Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

A la mañana siguiente, Carla me miró por encima de su taza de café con la misma expresión con la que una persona observa una grieta en el techo y decide que, tarde o temprano, va a caérsele la casa encima.

—Estás rarísima.

Yo tenía una tostada delante, el pelo recogido de cualquier manera y la dignidad intentando sobrevivir a tres horas escasas de sueño, así que elegí no darle demasiada importancia.

—Estoy cansada.

Dejé el cuchillo sobre el plato con más cuidado del necesario. Carla siguió mirándome, tranquila, muy despierta para alguien que acababa de levantarse y con esa paciencia peligrosa que utilizaba cuando no necesitaba preguntar porque ya estaba sacando conclusiones sola.

Me habría gustado hacerme la ofendida, pero la verdad era que ni siquiera sabía qué cara estaba poniendo desde que me había despertado.

Sabía que me dolía la boca de tanto apretarla para no sonreír.

Sabía que había tardado quince minutos en ponerme una camiseta porque cada vez que metía la cabeza por el cuello volvía a pensar en el mirador, en las manos de Manu en mi cintura, en la manera en que me había besado primero con rabia y luego con una especie de cuidado que me había dejado peor que la rabia.

—No me pasa nada —dije, que era la frase oficial de todas las personas a las que les pasaba absolutamente todo.

Carla dio un sorbo a su café.

—Vale.

—No me mires así.

—No te estoy mirando de ninguna manera.

—Me estás mirando con cara de saber cosas.

—Es que sé cosas.

—No sabes nada.

—Sé que anoche llegaste tarde.

Nos quedamos mirándonos por encima de la mesa pequeña de la cocina de la casa del personal.

A nuestro alrededor, la mañana avanzaba con su caos habitual: alguien maldecía porque no encontraba calcetines limpios, una chica de recepción calentaba leche en el microondas mientras contestaba un audio, Héctor discutía con Irene sobre si era legal desayunar sobras de pizza y un ventilador en la esquina hacía lo que podía contra el calor pegajoso que se colaba incluso tan temprano.

Todo seguía igual que el día anterior, y precisamente eso era lo raro, porque yo no me sentía igual. Me sentía mal colocada dentro de mi propia piel, muy consciente de mis manos, de mi boca, de mi cintura.

Carla bajó la voz.

—¿Pasó algo con él?

Antes de que pudiera responder, Héctor apareció a nuestro lado con una botella de agua en una mano y una manzana en la otra. Tenía el pelo húmedo, la camiseta del uniforme doblada sobre el hombro y esa energía fácil de quien no necesitaba pelearse con su propio corazón antes de desayunar.

—Mia, hoy estás en terraza, ¿no?

Asentí, agradecida por el cambio de tema. Necesitaba procesar la noche anterior antes de contárselo todo a Carla.

—Hasta las cinco.

—Que Dios te pille confesada. Hay entrada de grupo alemán a las once y anoche dejaron el bar temblando.

—Maravilloso.

El turno confirmó todas mis sospechas: el grupo de alemanes tenía una capacidad espeluznante para pedir toallas, beber los cócteles más tediosos de preparar y arruinar el oasis de calma que intentaba vender el hotel.

Por si no fuese poco, esa noche se terminaba el plazo para entregar la documentación para la beca de la universidad y parecía que la página web del curso de septiembre había sido diseñada por una persona que odiaba a los seres humanos.

Lo intenté en mi descanso desde el móvil, sentada en un rincón de sombra junto a las máquinas de hielo, con el uniforme pegado a la espalda y un vaso de agua medio derretido entre las rodillas.

Rellené nombre, apellidos, DNI, dirección, estudios previos, adjunté una foto del documento, busqué el justificante que mi madre me había mandado por WhatsApp y, justo cuando pulsé enviar, la pantalla se quedó blanca.

Durante unos segundos no hice nada. Ni siquiera respiré.

Luego volví atrás y comprobé que el formulario había desaparecido entero.

—No —susurré.

La página, indiferente a mi sufrimiento, me pidió iniciar sesión otra vez.

A las tres y media, después de dos intentos más, estaba limpiando una mesa con tanta energía que probablemente iba a quitarle el barniz cuando Manu apareció junto a la barandilla de la terraza.

No hizo nada especial. No dijo mi nombre.

Solo se quedó ahí, con gafas de sol, una camisa clara remangada y esa forma suya de parecer fuera de lugar en cualquier sitio que no hubiese sido construido específicamente para él.

Ayer, antes del beso, verlo me habría puesto nerviosa.

Hoy me dejó directamente sin instrucciones.

—Vas a romper la mesa —dijo.

Seguí pasando el paño por la superficie.

—Puede que la mesa se lo merezca.

—¿Qué te ha hecho?

—Existir cerca de mí en un mal momento.

Manu se apoyó en la barandilla, tranquilo en apariencia, pero sus ojos no dejaban de moverse por mi cara, por mis manos, por mi boca, y yo odié notar cada mirada con una precisión ridícula.

Nos habíamos mandado un par de mensajes absurdos de madrugada, uno suyo preguntando si estaba ya en la cama y uno mío contestando que sí, aunque técnicamente había llegado sin saber muy bien dónde tenía el cuerpo. Después ninguno había sabido decir mucho más que buenas noches.

