Capítulo 9
Los huéspedes tenían una capacidad sobrenatural para convertir cualquier cosa en un evento.
Da igual que fuese un cumpleaños, una cena, un divorcio amistoso.
O simplemente un martes. Siempre había luces, música y alguien abriendo botellas de champán como si estuvieran celebrando el final de una guerra.
Aquella noche el rooftop estaba lleno. Habían montado una fiesta privada para unos clientes italianos que celebraban no sé qué aniversario empresarial.
Había DJs , bandejas infinitas de sushi y una violinista tocando música electrónica en directo porque aparentemente el dinero eliminaba por completo el miedo al ridículo.
Yo llevaba tres horas seguidas subiendo y bajando escaleras con bandejas mientras intentaba no derretirme viva dentro del uniforme.
—¿Sabes qué me encanta? —dijo Carla mientras dejaba copas vacías sobre la barra—. Que esta gente siempre celebre ganar más dinero gastándose todavía más dinero.
—Es economía circular.
—Capitalismo emocional.
Cogí la botella de la barra y giré justo cuando alguien chocó ligeramente conmigo.
—Perdón.
Levanté la cabeza. Manu, con su manía de acercarse demasiado. Olía a mar y a algo atractivo que mi cerebro empezaba a asociar con él.
—¿Cuántas veces piensas aparecer exactamente cuando estoy trabajando? —pregunté.
Hizo una pequeña mueca.
—No sabía que necesitaba reservar cita.
—Pues sí. Lista de espera de tres a cinco días laborables.
—Uf. Muy exclusiva.
—¿Cómo está Nico?
—Fue una tontería, un rasguño solo. Lo que pasa es que le gusta ser el centro de atención y... —Sus ojos bajaron un segundo a la bandeja que llevaba en la mano—. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando hoy?
—Desde las cuatro.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Has cenado?
El corazón me dio un golpe absurdo. Porque lo dijo automáticamente, como si fuera importante para él saberlo.
—Sí, mamá.
No sonrió. Solo siguió mirándome de esa manera tranquila que últimamente empezaba a desordenarme el cuerpo entero.
—Eso no responde.
—He robado dos croquetas de cocina. Pero no se lo cuentes a los propietarios.
Manu observó la bandeja entre mis manos unos segundos antes de cogerla sin preguntar.
—¿Qué haces?
—Secuestrarte cinco minutos.
—Domingo, literalmente estoy trabajando.
—Le he dicho a Laura que te robo un rato.
Parpadeé.
—¿Conoces a mi supervisora?
—Mia, mi familia es dueña del hotel.
Buen punto.
—Eso sigue sonando ilegal.
Dejó la bandeja en la barra, me cogió de la mano y empezó a caminar hacia la salida lateral del rooftop .
—Manu.
Giró apenas la cabeza.
—Confía un poco en mí.
Bajamos por unas escaleras exteriores que daban a la zona privada del hotel. La música fue desapareciendo poco a poco detrás de nosotros. Primero las voces, luego las risas. Solo quedó el mar.
—¿Dónde vamos? —pregunté.
Manu no respondió enseguida. Caminaba delante de mí por un sendero estrecho entre pinos, iluminado apenas por pequeñas luces bajas incrustadas en piedra.
—Necesitabas respirar.
—¿Y tú?
Lo escuché soltar una risa breve.
—Yo también.
Seguimos bajando. Cada vez había menos ruido humano.
Más mar, más oscuridad. Hasta que el camino terminó y apareció ante nosotros una pequeña cala escondida entre rocas claras y pinos inclinados hacia el agua.
No había nadie, solo el mar moviéndose negro bajo la luna y algunas barcas lejanas balanceándose suavemente.
Me quedé quieta un segundo.
—Dios.
Manu dejó la bandeja sobre una roca.
—Bienvenida a mi sitio favorito del mundo.
Lo miré.
—¿Traes aquí a todas las chicas?
La pregunta salió pícara, sin pensarla. Sus ojos volvieron a mí inmediatamente.
—No digas tonterías.
El corazón me golpeó fuerte. Me acerqué un poco más al agua intentando disimularlo. La cala era realmente preciosa.
—¿Cómo encontraste esto?
Manu se sentó sobre una roca plana cerca del agua.
—Mi abuelo me traía aquí de pequeño, está muy escondida. Tienes que conocer bien el camino o te lleva a otras calas más populares.
Me senté a su lado dejando espacio suficiente entre los dos para fingir normalidad. No funcionó. Porque seguía notando su brazo cerca del mío. Su calor, su respiración.
Al principio hablamos de cualquier cosa. Del hotel, del turno del día siguiente, del calor. Temas fáciles, inofensivos, de esos que sirven para llenar los silencios sin tener que decir nada importante.
