Capítulo 8
El peor problema de los casi besos es que técnicamente no hay nada que contar a tus amigas, porque no pasó nada. Aun así, pasó absolutamente todo.
Llevaba dos días intentando actuar normal. Dos días fingiendo que mi cuerpo no recordaba perfectamente la distancia exacta que había habido entre su boca y la mía en aquella cocina. Dos días ignorando el hecho de que ahora notaba su presencia incluso antes de verlo. Patético.
—Ya hace un rato que está llena.
Parpadeé. El agua rebosaba por el cuello de la botella y se derramaba sobre mis dedos bajo el grifo abierto. Carla se inclinó por encima de mí y lo cerró.
—Gracias —murmuré.
Eran las once y media de la mañana y el calor ya empezaba a pegarse a las paredes. Había un ventilador moviendo aire caliente inútilmente mientras alguien escuchaba reguetón triste desde otra habitación. Carla se quedó pendiente de mí apoyada contra la encimera.
—Vale —dijo lentamente—. O me cuentas qué pasó en la cocina el otro día o voy a asumir que matasteis a alguien.
Casi me atraganto con el café.
—No pasó nada.
—Mia.
—De verdad.
Eso era lo más trágico: que técnicamente era verdad. Carla entrecerró los ojos.
—Pues la tensión sexual que había cuando salisteis parecía bastante homicida.
Me tapé la cara con una mano.
—Por favor cállate.
Ella soltó una risa.
—Vale. No voy a insistir.
La miré con desconfianza.
—Eso ha sonado muchísimo a que sí vas a insistir.
—Solo quiero decir una cosa.
—Temo muchísimo esa frase.
Carla se encogió de hombros cogiendo mi taza de café y bebiendo directamente de ella porque en esa casa nadie respetaba la propiedad privada.
—Solo creo que deberías tener cuidado.
Algo en su tono me hizo levantar la cabeza. No sonaba burlona ya. Sonaba seria.
—¿Por qué?
Carla apoyó la taza despacio sobre la encimera.
—Porque a veces los chicos como Manu son intensos en verano y cobardes en septiembre.
El comentario me golpeó más fuerte de lo que debería. Me concentré en untar mantequilla en la tostada para no mirarla directamente.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
Silencio. Desde fuera llegaba el ruido lejano de motos pasando cerca del puerto y alguien riéndose en el piso de arriba. Carla abrió la nevera otra vez.
—Mi padre era exactamente así.
Levanté la vista inmediatamente. Nunca hablaba mucho de su familia.
—¿Cómo?
Se quedó unos segundos mirando dentro de la nevera antes de responder.
—Divertido cuando quería. Encantador. De esos hombres que hacen sentir que una habitación entera gira un poco alrededor suyo.
Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
—Y luego desaparecía durante semanas.
Me apoyé mejor contra la encimera sin decir nada. Carla nunca hablaba despacio. Ni seria. Ni como si estuviera pensando demasiado antes de cada frase.
—Trabajaba en barcos turísticos —continuó—. Siempre tenía una excusa. Ibiza. Menorca. Trabajo. Otra temporada más. Otra oportunidad más.
Sonrió un poco, pero se notaba que todavía era un tema delicado para ella.
—Mi madre llevaba años fingiendo que no le rompía el corazón cada vez que volvía a irse.
No sabía qué decir. Porque había mucha fragilidad en escuchar heridas ajenas que se parecen a las tuyas.
—Cuando era pequeña —dijo Carla abriendo una bolsa de hielo para ponérsela en la nuca—, siempre pensaba que la próxima vez sí se quedaría.
La cocina se quedó en silencio. Y, de pronto, algo en mí recordó cosas que llevaba mucho tiempo intentando no mirar de frente.
• • •
Tenía siete años cuando entendí que mi padre nunca iba a quedarse del todo.
De pequeña pensaba que los hombres ricos aparecían como en las películas; con flores, con coches bonitos, con promesas enormes. La realidad fue bastante menos elegante.
