Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

Manu

Conduje demasiado rápido. Lo supe en cuanto el coche tomó la curva del puerto y las ruedas chirriaron contra el asfalto caliente. Bajé inmediatamente la velocidad soltando aire por la nariz.

Joder. La imagen seguía clavada dentro de mi cabeza. Mia en el asiento del copiloto. Ese vestido. Riéndose de algo que decía Héctor. Cómoda.

Y es que Héctor era exactamente el tipo de chico que debería gustarle: bueno, gracioso, honesto.

La clase de persona que te lleva a desayunar con sus abuelos y te hace reír con su forma de contar anécdotas.

La clase de chico que no necesita pensar constantemente en cómo todo lo que hace afecta a una empresa, a un apellido o a una familia entera.

Con Héctor, Mia probablemente podría respirar tranquila. Conmigo no.

Golpeé el volante con el exterior del puño. Ridículo. Me estaba poniendo enfermo un tío que desayunaba Aquarius y olía a Axe. Tenía miedo de que Mia terminara cansándose de esperar algo que yo ni siquiera sabía explicarle todavía.

Aparqué cerca del puerto y apagué el motor. Silencio. Solo el mar al fondo y el tic metálico del coche enfriándose poco a poco. Apoyé la cabeza contra el asiento cerrando los ojos un segundo. No debería estar tan nervioso, no después de lo poco que hacía que la había conocido.

Aun así, llevaba semanas sintiendo que alguien me había desmontado el cerebro pieza por pieza desde que aquella chica madrileña apareció en el hotel mirándome como si yo fuera exactamente el tipo de problema que prometió no tocar jamás.

Empecé a fijarme en ella antes incluso de hablarle.

No fue cuando tiró los mojitos, ni cuando empezó a discutir conmigo, ni siquiera aquella noche en el rooftop .

Fue antes, su primera noche en Mallorca.

Estaba en la terraza de la casa del personal, apoyada en la barandilla con una libreta entre las manos y el pelo recogido de cualquier manera.

No llevaba nada especial, ni siquiera parecía consciente de que alguien pudiera estar mirándola.

Pero mientras todo el mundo alrededor intentaba llamar la atención constantemente —riendo alto, contando historias mejores de lo que realmente eran, interpretando versiones más interesantes de sí mismos— Mia parecía completamente metida dentro de su propia cabeza.

Escribiendo, pensando, mirando el mar como si estuviera intentando entender algo.

Como si hubiera una parte de ella viviendo en otro sitio incluso cuando seguía físicamente allí.

Me transmitió paz en un momento en el que hacía mucho que no la sentía.

Y luego me miró. No como suelen mirarme.

No evaluando el apellido, no intentando caerme bien, no midiendo cuánto podía ofrecerle, no actuando distinto porque sabía quién era.

Parecía incómoda consigo misma incluso, por haberse quedado mirándome demasiado tiempo.

Como si aquello le molestara más a ella que a mí.

Y fue probablemente la cosa más genuina que había visto en muchísimo tiempo.

Porque todo mi mundo llevaba tiempo sintiéndose ensayado.

Las cenas, las reuniones, las conversaciones recicladas.

La gente riéndose un segundo más de lo normal de cualquier cosa que decía, aunque ni siquiera fuera graciosa.

Cuando tienes una vida como la mía, terminas entendiendo muy rápido que la mayoría de las personas escuchan el apellido antes que a ti.

Que muchas veces no les interesas realmente tú, les interesa lo que representas.

Y llega un punto donde ya ni siquiera sabes cuándo alguien te está mirando de verdad.

Incluso Victoria y yo funcionábamos un poco así ya.

La relación más funcional de la historia de la humanidad.

Mi madre adorándola porque “encaja perfectamente”.

Mi padre hablando de ella como si ya formara parte de la familia desde hacía años.

Todo el mundo dando por hecho cosas que ninguno de los dos parecía tener ganas de discutir.

Y entonces apareció Mia sudando dentro del uniforme, insultando máquinas de hielo y mirándome como si pudiera detectar inmediatamente cada vez que estaba fingiendo algo.

Me pasé ambas manos por la cara. Dios. Ni siquiera sabía en qué momento exacto dejó de gustarme solo físicamente.

Quizá fue cuando empezó a quedarse un poco más después de terminar conversaciones, como si todavía quisiera escuchar algo más.

O cuando se ríe y luego se avergüenza un poco de haberse reído tan fuerte.

O cuando se enfada conmigo y aun así sigue acercándose.

O cuando habla de Madrid como si lo odiara y lo echara de menos al mismo tiempo.

O cuando me mira como si todavía hubiera algo salvable debajo de todo lo demás.

Joder. La cala. Todavía podía recordar exactamente cómo sonó su voz aquella noche.

“Creo que siempre termino esperando que un día decidan que hay otra vida donde yo no encajo”.

Eso me destrozó porque entendí inmediatamente de dónde venía ese miedo.

Y porque una parte horrible de mí pensó exactamente lo mismo después.

Que terminaría descubriendo que mi vida es complicada. Demasiado llena de gente opinando, llena de cosas que nunca terminé de elegir realmente, de versiones de mí que ya no sé diferenciar.

El problema nunca fue besarla. Lo peligroso fue saber que no iba a ser capaz de hacerlo a medias.

Abrí los ojos mirando el mar oscuro delante del puerto.

Si besaba a Mia se acababa la distancia segura.

Ya no podría fingir que aquello era solo tensión, solo verano, solo una chica que me gustaba.

Porque la verdad era muchísimo más difícil: la estaba empezando a querer de una forma seria, de esa forma que cambia las cosas.

Toda mi vida me empujaba exactamente en dirección contraria a ella.

Sin embargo, cada vez que Mia me miraba como si todavía hubiera algo bueno debajo de todo lo demás, sentía unas ganas peligrosísimas de romperlo todo.

El apellido, las expectativas, la presión, la versión de mí que llevaba años interpretando sin pensar.

Solté una risa seca apoyando la cabeza otra vez contra el asiento. Perfecto. El hijo ejemplar de la familia Sureda completamente perdido por una chica que roba croquetas, odia el agua con gas y consigue que el resto de mi vida parezca muchísimo más pequeña cuando entra en una habitación.

Mi móvil vibró sobre el asiento. Nico.

Nico: donde coño estas?

Miré la pantalla unos segundos antes de responder.

Manu: En el puerto

Los tres puntos aparecieron inmediatamente.

Nico: ah vale crisis existencial entonces

Solté una risa breve. El mar era mi refugio en momentos de pánico.

Manu: Puede ser

Nico: es por la madrileña?

Cerré los ojos un segundo. Ni siquiera tenía fuerzas para negarlo ya.

Cinco minutos después, recibí otro mensaje suyo.

Nico: tranquilo hermano yo me ocupo tenemos plan para mañana