Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

El hotel llevaba tres días funcionando a un nivel de caos que probablemente violaba algún derecho humano básico. Recepción colapsada, niños llorando, maletas desaparecidas… Y yo llevaba tantas horas despierta que empezaba a sentirme espiritualmente separada de mi cuerpo.

—Mia, cuidado con esas copas —gritó Laura desde cocina mientras sacaba platos como si estuviera participando en una competición olímpica.

—La confianza que tenéis en mí es conmovedora.

—La semana pasada casi incendiaste una tostadora.

—Eso fue un accidente técnico.

Agarré la caja contra mi pecho y empujé la puerta de servicio con la cadera.

El pasillo estaba más fresco que fuera, pero olía a detergente industrial y estrés colectivo. Al fondo sonaba un walkie-talkie con alguien pidiendo refuerzos en piscina. Seguí andando, intentando mirar por encima de las copas. Mala idea.

Una puerta metálica se abrió de golpe delante de mí y mi reacción automática fue echarme hacia atrás. La caja se inclinó. Escuché cristal romperse. Y luego una punzada afilada me cruzó la palma.

—Joder.

Las copas chocaron con el suelo en una explosión de ruido. Miré mi mano. Sangre.

—Mia.

Manu apareció al final del pasillo con paso rápido y la expresión le cambió apenas llegó a mi altura.

—¿Qué ha pasado?

—Nada grave.

Mentí mientras la sangre seguía bajándome por la muñeca. Él miró primero el suelo lleno de cristales y luego mi mano.

—Claro. Todo controladísimo.

Intenté coger una servilleta de un carrito cercano, pero Manu me sujetó la muñeca antes.

—Quieta.

—De verdad, estoy bien.

—Mia, te estás desangrando encima del uniforme.

—Qué exagerado eres.

El botiquín llegó menos de un minuto después. Manu lo abrió apoyándolo sobre un carrito de lavandería.

—Esto va a escocer.

—Tu capacidad de consolar es increíble.

—Avísame si quieres que además te lea un cuento.

Empapó una gasa con desinfectante y me sostuvo la mano mejor antes de limpiar la herida. Solté aire entre dientes inmediatamente.

—Hostia.

—Sí.

—Creo que me has echado ácido.

—Creo que eres dramática.

—Creo que disfrutas esto.

Esa sonrisa apareció en su boca, otra vez. Ese pequeño cambio en él que solo aparecía cuando dejaba de pensar demasiado.

—Mi hermana se abría la cabeza constantemente de pequeña —dijo mientras seguía limpiando la sangre—. He desarrollado tolerancia al caos.

—Eso explica bastantes cosas sobre Claudia.

Esta vez sí se rió bajito. Y yo cometí el error de mirarlo. Porque de cerca Manu siempre era más magnético. El pelo despeinado, las mangas remangadas, la concentración absurda con la que me sujetaba la mano.

—Ya está.

El pasillo seguía lleno de ruido lejano, pero a nuestro alrededor parecía haberse formado una especie de pausa extraña.

—Gracias —dije más bajo.

Manu se quedó mirándome un segundo más de lo normal.

—No tienes que agradecerme esto.

Y lo dijo como si fuera obvio. Como si cuidarme hubiera sido automático. Como si ni siquiera hubiera tenido que decidir hacerlo.

Una voz masculina apareció al fondo del pasillo.

—Manuel. —Nos separamos apenas. Uno de los trabajadores de mantenimiento venía hacia nosotros—. Tu padre te está buscando.

Lo vi pasar de un estado a otro casi al instante. El Manu relajado que acababa de bromear conmigo desapareció detrás de otra versión mucho más ordenada de sí mismo.

—Voy ahora —respondió.

El trabajador asintió alejándose otra vez.

—Intenta no volver a pelearte con cristales hoy.

—No prometo nada.

Lo observé alejarse por el pasillo hasta desaparecer tras la esquina. Entonces observé la venda blanca alrededor de mi mano.

Seguía muy apretada. O quizá el problema no era la venda.