirador —dije al fin—. Después de discutir. O no sé si fue discutir. Con Manu todo empieza pareciendo una discusión y termina pareciendo otra cosa.
Carla no sonrió. Solo me escuchó.
—Y fue… —dejé la frase en el aire porque no sabía cómo decirlo sin sonar ridícula—. Fue de película.
—Tía qué fuerte, es que lo sabía.
—Y hoy me ha llevado a su casa para que pudiese pedir la beca de la uni desde su ordenador.
—Claro, la beca… ¿Algo más que quieras contarme?
—Quizás nos hemos vuelto a besar un par de veces —dije apartando la vista, como si no fuese tan importante lo muy patas arriba que se me había puesto el mundo—. Pero solo nos hemos besado, te lo juro.
Carla no paraba de sonreír.
—¿Y ahora?
La gran pregunta. Ahora era precisamente el problema.
Ahora tenía que bajar a trabajar, verle cruzar la terraza, fingir que no sabía cómo sonaba su respiración justo antes de besarme y no hacer el ridículo delante de medio hotel.
Ahora sabía que me gustaba de verdad, no de esa manera controlable que una podía convertir en broma, sino de una forma que empezaba a tocar sitios más blandos.
—Ahora no sé —admití.
Carla estiró la mano y me apretó los dedos.
—Por cierto, puedes utilizar mi pintauñas, gracias por preguntar.
—Te he escrito un WhatsApp, pero como no me contestabas he entendido telepáticamente que sí que me lo dejabas. ¡Gracias!
—De nada —respondí sonriendo mientras ella se alejaba hacia su habitación con todos los dedos en alto, como si fuese un patito aprendiendo a andar por primera vez.
Me tiré en mi cama boca arriba, con los sentimientos apretándome el pecho y una sonrisa idiota que ya ni siquiera intenté esconder.
Cerré los ojos y pensé en la pantalla diciendo solicitud enviada correctamente, en la casa de revista, en Manu escuchándome hablar de un tobogán como si fuera una decisión importante, en su boca dentro del coche y en el modo en que se había quedado mirándome antes de arrancar.
Había pasado toda la tarde con él. Y aun así, de una forma bastante injusta, ya quería volver a verle.