Capítulo 16
Manu
La noche en que Mia se cortó la mano terminé sentado en la terraza privada del hotel con una carpeta abierta delante y la sensación de no haber leído ni una sola palabra.
Mi padre hablaba con un inversor alemán sobre permisos, plazos y márgenes de beneficio.
Yo asentía cuando tocaba, bebía agua cuando alguien brindaba y sonreía con la precisión suficiente para que nadie pudiera acusarme de estar ausente.
Pero seguía viendo la venda alrededor de la mano de Mia.
No podía dejar de pensar en cómo había intentado bromear mientras le limpiaba la herida, como si dejarse cuidar le resultara más incómodo que sangrar sobre el uniforme.
—Manuel.
Levanté la cabeza. Mi padre me miraba desde el otro lado de la mesa. No necesitaba alzar la voz. Nunca la necesitaba. Tenía esa clase de autoridad que hacía que los demás bajaran el volumen por instinto.
—La semana que viene quiero que vengas a Barcelona. Dos días. Hay una reunión con los socios nuevos y otra con el equipo legal. Es hora de que empieces a estar presente de verdad.
De verdad, como si todo lo que había hecho hasta entonces fuera una versión infantil de obedecer.
—Tengo turnos aquí —dije, aunque los dos sabíamos que era una excusa ridícula. Yo no tenía turnos. Tenía apariciones, favores, reuniones que podía saltarme porque seguía siendo el hijo del dueño y no el dueño de nada.
Mi padre cerró la carpeta con calma.
—El hotel no necesita que estés en todas partes. La empresa sí necesita que empieces a entender dónde está tu sitio.
Ahí estaba siempre la palabra. Sitio. Lugar. Futuro. Dirección. Todo ordenado por otras manos antes de que yo pudiera tocar nada.
Victoria, sentada dos sillas más allá, dejó la copa en la mesa con suavidad. Me miró de reojo. No dijo nada, pero la conocía lo suficiente para entender la frase que no había pronunciado: no uses el hotel como excusa si el verdadero problema es ella.
Mi madre intervino con esa sonrisa que utilizaba cuando quería que algo pareciera menos grave.
—Barcelona te vendrá bien, cariño. Además, Victoria también estará allí unos días en agosto, ¿verdad?
Victoria levantó las cejas.
—Todavía no lo sé.
Mi madre fingió no notar el tono.
—Sería bonito que coincidierais.
Nico se atragantó con el vino justo en el peor momento. Claudia, a su lado, le dio una patada por debajo de la mesa con una precisión admirable.
—Perdón —dijo Nico, tosiendo—. El vino tiene personalidad.
Mi padre lo miró como si estuviera calculando cuánto dinero haría falta para enviarlo a otro continente. Por primera vez en toda la cena, casi sonreí.
Después del postre, escapé al pasillo exterior.
El aire olía a jazmín, cloro y sal. Saqué el móvil sin pensar.
No tenía ningún mensaje de Mia. No tenía por qué tenerlo.
La había dejado en el pasillo hacía unas horas, con la mano vendada y esa forma suya de mirarme como si pudiera distinguir exactamente qué parte de mí era cuidado y qué parte miedo.
—Estás haciéndolo fatal.
No tuve que girarme para saber que era Victoria.
—Gracias por el apoyo.
Se apoyó a mi lado en la barandilla. Llevaba el vestido verde que mi madre había alabado durante diez minutos y los zapatos en la mano. Victoria siempre parecía perfecta hasta que encontraba un sitio donde dejar de serlo.
—No es apoyo. Es diagnóstico.
—No sabes de qué hablas.
—Manu, por favor.
Su voz no fue dura. Eso lo empeoró.
—No juegues con ella si vas a esconderte detrás de tu padre cada vez que alguien te pida elegir algo.
La frase me dio justo donde más dolía.
—No estoy jugando con ella, pero tampoco es tan fácil.
—Ya lo sé. Por eso te lo digo yo, que llevo media vida dejando que nuestras familias escriban conversaciones por nosotros.
Miré hacia la terraza. Mi madre reía con la madre de Victoria.
Mi padre hablaba con un hombre al que probablemente odiaba, pero necesitaba.
Claudia discutía con Nico porque había robado todos los bombones del plato central.
Desde fuera parecía una familia normal. Privilegiada, brillante, ordenada.
Desde dentro parecía más una sala llena de puertas cerradas.
Victoria siguió mirando el jardín.
—Mia me cae bien.
—Lo sé.
—Y no lo digo porque sea simpática. Lo digo porque, cuando está delante, tú dejas de hacer esa cosa horrible de convertirte en una estatua educada.
No contesté.
—Si te asusta, admítelo. Si no puedes prometerle nada, díselo. Pero no la conviertas en una pausa bonita dentro de una vida que luego vas a seguir como si nada.
La miré entonces.
—¿Eso piensas que estoy haciendo?
Victoria tardó en responder.
—Pienso que todavía no sabes qué estás haciendo. Y que ella sí va a pagar el precio si tardas demasiado en averiguarlo.
Eso fue lo peor: que tenía razón.
Cuando Victoria volvió dentro, Nico salió con dos bombones envueltos en una servilleta.
—He venido a ofrecer carbohidratos emocionales.
Cogí uno.
—Eres idiota.
—Pero un idiota útil. Además, Claudia me ha dicho que si no te sacaba de esta cara de entierro iba a lanzarme a la piscina.
—Tu vida está llena de amenazas muy concretas.
—Y de mujeres con carácter. Me estoy formando.
Sonreí a mi pesar. Nico se puso serio durante tres segundos, que en él equivalía a una declaración institucional.
—Hermano, tu padre no va a dejar de empujar. Eso no va a cambiar porque esperes en silencio a que el universo te mande una señal con luces de neón.
—¿Desde cuándo das consejos?
—Desde que tú estás tan perdido que hasta yo parezco adulto.
Miré el mar al fondo, oscuro entre las palmeras.
—No quiero hacerle daño.
Nico soltó aire por la nariz.
—Entonces deja de decidir por ella. Es bastante insultante. Además, la chica parece perfectamente capaz de mandarte a la mierda si hace falta.
Eso sí me hizo reír.
—Lo es.
—Pues ya está. Dale información real y que ella decida si quiere meterse en el incendio contigo.
El problema era que Mia ya estaba demasiado cerca del fuego. Y yo, que llevaba años convencido de que sabía controlar la temperatura de todas las cosas, no sabía ni por dónde empezar a apagarme.
Aquella noche no subí a mi habitación enseguida.
Me quedé un rato caminando por el hotel vacío, cruzando pasillos de servicio, zonas de clientes, terrazas apagadas.
En cada sitio había una versión distinta de mí: el hijo del dueño, el amigo de Nico, el chico que hacía una pareja estupenda con Victoria, el hermano de Claudia, el futuro heredero que mi padre estaba intentando fabricar a base de reuniones.
Y luego estaba el chico que se había asustado al ver sangre en la mano de Mia. Ese era el único que últimamente me parecía verdadero.
Antes de dormir, abrí la agenda que mi padre me había mandado por correo. Barcelona. Reunión legal. Cena con inversores. Visita a oficinas. Todo ordenado en bloques de una hora, como si mi vida pudiera aceptarse por invitación de calendario. La cerré sin contestar.
Al día siguiente busqué a Mia antes de que terminara su turno. No tenía un plan inteligente. Tenía unas llaves de coche, una bolsa de croquetas y una idea bastante mala: enseñarle un sitio desde donde el hotel pareciera pequeño.
Quizá si conseguía verlo pequeño durante un rato, también podría dejar de tener tanto miedo.