Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

—No quiero hacerte daño —repitió.

Esta vez no sonó como excusa. El viento se intensificaba en el mirador y un pequeño escalofrío recorrió mi cuerpo.

—No me hables de Héctor como si él fuera la elección correcta y tú la equivocada. No me hagas eso. No me conviertas en alguien a quien tienes que salvar de ti.

Me temblaba la voz y odié que pasara. Odié mucho más que Manu lo notara. Se alejó un paso.

—Yo no sé salvar a nadie.

—Entonces deja de intentarlo.

El viento me movió el pelo sobre la boca. Me lo aparté con rabia.

—Además, tú tampoco eres tan terrible.

—No me conoces tanto.

—Te conozco lo suficiente.

—No.

—Sí.

—Conoces la parte que me sale contigo.

—¿Y esa no cuenta?

No contestó. Eso fue una respuesta.

—Qué cómodo.

—No es cómodo.

—Sí lo es. Puedes decir que conmigo eres distinto, pero luego volver a tu vida de siempre como si nada.

—No es como si nada.

—¿Entonces cómo es?

Manu apoyó las manos en el muro y bajó la cabeza. Por primera vez desde que lo conocía, parecía no tener ningún gesto preparado. Ni media sonrisa. Ni frase ingeniosa. Ni esa calma suya que a veces me sacaba de quicio. Solo un chico mirando el mar porque mirarme a mí le costaba demasiado.

—Es como estar todo el día haciendo lo correcto —dijo— y que aparezcas tú y de pronto lo correcto me parezca una vida que no he elegido.

La frase me dejó quieta. Manu levantó la cabeza.

—Eso eres tú para mí.

El ruido de la carretera desapareció. O yo dejé de oírlo.

—No sé qué hacer con eso —dije.

—Yo tampoco.

Solo sabía que había croquetas frías, una bolsa de papel, sal en mis labios y un chico delante que me miraba como si yo acabara de abrir una ventana dentro de una habitación cerrada desde hacía años.

Manu alargó la mano. No me tocó. La dejó sobre el muro, cerca de la mía.

—Me pongo celoso de Héctor —dijo.

—Ya me había dado cuenta.

—No solo porque esté contigo.

—¿No?

Negó despacio.

—Porque con él pareces descansar.

Aquello me dolió más que si hubiera dicho que no soportaba verle cerca.

—Y contigo no —murmuré.

—Conmigo estás siempre en guardia.

No dije nada porque era verdad. También era verdad que con él me sentía más despierta que con nadie. Pero eso no suena tan seguro cuando lo dices en voz alta.

—A veces descansar está sobrevalorado —dije.

Manu soltó una risa breve. Pequeña. Casi sin querer.

—Eso es una estupidez.

—Puede. Pero es mía.

Por fin sonrió un poco. No se arregló nada. Seguíamos en el mismo sitio, con las mismas dudas y el mismo septiembre esperándonos en alguna parte. Pero durante un segundo dejé de tener ganas de pelear.

Manu miró mi mano vendada.

—¿Te duele?

—No mucho.

—Victoria la dejó mejor que yo.

—Sí.

Sonreí mirando al mar. Luego sentí sus dedos. Esta vez sí. Entrelazamos nuestras manos y dejamos que estuvieran ahí, juntas sobre la piedra templada del mirador. Abajo, la costa seguía iluminada.

Pensé en los veranos que una recuerda años después sin saber exactamente por qué. A veces no son los días grandes. No son las fiestas ni las fotos ni las cosas que luego cuentas. A veces es un coche con la ventanilla bajada. Una bolsa de croquetas frías. Una mano que te agarra con fuerza.

—Mia —dijo Manu.

—¿Sí?

Tardó un poco.

—No quiero que Héctor sea mejor para ti.

Miré nuestros dedos.

—Pues deja de intentar convencerme.

No respondió, pero sus dedos se cerraron un poco más alrededor de los míos. No fuerte, no para retenerme. Como si simplemente necesitara comprobar que seguía ahí. El viento seguía moviendo mi pelo hacia la cara y, por alguna razón, ninguno de los dos apartaba la vista.

Había tenido ganas de besar a Manu tantas veces durante las últimas semanas que casi se había convertido en algo abstracto. Una idea constante. Como el calor o el mar o septiembre acercándose aunque intentaras no mirar el calendario.

