Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

Manu apoyó una mano en el respaldo de la silla y la otra en el escritorio, encerrándome sin tocarme del todo.

La broma se deshizo despacio. Yo levanté la cara.

Él bajó la mirada a mi boca. Y todo lo demás, la inscripción, septiembre, la casa, el ordenador, quedó al otro lado de una puerta que nadie había cerrado.

—No deberíamos besarnos en el despacho de tu padre —murmuré.

—No es el despacho de mi padre.

—¿De quién es?

—Mío.

—Ah, claro. Tonta de mí. Obviamente tienes un despacho solo para ti.

Su sonrisa apareció justo antes de besarme y esa vez no fue rápido ni torpe ni robado.

Fue lento, casi tranquilo, aunque la tranquilidad duró lo que tardé en agarrarle la camisa para acercarlo más.

Manu hizo un sonido bajo, apenas una respiración distinta y me levantó de la silla sin separarse de mi boca.

No sé cómo acabé sentada en el borde de la mesa ni cuándo la carpeta cayó al suelo.

Solo sé que sus manos estaban en mi cintura y que yo no podía parar de besarle porque ahora que sabía hacerlo, ahora que tenía permiso para buscarlo, parecía imposible volver a fingir que podía vivir sin esa parte del día.

Y entonces sonó el teléfono. Los dos bajamos la vista hacia la pantalla, donde aparecía una sola palabra.

Papá.

Manu cerró los ojos.

—Ahora no.

La llamada paró, hubo un silencio y Manu dejó el móvil sobre la mesa. Pero volvió a sonar. Nos quedamos los dos en silencio, esperando a qué, no sé exactamente. La llamada terminó de nuevo. Y dos segundos después volvió a empezar.

—¿Tu padre sabe cosas?

—Mi padre siempre sabe cosas.

—Qué miedo.

—No tienes ni idea.

Contestó al tercer intento.

—Sí.

Pausa.

—Ya los tengo.

Otra pausa.

—Sí.

—...

—Voy para allá.

—...

—Papá.

—...

—Voy para allá.

Colgó.

—¿Siempre es así?

—Hoy está especialmente relajado.

—No quiero imaginar cómo es cuando está estresado.

Recogió la carpeta de documentos y guardó el móvil en el bolsillo.

—Tenemos que irnos.

—¿No me harás un tour antes?

Manu levantó la cabeza.

—¿Qué tour?

—El de la mansión Sureda.

—No es una mansión.

—Es una mansión.

—Mia.

—Domingo.

Se quedó mirándome unos segundos, luego soltó aire por la nariz, derrotado.

—Cinco minutos.

Sonreí inmediatamente. Él dejó la carpeta en una mesa de la entrada y yo lo seguí hacia el jardín.

La piscina estaba al otro lado de la cristalera, larga, perfecta, con el agua quieta y el mar extendiéndose detrás en una línea limpia.

Había tumbonas blancas, una ducha exterior y una mesa baja.

Todo era precioso, sí, pero también demasiado correcto, como si el único propósito de esa casa fuese salir en una revista de decoración, no para ser un sitio donde personas puedan vivir y disfrutar en compañía.

—¿Sabes qué le falta a esta casa? —dije—. Un tobogán.

Manu cruzó los brazos.

—Tarde, yo creo. Ahora ya estamos creciditos, ¿no crees?

—¿Y?

—La gente adulta no tiene toboganes en la piscina.

—Corrección: la gente aburrida no tiene toboganes en la piscina.

—Bueno, meditaré tu propuesta.

En el trayecto de vuelta hablamos poco, pero ya no era el mismo silencio de la ida. Yo iba con una sonrisa que no podía quitarme de encima, mirando por la ventanilla mientras el paisaje cambiaba de casas tranquilas a carreteras más transitadas y luego al perfil conocido del hotel.

A medida que nos acercábamos, el mundo volvía a ordenarse: turnos, uniformes, horarios, gente mirando, habitaciones compartidas, cenas familiares, septiembre. Todo lo que en su casa había parecido lejano regresaba con una puntualidad desagradable.

Manu aparcó en una zona más apartada, detrás del edificio de mantenimiento. No apagó el motor enseguida. Yo tampoco abrí la puerta.

—Gracias por lo del ordenador —dije.

—De nada.

Ninguno se movió. Manu soltó una risa apenas audible y bajó la mirada un segundo, derrotado por la misma evidencia que yo: después de cruzar media isla, enviar formularios, discutir sobre toboganes y besarnos en su despacho, seguíamos sin saber despedirnos.

Entonces se inclinó hacia mí y esta vez fui yo quien terminó de acortar la distancia.

Manu me sujetó la cara con una mano, sin apretar, y yo dejé mi móvil entre los asientos para poder tocarle el cuello, la línea de la mandíbula, el pelo corto de la nuca.

Nadie nos veía. Nadie podía decir nada. Durante unos minutos no existió el hotel al otro lado, ni su cena, ni mi habitación, ni Carla esperando con cara de saber cosas.

Solo la manera en que Manu respiraba contra mi boca cuando se separaba lo justo para volver a besarme.

Al final fui yo quien apoyó la frente en su hombro y se rió bajito, porque si no lo hacía podía decir algo peligroso.

—Esto es muy poco profesional.

—Muchísimo.

—Podrían despedirme.

—No voy a dejar que te despidan por besarme en un coche.

Levanté la cabeza.

—Qué caballeroso.

—Tengo mis momentos.

—Pocos.

—Pero buenos.

Sonreí y Manu me besó una vez más, rápido, como si ya supiera que alargarlo era una mala idea.

Antes de cerrar la puerta, me incliné un poco.

—Piénsate lo del tobogán. Y que sea amarillo, que es aún más divertido.

Manu apoyó el brazo en el volante y me miró desde dentro del coche con una sonrisa cansada, de esas que no parecían fabricadas para nadie más.

—Buenas noches, Mia Mojitos.

—Buenas noches, Manuel Domingo.