Capítulo 13
—No puedo creer que vayamos a pasar nuestro día libre en un barco. Ni siquiera he estado en las barquitas de El Retiro.
Carla caminaba por el puerto con unas gafas de sol enormes y la actitud de alguien que acababa de ser invitada a su propio yate privado.
—Yo sí puedo creerlo perfectamente —dijo—. De hecho, siento que la vida me debía esto.
—La vida te debía dormir hasta las doce y lavar ropa.
—Eso también, pero prefiero empezar por el barco.
El puerto estaba lleno de turistas con la piel roja y los pies entre calcetines y chanclas.
Había familias arrastrando neveras pequeñas, parejas haciéndose fotos delante de barcos que no eran suyos y hombres con polos ajustados hablando por teléfono como si estuvieran cerrando la compra de una isla.
Yo llevaba un vestido corto encima del bikini y una tote bag con una toalla, protector solar y una cantidad absurda de inseguridad metida dentro.
El plan había nacido de Nico la noche anterior.
Un audio de treinta y siete segundos en el grupo que él y Claudia habían creado sin preguntar a nadie.
“Domingo familiar marítimo. Traed bañador, hambre y capacidad para perder al UNO con dignidad”.
La última conversación con Manu había sido interrumpida por una llamada de su padre, que lo había apresurado para que se uniera a la mesa donde estaban el resto de los socios. Le había dicho que me besara y no había obtenido respuesta, así que volver a verlo se me hacía una montaña.
—¿Tú crees que esto es raro? —pregunté bajando un poco la voz.
Carla me miró por encima de las gafas.
—¿Que el amigo de Manu organice una excursión en barco claramente para que Manu deje de comportarse como un personaje de película francesa triste?
—Cómo eres...
—Un poco raro sí es. Pero también es gratis.
—Qué valores tan sólidos tienes.
—Gracias, me he criado con conciencia de clase.
Al fondo, junto a un barco blanco de tamaño innecesario, Claudia agitó ambos brazos como si fuéramos supervivientes que acababan de llegar a tierra.
—¡CHICAS!
Elena y Jaime estaban subiendo al barco. Nico estaba sentado en la borda con una camisa abierta, una bolsa de patatas en la mano y cero aspecto de haber organizado nada que no fuera caos. A su lado, Manu hablaba con un marinero mientras sujetaba una cuerda enrollada.
Cuando levantó la vista, su atención vino directa hacia mí.
Primero me miró como si estuviera comprobando que realmente había ido.
Después bajó los ojos un instante, lo justo para reparar en el vestido y volvió a mi cara con una expresión mucho más controlada de lo que debería.
A mí, en cambio, se me olvidó caminar con normalidad.
—Mia —murmuró Carla a mi lado—, ¿te acaba de desvestir con la mirada o estoy loca?
—Cállate.
—Es que ha sido muy heavy.
—Carla.
—Vale, vale. Pero conste en acta.
Subimos al barco con ayuda de Claudia, que enseguida me abrazó como si no nos hubiéramos visto en años.
—Por fin. Necesitábamos más mujeres. Estamos rodeadas de hombres que creen que poner música alta cuenta como personalidad.
—Mentira —dijo Nico desde detrás—. Yo también tengo trauma familiar y carisma.
Carla dejó la bolsa en una esquina y lo observó de arriba abajo.
—Lo de carisma está por verificar.
Nico se llevó una mano al pecho.
—Me acabas de herir.
—Sobrevivirás.
Él sonrió. Una de esas lentas, descaradas, de chico que acaba de encontrar entretenimiento para todo el día.
El barco salió del puerto poco después. Las casas blancas de la costa empezaron a alejarse, el agua se volvió más azul y el viento me empezó a despeinar el cabello que, honestamente, tampoco había estado mucho más peinado.
Carla parecía estar viviendo una revelación religiosa tumbada en la parte delantera.
—Ahora entiendo por qué el capitalismo existe.
Nico apareció con una nevera portátil.
—¿Quieres algo?
—¿Qué tienes?
—Agua, cerveza, refrescos, una cosa verde que Claudia dice que es saludable y yo no tocaría ni bajo amenaza.
—Cerveza.
—Esa es.
—No te emociones, guapo.
