Capítulo 10
Tres días después de la cala seguíamos actuando como dos personas que no habían estado a punto de besarse. No entender nada era agotador.
—Vale, voy a preguntarlo una vez más antes de que me explote la cabeza.
Levanté la vista del cajón lleno de cubiertos.
Carla estaba sentada encima de la encimera de la cocina con una tostada mordida en una mano y esa expresión concreta de persona que ya sabe la respuesta, pero quiere escuchártela igualmente. Eran casi las doce del mediodía y estábamos desayunando antes de nuestro turno de las dos.
—¿El qué? —pregunté, aunque sabía perfectamente el qué.
—¿Qué pasó en la cala?
Mi cuerpo entero reaccionó antes que mi cara. Mala señal.
—Nada.
Carla soltó una carcajada seca.
—Mia. Por favor. Desde ese día parecéis dos personas intentando no incendiarse accidentalmente cada vez que coinciden en una habitación.
Me concentré en ordenar cucharillas.
—Es que te lo digo de verdad —dije entre suspiros—. No pasó nada.
—Es que no lo entiendo. —Carla me miró con atención unos segundos largos antes de bajar un poco la voz—. Te gusta de verdad, ¿no?
La pregunta me pilló completamente desprevenida. Porque hasta ahora todo había sido fácil de esconder detrás de bromas. Detrás de “es guapo”. Detrás de “me pone nerviosa”. Detrás de “es un problema”.
Pero aquello era otra cosa más seria. Ya no era un pequeño crush. Me senté lentamente frente a ella. Y, por primera vez desde que había llegado a Mallorca, dejé de intentar fingir que aquello no me estaba afectando.
—No sé qué me pasa con él —admití muy bajo.
Carla dejó la tostada sobre el plato inmediatamente.
—Es que es horrible porque… no sé. Cuando estoy con Héctor todo es fácil. Normal. Pero con Manu siento que mi cerebro deja de funcionar correctamente.
—Eso suele ser bastante mala señal.
—Gracias, tranquilizadora profesional.
Sonrió apenas. Pero siguió escuchando, y quizá por eso seguí hablando.
—La cala fue… rara.
—Cuéntamelo todo y no te dejes ni un detalle.
Miré hacia la ventana abierta de la cocina. Las olas del mar reflejaban el sol como un desierto de mil espejos.
—Me contó cosas de su familia. De su padre. De sentirse atrapado todo el rato en una vida que ya estaba decidida antes incluso de que él pudiera elegir algo.
Carla frunció un poco el ceño.
—Eso no me lo esperaba.
Me mordí el interior de la mejilla antes de continuar.
—Y luego yo también le conté cosas.
—¿Sobre tu padre?
Asentí despacio. El simple hecho de decirlo en voz alta me dejó el pecho raro porque yo no hablaba mucho de eso. Nunca, de hecho.
—Y me miraba como si… no sé.
—¿Cómo si qué?
Tragué saliva.
—Como si realmente le importara entenderme.
La cocina se quedó en silencio. Carla se quedó pendiente de mí un momento larguísimo.
—Mia.
—¿Qué?
—Creo que estás jodida.
Eso me hizo soltar una risa triste.
—Sí. Yo también.
Silencio otra vez. Luego apoyé ambos codos sobre la mesa y me tapé media cara con las manos.
—Y encima ni siquiera me ha besado.
Carla abrió muchísimo los ojos.
—¿PERDONA? ¡PENSABA QUE LO DECÍAS DE COÑA!
—Lo sé.
—¿Cómo que lo sabes? Eso es gravísimo. Pensaba que ya habíais cruzado mínimo siete líneas legales distintas.
—Pues no.
—Pero tensión sí hubo, ¿no?
La miré por encima de la mano.
—Carla, casi me muero allí sentada.
Se le escapó una risa.
—Dame más detalles ya.
Suspiré dejando caer las manos.
