Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

El día empezó con una señora alemana llorando porque su habitación no tenía “la luz correcta”. No la luz de la bombilla. La luz natural, la del sol.

—Es demasiado blanca —me dijo, señalando la ventana como si yo pudiera ajustar el cielo desde recepción. Asentí con la seriedad de alguien que estaba a tres minutos de perder la fe en la humanidad.

—Voy a comentarlo con mantenimiento, a ver si tienen algunas cortinas que maticen el color.

Carla, que pasaba detrás de mí con un carrito del servicio de habitaciones, tosió para esconder una risa. La señora alemana no se rió. Yo tampoco, al menos por fuera.

A media tarde ya había visto a un niño meter una concha dentro de una tostadora, a un huésped pedir “agua que sepa bien” y a Héctor discutir con una sombrilla que se negaba a cerrarse.

—Creo que estoy perdiendo contra un objeto —dijo cuando pasé cerca.

—Te está humillando bastante, sí.

Tenía la camiseta pegada al cuello y esa cara suya de cansancio simpático. La sombrilla se cerró de golpe justo después y lo tragó hacia adentro. Héctor salió de la sombrilla con ambos brazos levantados.

—Victoria moral.

—Has sobrevivido por pura suerte.

—La historia la escriben los ganadores, madrileña.

Me reí. Con Héctor era fácil hacerlo. Tenía una forma tranquila de estar en el mundo, como si nunca necesitara complicar lo que podía ser sencillo.

A su lado, las cosas tenían las esquinas redondeadas: podías acercarte sin miedo a hacerte daño.

No había dobles sentidos en sus silencios ni preguntas escondidas debajo de cada frase.

Decía lo que pensaba, sonreía cuando algo le hacía gracia y nunca me hacía sentir que había llegado a mitad de una conversación que solo él entendía.

A veces me preguntaba si eso era lo que se suponía que debía buscar. Algo que no te dejara agotada después. Algo que no tuviera apellido. Algo que no te obligara a preguntarte todo el rato si estabas entrando en una habitación donde nadie te había invitado de verdad.

—Mis abuelos dicen que lo pasaron muy bien en la cena.

—¿En serio? Son muy majos.

—Sí, de verdad que creo que quieren adoptarte.

Eso me gustó. Esa familia era como cuando encuentras sombra después de caminar mucho rato al sol.

—Diles que acepto, ¿cuándo hacemos los papeles?

Héctor se rió y durante un segundo pensé que quizá mi vida habría sido mucho más sencilla si él hubiera llegado primero. O si Manu no hubiera llegado nunca.

• • •

A las nueve estaba recogiendo para irme, no sin antes intentar despegarme del antebrazo una pegatina de inventario que llevaba allí desde hacía tres horas.

Por la forma en que Laura, desde recepción, dejó de hablar medio segundo, entendí que Manu había entrado.

Eso pasaba mucho con él, la gente hacía una pausa mínima cuando entraba en un sitio.

—Son las nueve. ¿Terminas ya? —preguntó.

Llevaba vaqueros cortos y una camisa beige. El pelo algo húmedo, como si se hubiera duchado con prisa. Tenía las llaves del coche en una mano. No me dijo hola. Últimamente Manu entraba en conversaciones conmigo como si ya lleváramos un rato hablando.

—Depende —dije—. ¿Vienes a secuestrarme otra vez o esta vez traes autorización firmada?

—Tengo coche.

—Eso no es autorización.

—También tengo croquetas.

Lo miré.

—Eso se acerca más.

—Venga, quiero enseñarte un sitio.

La frase cayó entre nosotros sin hacer ruido, pero yo la sentí igual. Miré hacia recepción. Laura estaba fingiendo ordenar papeles con una concentración sospechosa.

—Estoy trabajando.

—He hablado con Laura.

—No puedes seguir haciendo esto, me van a echar.

—Sé que llevas una hora extra. Además, hablaré con los jefes si te quieren echar.

Me quité por fin la pegatina del brazo y la tiré en la papelera hecha una bolita.

—Tengo que cambiarme.

—Te espero.

No preguntó si quería ir. Tampoco lo dio por hecho. Se quedó ahí, con las llaves en la mano y el pelo cayéndole un poco sobre la frente, esperando mi decisión como si de verdad fuera mía. Eso fue lo que me hizo decir:

—Diez minutos.

• • •

Tardé quince. No por hacerme esperar ni por dramatismo. Tardé quince porque no sabía qué ponerme para ir a un sitio desconocido con un chico que no era mi novio, no era mi amigo y no era exactamente nada que supiera explicar sin parecer idiota.

Al final me puse una falda blanca, una camiseta de tirantes negra y chanclas también negras. Carla estaba tumbada boca abajo en su cama viendo vídeos en el móvil.

—¿Sales?

—Un rato.

—¿Con quién?

No respondí.

Ella levantó la cabeza.

—Ah.

—No hagas “ah”.

—Ni siquiera lo he hecho con intención. Ha sido un “ah” orgánico.

Me miré en el espejo pequeño de la pared. Tenía el pelo raro por la humedad y una marca roja en el brazo donde había estado la pegatina.

