Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Veinticuatro horas antes de acabar discutiendo con Manu frente al mar, estaba visitando a los abuelos de Héctor, riéndome como si mi vida sentimental no fuese un desastre.

—Te estás enamorando un poco de mi abuelo.

—Tu abuelo me ofrece comida cada vez que me ve. Eso genera vínculo emocional. Es literalmente condicionamiento clásico de Pavlov.

Héctor soltó una risa mientras empujaba la verja blanca de la casa.

Había buganvillas trepando por media fachada y una radio antigua sonando dentro de la cocina.

Olía a tomate, aceite y algo al horno que me hizo recordar inmediatamente que llevaba demasiadas horas sobreviviendo a base de café y patatas de máquina.

—Abuela —gritó Héctor entrando—. He traído a tu nueva nieta favorita.

—¡Pero bueno! —gritó una voz desde dentro.

La mujer apareció secándose las manos en un paño y sonrió al verme.

—Mia, cariño. Entra. No me había dicho nada de que veníais.

—Porque si te avisaba hacías comida para veinte personas.

—¿Y cuál es exactamente el problema de eso?

Héctor la abrazó por detrás mientras ella protestaba sin ninguna intención real de apartarlo.

Me gustaba verlos juntos. Todo allí parecía funcionar a otro ritmo.

Más lento. Más pequeño. Como si las cosas importantes fueran cenar, abrir las ventanas cuando entraba fresco y discutir sobre tomates como si fueran política internacional.

La abuela de Héctor me señaló una fuente enorme sobre la mesa.

—Come antes de que este niño se lo termine todo.

—Calumnias —dijo Héctor sentándose.

—Te he visto comerte veinte sardinas seguidas.

—Eso fue entrenamiento.

Me reí mientras dejaba el bolso junto a la silla.

La cocina estaba llena de luz naranja de final de tarde. Había plantas en las ventanas y dibujos viejos pegados con imanes en la nevera. Uno de ellos parecía un pez azul hecho por un niño pequeño.

—¿Eso es tuyo? —pregunté señalándolo.

Héctor miró la nevera.

—Tenía una etapa marina muy fuerte.

—Tenías seis años —dijo su abuela.

—El arte no entiende de edades.

Ella puso los ojos en blanco y me sirvió comida sin preguntarme si quería más. Aquello también me gustó. Nadie allí parecía preguntarse constantemente qué debía decir o cómo debía comportarse. Simplemente te hacían hueco.

La conversación pasó de la comida al hotel, del hotel a turistas extraños y de ahí a una discusión bastante seria entre Héctor y su abuelo sobre si las sandalias con calcetines eran “un crimen visual”.

—Lo son —dije.

—Gracias —murmuró el abuelo señalándome con el tenedor—. Esta chica sí tiene sentido común.

Héctor se llevó una mano al pecho.

—Me siento atacado en mi propio hogar.

—Y con razón —dijo su abuela.

Me reí tanto que terminé con lágrimas en los ojos.

Y quizá era eso lo que me desarmaba de Héctor. Que cerca de él nunca sentía que tuviera que pensar demasiado. No analizaba cada mirada. No repasaba conversaciones después. No salía de cada momento preguntándome qué acababa de pasar exactamente entre nosotros. Con Héctor todo ocurría en presente.

Él me pasó la jarra de agua por encima de la mesa.

—Bebe antes de que mi abuelo empiece otra vez con la guerra civil y ya no salgamos de aquí.

—Oye —protestó el hombre—. La historia hay que conocerla.

—La conocemos, abuelo. Nos la cuentas cuatro veces por semana.

—Porque ninguno escucha bien.

La abuela suspiró dramáticamente.

—Llevamos casados cincuenta y tres años. Ya no escucha ni el microondas.

Me apoyé en el respaldo de la silla mirándolos.

Cuando terminamos de cenar, su abuelo desapareció “a buscar una cosa importante” y volvió diez minutos después con un manuscrito enorme lleno de hojas subrayadas.

—No puedes decir que no —murmuró Héctor mientras el hombre se sentaba emocionado a mi lado.

—Traidor.

—Supervivencia.

Acabé pasando casi media hora escuchando una historia sobre pescadores mallorquines, tormentas y un personaje llamado Lorenzo que parecía sufrir muchísimo innecesariamente.

Y sinceramente… me lo pasé bien. Mucho. Porque el abuelo gesticulaba tanto contando las escenas que parecía el protagonista de la misma él solo.

Porque Héctor me miraba riéndose cada vez que su abuelo se emocionaba.

Porque la abuela seguía trayendo comida aunque nadie pudiera físicamente comer más.

Y porque, por primera vez en días, mi cabeza dejó de correr tan rápido.

Después ayudé a recoger la mesa mientras Héctor sacaba las sillas a la terraza pequeña de fuera. El cielo empezaba a oscurecerse. Se oían grillos entre los árboles y alguien tenía música puesta en alguna casa cercana.

—Para mi abuela, eres la nieta que siempre deseó —dijo Héctor cuando salí con él.

—Lo he notado.

El silencio llenó el espacio durante unos segundos.

—Mia.

Me volví a mirarlo. Tenía esa expresión seria que le aparecía muy pocas veces. Como si normalmente escondiera demasiadas cosas detrás de bromas.

—Entre tú y Manu… ¿qué?

Mi corazón dio un golpe incómodo. No respondí enseguida.

—Hay algo, ¿verdad?

Abrí la boca. La cerré otra vez. No sabía qué decir. Porque cualquier respuesta sonaba mal en voz alta.

“Sí, me gusta el hijo del dueño del hotel aunque probablemente vaya a romperme el corazón antes de septiembre. Y no, no nos hemos besado ni ha pasado absolutamente nada entre nosotros”.

Se acercó un paso y me apartó suavemente un mechón de pelo de la cara. El gesto fue lento, cuidadoso. Como si estuviera dándome tiempo para apartarme. No lo hice. Y eso me hizo sentir un poco culpable.

—Solo… asegúrate de que te dé paz más días de los que te dé dudas, ¿vale?

La frase me golpeó directamente en el centro del pecho.

Antes de que pudiera responder, el móvil vibró dentro de mi bolso. Lo saqué. Un mensaje de Manu.

Manu: ¿Mañana a qué hora terminas?

Manu: Quiero enseñarte algo.

Miré la pantalla demasiado tiempo. Héctor también la vio. No dijo nada. Solo bajó la vista un segundo y soltó aire por la nariz, como alguien que acababa de entender algo que ya sospechaba igualmente.

Guardé el móvil despacio. La culpa empezó a extenderse dentro de mí como agua fría. Porque Héctor estaba ahí. Realmente ahí.

Y, de todas formas, mi corazón acababa de acelerarse por un mensaje de otra persona.