Capítulo 11
—No puedes ir así a casa de mis abuelos.
Levanté la cabeza del espejo. Héctor estaba apoyado en el marco de la puerta de la casa del personal con una bolsa de hielo en una mano y expresión de absoluto juicio moral. Me miré en el espejo de nuevo.
—¿Qué problema hay exactamente?
—Vas demasiado guapa. Mis abuelos se enamorarán de ti y me sustituirán como nieto favorito. Y he trabajado mucho para conseguirlo.
—Vaya, me lo imagino.
Me apetecía una tarde distinta, lejos del hotel y de otro casi algo que terminara convirtiéndome en la peor versión de mí misma. Algo normal, seguro.
—Ahora en serio, estás guapísima.
Sonreí, contenta de la seguridad que me transmitía hablar con él.
Había conocido a los abuelos de Héctor el día después de la fiesta del personal. Habíamos desayunado con ellos, aunque ambos llevábamos una resaca espectacular. Aun así, disfrutamos de una buena ensaimada casera antes de que Héctor se fuese a trabajar y Carla y yo nos fuésemos a Sóller.
Al principio solo dije que sí a desayunar porque me sabía mal rechazar la oferta de Héctor, pero, nada más conocerlos, me alegré de haber ido; eran una pareja encantadora.
El abuelo de Héctor era escritor y ambos habían viajado muchísimo de jóvenes, siempre de mochileros y gastando lo mínimo posible, así que tenían historias infinitas sobre trenes nocturnos, hostales horribles y gente rarísima que habían conocido por el mundo.
Habíamos prometido volver otro día para que terminaran de contarnos su viaje por la Patagonia en los setenta.
—Tus abuelos son lo más, me encanta la energía que transmiten.
—No les conté sobre la fiesta del personal porque igual se apuntaban y todo.
Ambos reímos mientras salíamos hacia el coche.
La radio sonaba baja mientras Héctor conducía con una mano apoyada en la ventana. Y, por primera vez en días, sentí que mi cabeza dejaba de girar alrededor de Manu Sureda durante más de treinta segundos seguidos.
Héctor me estaba contando cómo su abuelo había intentado colarse gratis en un ferry de Grecia en los ochenta fingiendo ser periodista cuando frenó en un semáforo cerca del puerto.
Y entonces apareció un Range Rover negro a nuestra derecha. Reconocería ese coche aunque me borraran la memoria. No miré inmediatamente, pero igualmente sentí el momento exacto en que Manu giró la cabeza y me vio dentro del coche.
Primero a mí. Luego a Héctor. Después otra vez a mí. Llevaba una mano sobre el volante y la mandíbula ligeramente apretada. La luz naranja del semáforo le partía la cara en sombras mientras nos observaba a través de la ventanilla.
Mi cuerpo entero reaccionó antes incluso de que pudiera evitarlo. El corazón acelerándose. El calor subiéndome por el cuello. La sensación horrible de volverme demasiado consciente de mí misma.
Pero lo peor fue otra cosa. La pequeña satisfacción absurda que me recorrió al verlo así, celoso. Porque una parte horrible de mí llevaba días queriendo comprobar si aquello le importaba tanto como a mí. Y sí, claramente sí.
La luz cambió a verde. Héctor arrancó sin darse cuenta de nada mientras seguía hablándome de Grecia y ferris robados.
Pero el Range Rover siguió quieto un segundo más.
Solo uno. Como si Manu todavía estuviera mirándome.
Luego aceleró de golpe. El motor rugió fuerte para una calle tan pequeña y el coche salió disparado hacia el puerto antes de desaparecer entre las luces de la avenida.
Me quedé mirando por la ventanilla unos segundos más. Héctor me dio un pequeño golpe con el hombro al girar hacia la izquierda.
—Por cierto, el otro día estaba relajada, pero mi abuela suele hacer preguntas personales muy rápido. Te aviso para que no huyas.
Me reí conteniendo los nervios que acababa de sentir en el estómago. Y el ruido en mi mente terminó mezclándose con la radio, el ruido de los coches y el viento cálido entrando por las ventanillas mientras seguíamos conduciendo por la costa.