—No es nada.

Carla dejó el móvil.

—Mia.

—Vamos a dar una vuelta.

—Claro.

—De verdad.

—Te creo.

Eso me hizo girar.

—No suena a que me creas.

—Sí te creo. Lo que no creo es que tú te creas a ti.

No tuve una respuesta buena para eso. Cogí mi bolso intentando esconder una sonrisa emocionada.

• • •

El coche de Manu olía a nuevo y a él. Me puse el cinturón y dejé el bolso sobre mis piernas.

—¿Dónde vamos?

—A un mirador.

—¿Un mirador mirador?

—Sí, un mirador. Donde se mira.

—Qué bien te explicas. Deberías dedicarte al turismo.

Arrancó el coche.

—Lo tendré en cuenta.

El coche avanzó por la carretera que subía entre pinos.

El hotel fue quedando atrás, con sus luces perfectas y sus huéspedes cenando frente al mar.

Bajé la ventanilla. El aire entraba con sabor a sal.

Durante un rato, la radio llenó el silencio con Stereo Love , una de esas canciones antiguas que conocía de memoria sin saber muy bien desde cuándo.

Manu conducía con una mano en el volante y la otra apoyada cerca del cambio de marchas.

La luz del salpicadero le marcaba la mandíbula.

Parecía cansado. No cansado de sueño. De otra cosa.

Victoria había dicho que Manu apretaba su cuerpo cuando se asustaba.

Yo miré sus manos. Los nudillos estaban relajados, pero no del todo.

—Hablé con Victoria —dije.

No sé por qué lo solté así. Quizá porque el silencio en un coche tiene algo que obliga a confesar. Manu no apartó la vista de la carretera.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Me lo dijo.

—Ah.

La carretera hizo una curva. A un lado, entre árboles, apareció el mar oscuro.

—Me cae bien —dije.

Eso sí hizo que me mirara lo justo.

—¿Te sorprende?

—Un poco.

—A todo el mundo le cae bien Victoria.

—Eso también me molesta.

Manu sonrió por primera vez desde que habíamos subido al coche.

—Tiene ese efecto.

—Me contó que no estáis juntos.

El coche pareció quedarse más silencioso. O quizá fui yo.

—No lo estamos.

—Ya.

—Nunca lo hemos estado de verdad.

Miré por la ventanilla. Había casas pequeñas desperdigadas en la ladera, luces amarillas encendidas como luciérnagas quietas.

—Todo el mundo parece opinar lo contrario.

—Todo el mundo opina muchísimo.

—Eso es verdad.

Manu redujo la velocidad al tomar otra curva.

—Victoria y yo… somos complicados, pero no de esa forma.

—Qué alivio. Por fin algo sencillo en esta historia.

Lo dije en broma, más o menos. Él lo notó.

—Mia.

—¿Qué?

—No querría que pensaras que te estaba metiendo en medio de algo.

Me concentré en mis manos. La venda del corte ya era más pequeña, pero seguía ahí.

—No sé dónde estoy metida —dije—. Ese es el tema.

Manu no contestó enseguida. La radio pasó a estática durante unos segundos y luego volvió la música.

—Yo tampoco lo sé.

Esta vez no sonó a excusa. Sonó a verdad. Y las verdades, en su boca, siempre me dejaban sin saber qué contestar.

El mirador estaba vacío. Había un banco de piedra, pinos y el mar extendido abajo, enorme, oscuro, con las luces de la costa dibujando una línea temblorosa. Manu aparcó junto a un muro bajo.

Al bajar, el aire me apartó el pelo de la cara y me erizó la piel.

—Vale —dije—. Admito que el sitio está bien.

—¿Solo bien?

—No quiero alimentar tu ego.

—Mi ego está muy herido.

—Seguro.

Nos sentamos los dos en el banco. Desde allí el Bellamar parecía pequeño. Una maqueta brillante junto al agua.

Me gustó verlo así, pequeño. Durante semanas aquel hotel había sido mi mundo entero.

Horarios, turnos, bandejas, Manu apareciendo en pasillos, Héctor guardándome bebidas, Carla robando croissants.

Desde arriba todo parecía menos definitivo.

Como si pudieras marcharte en cualquier momento. Como si no doliera.

Manu sacó una bolsa de papel del coche y la dejó entre los dos.

—Lo prometido.

Abrí la bolsa. Croquetas frías en un tupper de plástico.

—Eres una persona de recursos.

—Tengo contactos.

Comí una croqueta mirando el mar. Estaba un poco blanda y sabía increíble. Quizá todo sabe mejor cuando alguien lo ha pensado para ti. Pero no dije eso, ni loca.

—¿Siempre vienes aquí? —pregunté.

—A veces.

—¿Cuándo quieres desaparecer?

Manu apoyó los antebrazos en el muro.

—A veces.

Me acordé de esos libros que leía cuando iba al instituto, de esas chicas que esperaban todo el año para vivir de verdad en verano.

Me parecía exagerado cuando lo leía. Ahora entendía un poco la trampa.

El verano tenía una forma muy cruel de convencerte de que las cosas podían ser distintas solo porque olían a sal.

