Capítulo 15
Cuando terminé el turno, la venda ya tenía una mancha pequeña de color rosa en el centro.
No era grave. Solo daba un poco de asco.
Carla me dijo que parecía una superviviente de guerra y luego me pidió que le abriera una bolsa de patatas porque “para algo tienes la otra mano funcional”. Esa era su forma de cuidar.
Pasé por la cocina para buscar hielo. Dentro había luz y no esperaba encontrarme aquella escena.
Victoria estaba sentada encima de la encimera, con las piernas cruzadas y un bol de uvas sobre su regazo.
Llevaba un vestido verde clarito y el pelo recogido con un lápiz, como si hubiese combinado salir de fiesta con estudiar.
Me quedé en la puerta.
—Hola, ¿qué haces aquí? —pregunté.
—Escondiéndome.
Lo dijo con tal tranquilidad que tardé un segundo en entender que no estaba bromeando del todo. Entré y abrí el congelador. Cogí un cubito de hielo y lo envolví en un trapo de tela.
—¿De quién?
—De un hombre que lleva cuarenta minutos explicándome que el arte digital es “el futuro inevitable del coleccionismo contemporáneo”.
—Suena duro.
—Ha dicho “blockchain” seis veces y “metaverso” unas cuantas más.
—Mis condolencias.
Victoria señaló mi mano con la barbilla.
—¿Te duele?
—Más mi orgullo.
No sabía muy bien qué hacer con ella. Era fácil odiarla cuando estaba lejos, cuando solo era una silueta perfecta al lado de Manu.
De cerca era más complicado. Tenía ojeras suaves bajo el corrector y una mancha mínima de vino en el bajo del vestido.
Eso me molestó. Yo necesitaba que fuera impecable.
Las personas impecables se colocan en una categoría cómoda. No tienes que entenderlas.
Me senté frente a ella y apoyé el hielo sobre la palma. El frío me subió hasta el codo.
—Uf.
—Sí —dijo Victoria—. Yo me he quemado con una bandeja esta tarde. Quiero aprender de repostería, pero no es lo mío, aparentemente.
—Tranquila. Yo igual.
Por un instante solo se oyó la nevera haciendo ese zumbido triste de electrodoméstico viejo. Fuera, alguien soltó una carcajada en el pasillo y luego una puerta se cerró de golpe.
—Manu me ha dicho que te has cortado —dijo.
La bolsa de hielo crujió bajo mis dedos.
—¿Te lo ha dicho él?
—Más o menos. Ha llegado a la terraza con cara de entierro, mi madre le ha preguntado qué le pasaba y él ha respondido “nada” de una manera muy poco convincente.
Me imaginé la escena sin querer. Manu en la terraza principal. Su padre cerca. Victoria mirándolo y sabiendo leerle la cara. Como si tuviera un diccionario antiguo escrito solo para él.
—No ha sido para tanto.
—Ya. También dijo eso cuando se cayó de una moto de agua con quince años y luego resultó que tenía una costilla fisurada.
—¿Se cayó de una moto de agua?
—Intentaba impresionar a unas suecas.
Solté una risa.
—Eso sí me lo creo.
—Tendrías que haberlo visto, fue bastante triste.
Hubo algo agradable en escucharla hablar de Manu así. Como de una persona. No como el chico imposible del hotel ni como el hijo de nadie. Solo un adolescente idiota intentando impresionar a chicas.
—Le pasa mucho.
—¿Caerse de motos de agua?
—Intentar que parezca que no le duele nada.
Ah, eso ya no era tan fácil de contestar. Miré mi mano, la venda húmeda en el borde, el hielo derritiéndose despacio encima.
—Supongo que se le da bien.
—Mucho.
Victoria dejó el bol en la encimera, como si de pronto ya no le apetecieran las uvas.
—A veces pienso que Manu aprendió antes a comportarse en una cena que a decir que no quería ir.
Yo no dije nada. Ella tampoco parecía esperar respuesta.
—Perdón —añadió al cabo de un rato—. Esto suena muy dramático. He bebido unas cuantas copas de vino hoy.
—No, tranquila.
—Cuando éramos pequeños, nuestras familias venían juntas a Mallorca muy a menudo. Todo era bastante predecible. Los adultos cenaban, nosotros nadábamos, Claudia gritaba, Nico rompía algo, Manu desaparecía.
—¿Desaparecía?
—Siempre. Se iba al embarcadero, a la cala, al final del jardín… a cualquier sitio donde hubiera mar. Su madre decía que era porque era mallorquín. Yo creo que era porque allí nadie le preguntaba nada.
Pensé en Manu mirando el agua desde el coche, en la cala, en esa forma suya de quedarse en silencio cuando el mar estaba cerca. El hielo empezó a mojarme la muñeca.
—¿Y tú? —pregunté.
Victoria me miró.
—¿Yo qué?
—¿También desaparecías?
Tardó un momento en contestar.
—No. Yo era la niña buena que se quedaba en la mesa.
Lo dijo con una sonrisa, pero no sonaba orgullosa.
—La que saludaba a todo el mundo, no se manchaba el vestido y sabía qué tenedor usar antes incluso de tener edad para cortar bien un filete.
Me acordé de mi primera comida con mi padre y sus otros hijos. De las servilletas de tela. De mis manos pequeñas debajo de la mesa para no tocar nada.
—Qué horror.
Victoria se rió.
—Sí. Bastante.
Luego me miró de una forma distinta. Más directa, pero sin agresividad.