—¿Mal momento? —preguntó.

—A nivel administrativo.

—¿Qué te pasa?

—Estoy intentando enviar unos documentos importantes y la página se bloquea cada vez que llego al final. La wifi de la casa del personal lleva dos días funcionando por lástima y mi móvil ha decidido que hacer un trámite importante es un concepto demasiado ambicioso para él.

Manu hizo una mueca divertida, pero también concentrada, como si ya estuviera ordenando soluciones en la cabeza.

—¿Tienes plazo?

—Esta noche.

—¿Sales a las cinco?

Asentí, todavía con el paño en la mano.

—Mi plan es ducharme, llorar un poco y volver a intentarlo hasta perder la voluntad de vivir.

—Tengo que pasar por casa antes de una cena con mi padre. Ven conmigo y lo haces allí.

La frase quedó entre los dos con una sencillez tan peligrosa que casi habría preferido que la hubiera adornado con alguna excusa peor.

Manu no sonrió, no intentó venderme la idea, no puso cara de estar llevándome a ningún sitio importante.

Solo lo dijo porque podía ayudarme y porque, quizá, aunque ninguno de los dos fuera a admitirlo en plena terraza del hotel, quería que fuese con él.

—¿A tu casa? —pregunté, esforzándome por sonar más escéptica que emocionada.

—Sí.

—¿Con internet de rico?

—Con internet normal.

—Eso es algo que diría alguien que nunca ha visto cargar una página durante ocho minutos para luego perder el formulario entero.

—También tengo ordenador.

—Presumido… No sé si puedo ir así —dije, mirándome el uniforme—. Parezco una persona que ha perdido una pelea contra una bandeja de vasos.

—Pasa por casa primero. Te espero en el aparcamiento.

—¿Y si tardo?

—Te espero igual.

Durante un segundo se me ocurrió hacer un chiste, cualquier cosa que bajara la temperatura extraña de la conversación, pero Manu ya se había apartado de la barandilla y caminaba hacia el interior del hotel.

Una parte de mí quería terminar el turno cuanto antes para subirme al coche con él y otra parte, más cobarde, habría preferido que alguien me obligara a limpiar todas las mesas de la terraza hasta septiembre con tal de no descubrir qué hacíamos ahora con todo aquello.

Intenté distraerme mirando la aplicación del banco. Por primera vez, la cifra empezaba a parecerse de verdad a la cantidad que necesitaba ahorrar. Todavía me faltaba, pero ya no parecía imposible.

A las cinco y media llegué al aparcamiento con el pelo húmedo, el portátil invisible de mis esperanzas en una carpeta bajo el brazo y el estómago comportándose como si fuese a un examen. Manu estaba apoyado en el coche, mirando el móvil.

—Hola, guapa —dijo.

—Hola —respondí intentando con todas mis fuerzas disimular lo mucho que me había gustado oír eso.

Me subí antes de que pudiera mirarme con atención, aunque fue inútil porque Manu rodeó el coche, se sentó al volante y durante unos segundos ninguno de los dos hizo nada.

—¿Vas a poner música? —pregunté para no decir otra cosa.

—¿Quieres música?

—Quiero que esto no parezca una escena en la que dos personas se han besado y ahora no saben comportarse.

Manu giró la cabeza hacia mí. Había una risa escondida en sus ojos, pero también algo más inquieto que me dio ganas de acercarme y de salir corriendo en la misma proporción.

—¿Y lo estamos consiguiendo?

—Fatal.

No sé quién se movió primero. De verdad que no. Solo sé que la distancia se volvió ridícula de golpe y que Manu tenía una mano en el volante y la otra en mi nuca, suave, como si todavía estuviera pidiéndome permiso incluso después de haberme besado en un mirador con medio verano ardiendo alrededor.

Esta vez no hubo discusión antes. No hubo viento, ni frases que dolieran, ni miedo disfrazado de prudencia. Solo su boca encontrando la mía con una naturalidad que me dejó sin defensa, como si lleváramos semanas haciendo eso y no apenas unas horas queriendo repetirlo.

El beso duró poco porque estábamos en el aparcamiento del hotel y porque, aunque el coche tenía cristales tintados, mi suerte no era tan generosa.

—Hola —dijo.

Solté una risa baja, ridícula, nerviosa.

—Hola.

—Ya está. Ahora podemos comportarnos normal.

—Qué alivio.

—¿Verdad?

Nos miramos un segundo más y yo tuve la certeza absoluta de que, si no arrancaba el coche en ese momento, no íbamos a llegar nunca a su casa. Manu debió pensar lo mismo, porque soltó aire, se echó hacia atrás y puso el motor en marcha con una seriedad que no le creí ni un poco.

El camino hasta la casa Sureda bordeaba una parte de la costa que yo todavía no conocía.

Manu conducía con una mano relajada en el volante y la otra cerca de la palanca de cambios.

Me había dado su móvil para que eligiese la música y puse una de sus playlists.

capaz (merenguetón) de Alleh y Yorghaki llenó el coche mientras la carretera se abría entre muros bajos de piedra, pinos verdes y curvas donde el mar aparecía de repente.