—Mi padre quiere que me vaya a Barcelona a finales de agosto —dijo Manu.

No lo miré de inmediato. Dejé que la frase respirara.

—¿Definitivamente?

—Sí.

—¿Y tú quieres?

Se rió sin humor.

—Esa pregunta me persigue últimamente.

—A lo mejor porque sigues sin contestarla.

Esta vez sí me miró.

—No lo sé.

—Pues di que no lo sabes.

—Lo acabo de decir.

—No a mí. A ellos.

El viento movió la bolsa de papel. Manu la sujetó antes de que saliera volando. Tenía una forma de cuidar cosas pequeñas que me desconcentraba.

—En mi familia decir “no lo sé” no sirve —dijo—. Si no tienes una respuesta, te dan una.

Miré las luces del hotel. Pensé en mi padre eligiendo siempre otras habitaciones, otras mesas, otras familias. En mi madre intentando enseñarme a no esperar. En mí haciendo justo lo contrario en un mirador con un chico que probablemente no sabía quedarse ni aunque quisiera.

—Entonces quizá tienes que empezar a dar respuestas malas.

—¿Respuestas malas?

—Sí. Respuestas que no les gusten.

—Lo dices como si fuera fácil.

—No he dicho que lo fuera.

Nos quedamos callados. Manu me rozó el brazo con el suyo al cambiar de postura. No fue nada. Solo piel contra piel. Aun así, me acordé de todas las veces que no me había besado. Qué forma más absurda de coleccionar ausencias.

—¿Qué somos? —pregunté.

Manu cerró los ojos un segundo. Me arrepentí durante medio latido. Luego no. Ya estaba cansada de girar alrededor de la misma pregunta como si fuera una piscina de agua helada.

—No lo sé —dijo.

Me reí bajito, sin humor.

—Estás abusando de esa respuesta.

—Mia.

—No, está bien. Es bastante clara dentro de su confusión.

—No quiero darte una respuesta que luego no pueda sostener.

—Eso suena muy responsable.

—No lo digas así.

—¿Cómo?

—Como si fuera una cobardía.

Lo miré entonces. Tenía la cara seria. Apretaba la mandíbula. Su pelo se movía suavemente con el viento. Podía parecer tantas cosas desde fuera. Seguro. Guapo. Intocable. Un chico con coche caro y vida fácil. Pero desde cerca, desde dentro, las cosas eran muy distintas.

—¿Y no lo es? —pregunté.

Manu apartó la vista hacia el mar.

—Puede.

La respuesta me dejó sin aire porque no intentó defenderse.

—Yo no puedo prometerte septiembre —dijo después.

Las luces de abajo parpadearon. O quizá fueron mis ojos.

—No te he pedido septiembre.

—Pero existe.

—Ya lo sé.

—No creo que lo sepas de verdad.

Eso sí me molestó.

—¿Perdona?

—No quería decirlo así.

—No, dilo. Me encanta cuando los chicos ricos me explican cómo funciona el calendario.

—Mia.

—Sé perfectamente que septiembre existe. Sé que tengo que volver a Madrid, que tú tienes Barcelona, que tu padre te está esperando con una carpeta llena de planes y que yo no encajo en ninguno. No soy idiota.

—Nunca he pensado que lo seas.

—Pero actúas como si tuvieras que decidir por mí.

Manu se pasó una mano por el pelo.

—Actúo como alguien que no quiere verte sufrir.

—Pues vas regular.

Le vi la cara. Me habría gustado retirarlo. No pude.

—Ya —dijo.

Silencio. El mar seguía igual. Eso era lo injusto del mar. A la gente podía estar partiéndosele algo por dentro y él ni se enteraba.

—Héctor no te haría pasar por esto —dijo Manu.

Me giré hacia él despacio.

—No metas a Héctor.

—Es verdad.

—No tienes ni idea.

—Tengo bastante idea.

—No.

—Mia, Héctor es buen tío.

—Lo sé.

—Te cuida.

—También lo sé.

—Te hace reír.

—Manu.

—Y no tiene media vida empujándole en otra dirección.

Lo miré sin hablar. Ahí estaba. No eran celos normales. No era solo verme con otro chico y enfadarse porque sí. Era algo más frustrante, más difícil de discutir. Manu no parecía creer que Héctor pudiera quitarme de su lado. Parecía creer que yo estaría mejor si lo hacía.

Eso me enfadó más que cualquier escena de celos.

—No soy un premio de consolación para el chico que menos problemas tenga —dije.

—No he dicho eso.

—Lo estás diciendo de otra manera.

—Estoy diciendo que él puede darte algo más fácil.

—¿Y quién te ha dicho que yo quiera fácil?

Manu se quedó quieto. La pregunta salió fuerte, llenando todo el mirador.

Yo tampoco sabía si quería fácil. La verdad era que había días en que sí. Días en los que Héctor me parecía una casa con las luces encendidas y Manu una puerta abierta a un sitio donde podía perderme.

Pero no quería que Manu lo decidiera por mí.

Eso era mío.

Mi miedo.

Mi deseo.

Mi caída, si tocaba caer.