—Me dijo que yo no era difícil de elegir. Me apartó el pelo de la cara y me lo puso detrás de la oreja.
Carla se quedó completamente quieta.
—Uf.
—Ya.
Me dejé caer hacia atrás en la silla mirando el techo. El ventilador seguía girando lento encima de nuestras cabezas.
—Y luego pensé que iba a besarme.
—Pero no lo hizo.
Negué despacio. El pecho volvió a dolerme solo recordándolo.
—Y ahora no sé qué está pasando —admití—. Porque sigue buscándome todo el rato. Sigue mirándome así. Sigue preocupándose por si he cenado o dormido o estoy cansada. Pero luego se frena.
Carla apoyó la barbilla en la mano observándome.
—¿Y Victoria?
La pregunta me atravesó inmediatamente. Ahí estaba el verdadero problema. No el casi beso, no la cala, ni siquiera Manu.
La posibilidad horrible de que yo estuviera entrando exactamente en el tipo de historia de la que mi madre me llevaba advirtiendo toda la vida.
—No sé qué son exactamente ellos —murmuré—. Pero sé que pertenecen al mismo mundo. Y yo no.
Carla suspiró bajándose de la encimera.
—Mia.
—¿Qué?
—Te prometo que un hombre puede tener muchísimo dinero y aun así ser emocionalmente imbécil.
Se me escapó una risa.
—Gracias.
—Pero también te prometo otra cosa.
La miré.
—Si un chico te mira como Manu te mira a ti, el problema no es que no sienta algo.
• • •
A las cuatro de la tarde el calor era insoportable.
Yo estaba reorganizando tumbonas cerca de la piscina cuando escuché voces cerca de la terraza privada.
Victoria acababa de llegar. Llevaba un vestido amarillo claro y gafas de sol enormes.
Manu estaba junto a ella ayudándola a bajar unas bolsas del coche mientras Claudia decía algo riéndose desde la entrada.
La escena me golpeó de una forma completamente ridícula porque parecían fáciles juntos. Naturales. La clase de pareja que nadie cuestionaría jamás. En ese momento, Victoria puso su mano sobre el brazo de Manu y le dio un beso en la mejilla. Mi cuerpo se tensó antes de poder evitarlo.
—¿Has visto un fantasma? —murmuró Héctor apareciendo a mi lado con una caja de toallas.
Parpadeé rápidamente.
—No sé de qué hablas.
Él siguió mi mirada hacia la entrada del hotel. Mierda.
—Ah, vale —dijo despacio—. Ya entiendo.
Cogí varias toallas demasiado rápido.
—No pasa nada.
—No he dicho que pase.
—Héctor.
Me estudió unos segundos más antes de suspirar.
—Solo digo que tienes cara de estar haciéndote daño tú sola.
Eso me irritó inmediatamente porque quizá tenía razón.
—Gracias.
—Siempre disponible, madrileña.
Intenté sonreír. No me salió muy bien.
• • •
Mi turno terminaba a las ocho, pero me habían propuesto quedarme hasta las diez con la promesa de que las propinas de la noche siempre eran las más jugosas. Acepté porque Carla y Héctor también trabajaban y la alternativa era quedarme en mi habitación comiéndome la cabeza.
Habían organizado una cena pequeña para varios socios del hotel y el rooftop volvía a estar lleno de gente elegante fingiendo que beber vino blanco viendo el mar era una actividad espiritual profunda. Yo llevaba una bandeja llena de copas cuando me encontré a Manu de cara.
—Mia.
—Hola.
Insinuó una sonrisa.
—Te llevo buscando media hora.
—Vaya.
—Quería asegurarme de que habías cenado.
¿Por qué seguía haciendo eso?
—He comido, gracias.
Asintió lentamente, pero no se movió. Permaneció quieto, cerca, atento.
Y yo empezaba a cansarme muchísimo de no entender qué estaba pasando entre nosotros.
