Capítulo 20 #2
La casa apareció al final de un camino privado, detrás de una verja discreta que se abrió antes de que Manu tocara nada. Yo había imaginado algo enorme y exagerado, columnas absurdas, fuentes, dorado, alguna estatua de mal gusto vigilando la entrada.
En lugar de eso, encontré una construcción baja de piedra clara y líneas limpias, rodeada de olivos, lavanda y unos ventanales enormes que reflejaban el cielo de la tarde. Manu aparcó junto a una pared cubierta de buganvilla y apagó el motor.
—No pongas esa cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Mia.
—Estoy intentando encontrar algo feo.
Él soltó una risa, abrió la puerta y salió antes de que pudiera seguir mirándolo. Yo tardé un segundo más, no porque quisiera impresionarme, sino porque necesitaba acostumbrarme a la idea de que aquel sitio existía de verdad y de que Manu caminaba hacia la entrada como quien vuelve de comprar pan.
El interior era todavía peor, porque no había nada que pudiera odiar con facilidad.
El salón era amplio y luminoso, con suelos de piedra, sofás claros, una mesa de madera enorme y estanterías empotradas con libros perfectamente colocados.
Había cuadros grandes, pocos, todos en tonos suaves y una escalera sin barandilla visible que subía hacia una segunda planta abierta.
En una esquina, junto al ventanal, un piano negro con un jarrón de lirios encima.
—Vale —dije, dejando la carpeta contra mi pecho—. Esto es ofensivo.
Manu dejó las llaves en un cuenco de cerámica.
—¿El qué?
—Que ni siquiera sea hortera.
—Perdón.
—No, en serio. Me habría sentido mejor si hubiera un tigre de porcelana o una lámpara con lágrimas de cristal.
Se rió mientras caminaba hacia una puerta lateral. Yo lo seguí por pura inercia, intentando no tocar nada por miedo a que mi torpeza arruinara la estética del lugar.
—Puedes hacerlo aquí o en el despacho —dijo Manu—. El ordenador está arriba.
—Mi móvil y yo estamos oficialmente peleados. Acepto ordenador de rico.
—No digas ordenador de rico delante de él. Se viene abajo.
—Seguro que tiene terapeuta.
Manu me guió por la escalera hasta un despacho en la planta superior.
Era menos frío que el resto de la casa, quizá porque allí sí había señales de vida: papeles sobre la mesa, una chaqueta colgada en el respaldo de una silla, libros abiertos, un casco de moto en una esquina y una foto pequeña apoyada junto a la pantalla.
No la cogí, pero me acerqué lo suficiente para verla.
Manu tendría unos diez años. Estaba en una piscina, empapado, con el pelo pegado a la frente y una sonrisa enorme.
A su lado había una niña más pequeña, seguramente su hermana, subida a sus hombros.
—No mires eso —dijo desde la puerta.
—Ya lo he mirado.
—Qué rápida.
—Eras mono.
—Era insoportable.
—Ah, pues no has cambiado tanto.
Manu me lanzó una mirada por encima del hombro mientras encendía el ordenador. Había algo distinto en verlo allí, en una habitación que no estaba pensada para invitados, rodeado de cosas que no parecían escogidas por una decoradora.
—Voy a buscar unos documentos, ahora vuelvo —dijo—. Tú haz lo tuyo y si me necesitas, llámame.
Se fue dejándome sola en el despacho. Durante un rato logré concentrarme. La página cargó rápido, lo cual casi me emocionó. Rellené otra vez todos los campos con una mezcla de esperanza y rencor.
Nombre: Mia
Apellidos: Martín
Grado universitario: Estudios Ingleses
Beca solicitada: Ayudas propias UCM
Mes de inicio: septiembre
La palabra apareció en la pantalla sin dramatismo, una fecha más dentro de un formulario, pero me quedé mirándola un segundo.
Septiembre en Madrid. Septiembre con mi madre preguntando cómo había ido el verano.
Septiembre sin la casa del personal, sin Carla ocupando media cama con ropa limpia, sin Héctor apareciendo con horchata de máquina, sin la terraza del hotel al caer la tarde.
Cuando Manu volvió, traía una carpeta bajo el brazo y una botella de agua que dejó junto a mí sin decir nada.
—¿Va bien?
—Tu internet es obsceno.
—Me alegro.
—No te alegres tanto. Estoy a un clic de terminar y todavía puede traicionarme.
Se apoyó en el marco de la puerta mientras yo adjuntaba el último documento.
Era imposible no notarlo ahí. Manu tenía esa presencia pesada, no por ocupar espacio, sino por hacer que mi cuerpo se enterara de dónde estaba incluso cuando yo intentaba mirar la pantalla.
Pulsé enviar y me quedé inmóvil, preparada para la decepción.
La página tardó dos segundos en cambiar.
Solicitud enviada correctamente.
Me eché hacia atrás en la silla.
—Lo he conseguido.
—Enhorabuena.
—No, no lo entiendes. Acabo de vencer al sistema. Cada año me paso dos horas para hacer lo que acabo de hacer en diez minutos.
—Estoy orgulloso.
—Deberías.
Giré la silla hacia él con una sonrisa que no pude contener.
Manu me miró de esa manera suya, con la cabeza un poco inclinada, como si estuviera memorizando algo absurdo.
Luego entró en el despacho, dejó la carpeta sobre la mesa y se acercó despacio.
No había nadie en casa, pero igualmente bajé la voz.
—¿Qué?
—Nada.