—Y tú no te enamores, guapa.
Carla lo miró con su mirada asesina.
—Vaya flipado.
Nico sonrió como si aquello fuera el mayor cumplido de su vida.
Manu se acercó a mí mientras ellos seguían discutiendo. Llevaba dos botellas de agua en una mano y una lata de Aquarius en la otra.
—No sabía qué querías —dijo—. Así que he traído opciones.
No era una frase importante, pero él siempre parecía recordar cosas pequeñas. Que odiaba el agua con gas. Que me mareaba si no comía. Que el calor me volvía irritable a niveles probablemente denunciables.
Cogí la botella.
—Gracias.
—También hay croquetas en la nevera.
Se encogió de hombros, intentando parecer casual. El viento llenó el espacio entre los dos. No hacía falta que dijera más. Últimamente con Manu muchas conversaciones parecían tener otras debajo, más bajas, más honestas y mucho menos fáciles de controlar.
Claudia nos salvó, o nos interrumpió, o ambas cosas.
—¡UNO! ¡Ahora! Antes de que Nico se ponga a hacer de DJ y destruya el ambiente.
—Mi gusto musical es excelente —protestó él.
—Tu gusto musical parece una despedida de soltero en Magaluf.
Nos sentamos en la parte trasera, alrededor de una mesa baja que alguien había convertido en campo de batalla. Elena repartió cartas con solemnidad. Carla se colocó enfrente de Nico, quizá por azar, quizá porque la vida a veces era muy poco sutil.
Manu quedó a mi lado. Su rodilla rozaba la mía cada vez que el barco se movía un poco. Su brazo descansaba detrás, sobre el respaldo acolchado. No me tocaba. Ni siquiera invadía mi espacio. Pero estaba ahí, lo suficiente para que yo supiera exactamente dónde empezaba él.
—Reglas básicas —anunció Claudia—. Nada de inventarse normas.
Todos miraron a Nico.
—Me ofende esta falta de confianza colectiva.
—A mí me ofende tu camisa —dijo Carla.
Nico bajó la vista hacia su camisa abierta.
—¿Qué tiene mi camisa?
—Demasiada fe en sí misma.
Claudia soltó una carcajada.
—Carla, por favor, ven a todos los planes.
Nico apoyó los codos en la mesa.
—Ten cuidado. Si sigues atacándome así voy a pensar que te gusto.
Carla le enseñó sus cartas sin querer y él aprovechó para mirar.
—¡Eh! —le dio un manotazo—. Tramposo.
—Reflejos.
—Caradura.
—También.
La partida empezó civilizada durante aproximadamente cuatro turnos.
Después Nico robó dos cartas, acusó a Elena de manipular el mazo, Carla le plantó un +4 con una sonrisa preciosa y él juró venganza mirando al cielo. Yo me reía tanto que casi se me cayeron las cartas. Nico robó las cartas sin apartar los ojos de ella.
—Me debes una cerveza por daños morales.
—Gánamela.
Claudia hizo un sonido agudísimo.
—Ay, Dios mío. Esto me interesa.
—No hay “esto” —dijo Carla.
—Todavía —añadió Nico.
Carla abrió la boca, la cerró y luego le lanzó una carta azul a la cara. Él la atrapó en el aire.
—Buen intento.
—Qué rabia me das.
—Eso suele ser el principio de muchas historias bonitas.
—En tu cabeza, seguro.
Manu se inclinó hacia mí.
—¿Siempre es así?
—¿Carla? Sí.
—Me cae bien.
—A Nico también, por desgracia.
Y, durante un rato, todo fue sorprendentemente fácil.
Nico haciendo trampas, Carla descubriéndolo, Elena pasando del juego y bronceándose bajo el sol, Jaime cambiando la música cada diez minutos convencido de que estaba creando “la playlist chillout lounge definitiva del verano”, Claudia exagerando cada derrota como si estuviera perdiendo una herencia.
Y Manu riéndose más de lo que yo le había visto reírse nunca. Había algo precioso en verlo así, sin presión ni expectativas alrededor, solo Manu. Despeinado por el viento, con la camiseta arrugada y una carta amarilla entre los dedos. Mirándome cada vez que creía que nadie lo notaba.