Porque una persona no te mira así si no siente algo, pero tampoco se queda quieta durante días si realmente quiere besarte. Y empezaba a dolerme un poco.
—¿Pasa algo? —preguntó él finalmente.
Solté una risa pequeña, irónica.
—No. ¿Por qué iba a pasar algo?
Sus ojos no se apartaron de mi cara, como si supiera perfectamente que estaba mintiendo. Eso terminó de romperme la paciencia.
—Llevas mucho tiempo sin meterte conmigo. Me he puesto el reloj más ostentoso que tengo solo para que me digas algo.
Levantó la mano para enseñarme el reloj de la muñeca. Era realmente ostentoso. Si no hubiese estado dolida, tendría risas para un buen rato.
—¿Sabes qué? Da igual.
Intenté apartarme, pero Manu me cogió suavemente de la cintura. Electricidad instantánea, otra vez.
—Mia, dime qué te pasa.
La forma en que dijo mi nombre hizo muchísimo más difícil intentar enfadarme con él. Me giré hacia él de nuevo.
—No entiendo qué estamos haciendo.
El ruido de la fiesta seguía alrededor, pero lejano, amortiguado. Manu soltó mi cintura lentamente.
—Yo tampoco.
—Eso no es verdad.
Me miró con atención muy quieto.
—Después de la cala —continué bajando la voz— pensé que…
No terminé la frase porque no quería darle el poder de escucharla completa. Pensé que ibas a besarme. Pensé que tú también lo estabas sintiendo. Pensé que quizá yo no estaba imaginándomelo todo.
La mandíbula de Manu se tensó.
—Mia.
—Pero luego te he visto hoy con Victoria y ella te ha besado y…
—Mia, déjame explicártelo.
—No, de verdad. Está bien. Estaba entendiendo mal las cosas.
Odié al instante cómo sonó mi voz: vulnerable, honesta. Sus ojos bajaron un segundo hacia mi boca. Luego volvió a mirarme. Y allí estaba otra vez, esa tensión horrible. Ese segundo donde parecía que iba a acercarse.
Pero no lo hizo, no se movió. Y algo dentro de mí se rompió un poquito.
—Vale —murmuré tragando saliva—. Entendido.
Di un paso atrás. Entonces Manu habló, con la voz más suave que podía.
—No quiero hacerte daño.
El corazón se me quedó completamente quieto. Porque entendí inmediatamente lo que significaba. Victoria. Septiembre. Su vida. Todo.
—Bueno, eso nunca es buena señal.
—No es eso.
—Entonces explícame qué es.
El silencio entre nosotros duró demasiado. Era la primera vez que Manu, el chico con una labia increíble, parecía haber perdido completamente el control de qué decir.
Se pasó una mano por el pelo frustrado.
—Mia, entre Victoria y yo no hay nada.
Mi pecho dolía muchísimo más de lo que debería. Porque una parte horrible de mí ya estaba esperando exactamente esto. Ser la chica complicada, la temporal, la equivocada.
Noté el nudo subiendo por la garganta y odié muchísimo que él pudiera verlo.
—Da igual —dije rápidamente—. De verdad.
Me giré, intentando volver hacia la terraza principal.
—No digas “da igual” cuando claramente no te da igual.
Su voz sonó rota por primera vez. Me giré despacio, pensando muy bien en si lo que iba a soltar sería una buena idea o no. Dios.
—Entonces bésame —dije al fin.
Los dos nos quedamos quietos. Manu cerró los ojos un segundo. Solo uno, como si aquello le doliera físicamente.
Cuando volvió a abrirlos, había algo intenso dentro de ellos. Deseo, miedo. Y una tristeza rara que me atravesó el pecho. Colocó su mano en mi cintura de nuevo, muy despacio. Luego apoyó la frente contra la mía.
—Si te beso —dijo muy bajo—, ya no voy a saber cómo volver atrás.