—Supongo que por eso Manu y yo quedamos tan bien en las fotos.
Sentí un pinchazo pequeño, feo. No en la mano.
—¿Porque sabéis qué tenedor usar?
—Porque sabemos quedarnos quietos.
La nevera volvió a zumbar. Victoria bajó la vista a su copa.
—Todo el mundo ha decidido que encajamos desde antes de que supiéramos si queríamos encajar. Mi madre habla de él como si fuese una inversión segura. Su padre habla de mí como si fuera parte del mobiliario familiar.
—¿Y vosotros?
—Nosotros hacemos lo que debemos hacer siempre.
—¿Qué?
—No corregimos a nadie.
Eso sí lo entendí. A veces no decir nada también era una forma de quedarse atrapada. Me moví para apoyarme en la encimera y el trapo se me resbaló. Victoria lo atrapó antes de que cayera al suelo.
—Gracias.
—De nada.
Sus dedos estaban fríos. Tenía las uñas cortas, pintadas de rojo oscuro, un poco desconchadas en el pulgar. Otra cosa que no encajaba con la imagen que yo había construido de ella.
—No estamos juntos, Mia.
Lo dijo sin prepararlo. Como quien deja una llave encima de una mesa. Me quedé muy quieta.
—No hace falta que me expliques nada.
—Sí hace falta.
—Victoria…
—No por ti. Por mí también.
Se apoyó en el respaldo de la silla.
—Manu y yo nos queremos. Mucho. Pero no así. O quizá alguna vez pensamos que sí porque era lo más fácil. Porque a todo el mundo le venía bien. Porque cuando llevas años escuchando la misma historia, a veces acabas creyéndotela sin darte cuenta.
Me costó tragar. Había imaginado muchas versiones de aquella conversación. Ninguna incluía que me diera pena Victoria.
—¿Y por qué no lo decís?
—Porque decir algunas cosas en nuestras familias no sirve solo para informar. Sirve para decepcionar. Mi madre decía que yo era muy buena poniendo cara de “no pasa nada”.
Esa noche Victoria llevaba exactamente esa cara.
—Mi padre cree que voy a abrir una galería —continuó—. Pero una galería bonita. Social. Rentable. Con apellidos conocidos en las inauguraciones y nada incómodo en las paredes.
—¿Y tú qué quieres?
—Una galería donde se expongan cosas que mi padre no pondría jamás en su salón.
Me gustó esa respuesta.
—Eso suena mucho mejor.
—A él le parecería una crisis estética.
—A veces las crisis estéticas son necesarias.
Nos reímos las dos. Y fue extraño porque la risa no borró nada. Manu seguía entre nosotras, aunque no lo nombráramos. Su ausencia ocupaba un espacio más en la cocina.
—Hoy, cuando le avisaron de que su padre lo buscaba —dije—, cambió de cara.
Ella no preguntó a qué me refería. Solo asintió despacio.
—Sí… —Victoria estiró la mano hacia la botella, pero no se sirvió más—. Su padre no es malo exactamente. Ojalá lo fuera. Sería más sencillo. Es de esos hombres que creen que amar a alguien consiste en prepararlo para ganar. Aunque para eso tengan que apretarle tanto el pecho que no pueda respirar.
La imagen me dio frío.
—Manu no habla mucho de él.
—Manu no habla mucho de nada de verdad.
Eso también era cierto. Pensé en la cala, en cómo había dicho “de todo” cuando le pregunté de qué quería desaparecer. Dos palabras. Nada más.
Victoria me miró la mano.
—Te ha vendado fatal.
Bajé la vista.
—¿Qué?
—Está demasiado apretado. Dame.
Antes de poder protestar, me quitó el trapo con hielo y empezó a deshacer la venda con bastante más habilidad de la que esperaba.
—¿También eras enfermera de pequeña?
—No. Pero Manu se hacía heridas cada verano. Claudia trepaba árboles. Nico se caía por imprudente. Yo era la que encontraba tiritas.
Sus dedos trabajaban rápido.
—Además, mi madre siempre decía que una mujer debe saber resolver discretamente cualquier desastre.
Aflojó la venda y la volvió a colocar mejor.
—Ahí.
Moví los dedos.
—Vale. Mucho mejor.
—Manu aprieta cuando se asusta.
Dijo la frase tan tranquila que casi pareció inocente. Victoria tampoco añadió nada. A veces una persona elegante también podía ser muy cruel sin levantar la voz, pero ella no estaba siendo cruel conmigo. Creo que solo estaba siendo honesta.
Se levantó y dejó el bol en el fregadero de la cocina.
—Creo que he bebido mucho esta noche. Debería volver antes de que mi madre mande a alguien a buscarme. Perdona si he hablado demasiado.
—No te preocupes —dije tímidamente—. Para eso estamos.
Antes de irse, se volvió hacia mí.
—No sé qué va a hacer Manu.
El estómago se me encogió un poco.
—Ya.
—A veces tarda en elegir porque cree que así no hace daño a nadie.
La miré, esperando una advertencia. Algo sobre no ilusionarme, no acercarme, no meterme en una historia que no era mía.
—Pero cuando te mira —dijo—, por un momento deja de parecer obediente.
No supe qué hacer con esa frase. Ella sonrió apenas.
—Buenas noches, Mia.
—Buenas noches, Victoria.
La vi alejarse por el pasillo hasta que desapareció al girar la esquina. Me quedé allí un rato más hasta que el hielo terminó de derretirse.