A media tarde paramos en una cala pequeña.
El agua era tan transparente que parecía imposible, como si alguien hubiese limpiado el fondo del mar para nosotros.
Claudia fue la primera en lanzarse. Nico la siguió haciendo un salto absurdo que salpicó a todos.
Carla saltó justo después. Cuando salió a la superficie, Nico estaba tan cerca que ella le empujó la cara con la palma.
—Espacio personal.
—Me has saltado encima.
—El mar es grande. Muévete.
—Me estás enviando señales confusas.
—Te estoy enviando agua a los ojos.
Le salpicó. Él se rió y la salpicó de vuelta. Claudia nadó hasta mi lado.
—Estos dos…
—Probablemente.
—Me encanta.
Manu estaba todavía en el barco, apoyado en la barandilla, mirándonos desde arriba.
Se había quitado la camiseta y el sol caía directamente sobre su piel, morena, marcándole el pecho y los abdominales.
Las gotas del salpicón de Nico le recorrían la piel hasta desaparecer bajo la cintura del bañador.
Intenté no mirarlo, pero fracasé con una dignidad limitada.
Él se dio cuenta y levantó las cejas apenas.
Yo me hundí un poco más en el agua. Saltó del barco y nadó hacia mí con naturalidad.
El agua nos movía despacio. No estábamos solos, pero por un momento la distancia con los demás pareció ampliarse.
Manu tenía gotas en las pestañas. El pelo mojado le caía sobre la frente.
—¿Estás bien? —preguntó.
No había broma en su voz. Solo esa atención suya que aparecía cuando menos preparada estaba.
—Sí.
—¿Seguro?
—Estoy en una cala, en un barco, jugando al UNO con gente que grita demasiado. Podría estar peor.
—Eso no responde.
Sonreí un poco.
—Estoy bien, Manu.
Al fondo, Carla gritó porque Nico le había robado las gafas. Claudia exigía que alguien documentara aquello “por valor histórico”. El mundo seguía funcionando con normalidad.
Pero Manu y yo nos quedamos quietos en el agua unos segundos más. Sin tocarnos, sin acercarnos, sin hacer nada que pudiera contarse después.
Cuando volvimos al barco, Claudia me tendió una toalla y Nico empezó a repartir comida como si fuera un padre de excursión escolar.
Comimos croquetas frías, patatas, fruta cortada y bocadillos envueltos en papel de aluminio.
Carla insistió en que las croquetas eran “emocionalmente superiores” y Manu me miró de reojo con una satisfacción que intentó esconder fatal.
Más tarde, el sol empezó a caer, volviendo dorados los bordes del barco.
Claudia se quedó dormida boca abajo con un sombrero tapándole media cara.
Jaime y Elena compartían auriculares tumbados en lo que había aprendido que se llamaba “proa”, es decir, la parte delantera del barco.
Carla y Nico seguían sentados juntos, muy juntos para dos personas que aseguraban odiarse.
Él tenía una carta pegada en el brazo porque ella se la había colocado allí “para marcar territorio de guerra”.
Manu estaba a mi lado, mirando el horizonte. Esta vez no dijo nada. Yo tampoco. El silencio no pesaba, se apoyaba. Como el calor de la tarde, como la sal secándose en la piel, como una canción que no sabes cuándo ha empezado, pero ya estás tarareando.
Miré al grupo. Durante unos segundos me permití imaginar una versión imposible del verano.
Una donde yo no era la trabajadora temporal que volvería a Madrid en septiembre.
Una donde Manu no tenía una vida esperándolo en dirección contraria.
Una donde sentarse en un barco al atardecer con sus amigos no significaba nada más que eso. Solo un día bonito.
Manu movió la mano sobre el asiento. Sus dedos quedaron cerca de los míos. No llegaron a tocarme, quizá por decisión, quizá por miedo. Quizá porque los dos sabíamos que algunos contactos no se deshacen tan fácilmente después. Aun así, ninguno apartó la mano.
Y mientras el barco empezaba a volver hacia el puerto, tuve la sensación absurda de haber cruzado una puerta invisible. Nadie me había invitado oficialmente a entrar. Pero, esta vez, tampoco parecía que alguien fuera a pedirme que me marchara.