Pero aquello no se parecía a ninguna de las veces anteriores. No había música, no había tensión divertida, no había coqueteo escondiéndolo todo. Solo nosotros dos en un mirador, con las defensas hechas polvo y demasiadas cosas dichas ya para fingir que aquello era un juego.

Manu dio un paso hacia mí, pequeño. Lo justo para que el calor de su cuerpo desplazara el aire fresco de la noche. Me soltó la mano despacio. Y eso, extrañamente, hizo que el corazón me golpeara todavía más fuerte. Porque ahora podía irme. Y los dos lo sabíamos.

Sus ojos bajaron a mi boca un instante antes de volver arriba.

—Dime que pare —murmuró.

La voz le salió ronca, cansada. Como si llevara mucho tiempo aguantando algo.

Sentí un nudo enorme justo debajo de las costillas.

Porque todavía podía hacerlo. Todavía podía dar un paso atrás, volver al coche, fingir que aquello no estaba pasando y seguir viviendo dentro de la versión segura de mi verano.

Pero Manu seguía mirándome como si la respuesta le importara de verdad. No como alguien acostumbrado a conseguir lo que quiere. Como alguien que estaba dejando algo importante en mis manos. Y yo llevaba semanas perdiendo contra él de formas muchísimo más peligrosas que un beso.

Negué muy despacio con la cabeza. Eso fue todo.

El cambio en su cara fue mínimo. Pero vi algo cediendo, algo dejando de luchar.

Manu me tocó la cara con una mano, apartándome el pelo detrás de la oreja.

Sus dedos me rozaron el cuello y un escalofrío me recorrió entera.

Después apoyó la frente contra la mía. Su respiración chocó con mi boca, lenta, irregular, como si él también estuviera intentando entender cómo habíamos llegado hasta allí.

—Mia —dijo bajito.

Cerré los ojos. Y entonces Manu me besó.

Lento al principio, como si todavía existiera una parte de él comprobando que aquello era real.

Su boca rozó la mía una vez y sentí literalmente cómo algo se rompía dentro de mí.

Porque llevaba mucho tiempo imaginándolo, viendo cómo se acercaba y se detenía.

Cómo me miraba antes de apartarse, cómo dejaba siempre un espacio mínimo entre los dos.

Ya no había espacio. Le agarré la camisa sin pensar y eso bastó.

Manu soltó el aire contra mi boca como si acabara de perder la poca calma que le quedaba y volvió a besarme de verdad esta vez.

Con hambre, con frustración, con todas las conversaciones que no habíamos sabido terminar.

Me besó como si hubiera intentado no hacerlo durante mucho tiempo y yo le devolví el beso exactamente igual.

Solo notaba sus manos. Una en mi cintura acercándome contra él. La otra todavía en mi cuello, sujetándome como si tuviera miedo de que me apartara. Sus labios hicieron que todo el resto perdiera sentido durante unos segundos.

Manu me besó otra vez y otra y otra, más desesperado cada vez que yo volvía a acercarme, como si ninguno de los dos supiera ya dónde terminar. Le pasé las manos por el pelo y sentí cómo soltaba una respiración temblorosa contra mi boca.

—Joder —murmuró apenas separándose.

Nunca había escuchado a alguien sonar tan afectado por mí.

Me miró como si acabara de hacer algo irreversible.

Y quizá acabábamos de hacerlo. Porque ya no había forma de fingir después de aquello.

Ya no éramos tensión. Ni casi. Ni posibilidad.

El pecho me subía y bajaba rápido. Manu apoyó la frente otra vez contra la mía, todavía sujetándome la cintura. Ninguno hablaba. No hacía falta.

La noche seguía igual alrededor. El mar seguía abajo. Las luces del hotel seguían encendidas a lo lejos. Pero yo sentía que acabábamos de mover algo enorme. Algo que llevaba semanas creciendo entre nosotros y que ya no cabía dentro de silencios, miradas o manos rozándose por accidente.

Manu abrió los ojos primero. Su pulgar seguía moviéndose despacio sobre mi cintura, casi distraído.

—Esto es una mala idea —dije en voz baja.

Todavía podía notar su boca sobre la mía.

—Sí. —No sonó convencido en absoluto—. Pero creo que me arrepentiría más de no besarte.