Pero el mar seguía rompiendo suavemente contra las rocas y, poco a poco, la conversación fue perdiendo ligereza.
Las bromas se hicieron menos frecuentes, las respuestas más largas.
Hasta que, sin saber muy bien cómo, dejamos de hablar de cosas que no importaban y empezamos a acercarnos a las que sí.
—Cuando era pequeño —dijo en un momento—, venía aquí cuando quería desaparecer un rato.
Giré apenas la cabeza hacia él. La luz de la luna le marcaba el perfil y las ojeras suaves debajo de los ojos. Parecía más cansado allí. Más real.
—¿Desaparecer de qué?
Manu soltó aire lentamente.
—De todo.
La honestidad me dejó quieta. Porque ya no estaba usando humor ni esa versión ligera de sí mismo que enseñaba siempre.
—Mi padre empezó a llevarme a reuniones cuando tenía trece años —dijo mirando el agua—. Cenas, empresarios, hoteles, gente preguntándome qué quería hacer con mi futuro como si la respuesta ya estuviera decidida.
Tragué saliva despacio.
—Y tú asentías.
—Más o menos.
Lo observé un momento.
—Eso es mucha presión para un chico.
Se rió un poco por la nariz.
—Es bastante peor cuando la gente insiste en que tienes muchísima suerte.
Eso me rompió algo por dentro inesperadamente. Miré hacia el agua negra.
—Mi madre piensa que la gente rica siempre termina eligiéndose a sí misma.
La frase salió sola. Sentí cómo Manu giraba ligeramente la cabeza hacia mí.
—¿Y tú?
Me encogí de hombros.
—No sé.
Silencio. El mar seguía moviéndose despacio frente a nosotros.
—Mi padre, bueno, el hombre que dio la mitad de mis genes, tiene bastante dinero —dije al final.
Noté el pequeño cambio en su expresión inmediatamente. No esperaba eso.
—¿Sí?
Asentí. Y, por alguna razón, allí parecía más fácil contarlo. Más fácil incluso que con Carla. Y no sabía por qué.
Quizá era el cansancio acumulado de tantas semanas. Quizá la oscuridad tranquila de la cala. Quizá el sonido del mar haciendo que todo pareciera menos importante.
O quizá era simplemente Manu. Ese magnetismo extraño que tenía cuando dejaba de interpretar al chico perfecto y solo se quedaba allí, mirándome como si realmente quisiera entenderme. Como si no estuviera esperando una versión más fácil de mí.
—Tiene una constructora y un par de negocios más. Mi madre trabajaba en un restaurante cuando lo conoció. Él estaba casado y ella no lo sabía.
Manu frunció el ceño.
—Mia…
Negué con la cabeza.
—No pasa nada. Bueno, sí pasó, pero ya entiendes. —Solté una risa pequeña y triste mientras me señalaba—. Al principio ni siquiera quiso reconocer que yo era suya.
No estaba mirándolo, pero noté inmediatamente cómo se quedaba quieto.
—Luego aparecía a veces. En Navidad. Algún cumpleaños. Comidas incómodas donde todo el mundo actuaba como si yo fuera… no sé. —Tragué saliva—. Un error.
La frase quedó suspendida entre nosotros. Manu seguía sin hablar, pero no parecía incómodo. Solo atento. Como si quisiera escuchar incluso las partes feas.
—Creo que por eso odio tanto sentir cosas por la gente —admití mirando el agua—. Porque siempre termino esperando que un día decidan que hay otra vida donde yo no encajo.
Silencio. Largo, penetrante. Cuando finalmente levanté la cabeza, Manu me estaba mirando de una forma que me dejó el pecho completamente indefenso. No había pena ni incomodidad. Había algo peor: comprensión. Como si acabara de entender algo importante sobre mí.
—Mia, tú no eres difícil de elegir.
El aire entero pareció quedarse quieto. Y entonces ocurrió algo todavía peor. Le creí. Por primera vez en muchísimo tiempo, creí a alguien de verdad.
Manu bajó la mirada un segundo hacia mi boca. Luego volvió a mis ojos. Muy despacio levantó la mano y apartó un mechón húmedo de pelo detrás de mi oreja.
—Esto es una mala idea —susurré.
La sonrisa más pequeña del mundo apareció en su boca.
—Sí.
No apartó la mano. Yo tampoco me moví. El mar seguía rompiendo suavemente contra las rocas mientras el hotel parecía haberse quedado lejísimos de nosotros.
Y fue exactamente ahí, en aquella cala escondida, cuando entendí algo peligrosísimo. Ya no quería protegerme de Manu Sureda. Quería que me eligiera. Y eso era justo lo que no debía pasar.