Mi madre lo conoció trabajando en un restaurante cerca de Plaza España cuando tenía veintidós años. Él aparecía algunas noches después de reuniones, siempre bien vestido, siempre oliendo a perfumes de lujo, siempre hablando como si el mundo fuese algo facilísimo de conquistar.
Mi madre se enamoró rápido. Supongo porque él la miraba como si fuera la única persona dentro de la habitación. Y porque cuando tienes veintidós años todavía piensas que las cosas malas les ocurren a otras personas.
No supo que estaba casado hasta después. Hasta demasiado después. Hasta que ya estaba embarazada de mí y él empezó a desaparecer poco a poco entre excusas raras, llamadas cortas y silencios cada vez más largos.
Mi madre decía que al principio ni siquiera quiso reconocer que yo era suya. Durante un tiempo, no quiso admitir que existía. Luego se divorció.
Y durante unos años apareció de vez en cuando.
En Navidades, en algún cumpleaños, una comida incómoda cada ciertos meses.
Traía regalos caros y una culpa todavía más cara.
Pero nunca se quedaba mucho. Siempre parecía tener otro sitio más importante donde estar.
Otra familia, otra vida, otra versión de sí mismo donde nosotras no encajábamos del todo.
Cuando tenía cuatro años me llevó por primera vez a comer con sus hijos mayores. Recuerdo perfectamente el restaurante porque tenían servilletas de tela y yo estaba aterrorizada de manchar algo. Su hijo apenas me habló. La niña pequeña preguntó en voz alta si yo era “la otra hija”.
Y la mujer que estaba entonces con mi padre —porque ya había otra mujer distinta— le dijo rápidamente que no fuera maleducada mientras me sonreía con esa cara de gente que quiere parecer amable sin querer realmente involucrarse.
Nunca olvidé esa comida ni la sensación de estar sentada allí como un error administrativo.
Después de eso empecé a entender cosas aunque nadie me las explicara. Entendí que yo era la parte incómoda de la historia. La prueba visible de algo que había roto una familia.
Y aunque mi madre jamás me lo hizo sentir, los demás sí. Los silencios, las miradas raras, la forma en que sus otros hijos parecían observarme como si yo tuviera la culpa del divorcio.
Mi padre nunca fue cruel conmigo. Casi habría sido más fácil si lo hubiera sido. Simplemente estaba a medias. Y creo que ahí empezó todo. El miedo horrible a querer a alguien que, tarde o temprano, terminará eligiendo otra vida antes que una junto a ti.
• • •
—¿En qué piensas?
La voz de Carla me devolvió a la cocina. Parpadeé varias veces.
—En que nuestras historias son parecidas.
Se dejó caer sobre la silla frente a mí mientras le contaba todo sobre mi madre y mi llegada al mundo.
—¿Sabes qué conclusión saco de todo esto?
—Tengo miedo de preguntar.
—Que nuestros padres son emocionalmente inútiles y por eso ahora nos gustan los hombres problemáticos.
Solté una carcajada tan fuerte que casi tiré el café.
—Dios mío.
—Es ciencia.
—Tú eres la psicóloga.
Dos horas después estábamos en el tren de Sóller. Habíamos salido casi por impulso. Carla dijo “necesito ver algo bonito antes de volver a soportar turistas ingleses” y veinte minutos después estábamos corriendo hacia la estación.
Las ventanas abiertas dejaban entrar aire de verano mientras el tren avanzaba lentamente entre montañas secas, túneles oscuros y pueblos pequeños perdidos entre árboles.
—Esto parece una película donde alguien de ciudad abre su Bed & Breakfast y se termina enamorando del manitas del pueblo —murmuré apoyada contra la ventana.
—No me importaría ser esa protagonista, sobre todo por la parte del manitas fuertote.
Las dos nos reímos a carcajadas. Carla llevaba unas gafas de sol enormes y el pelo recogido de cualquier manera encima de la cabeza. Parecía una turista italiana.
Por primera vez en semanas no teníamos prisa. No había que recoger vasos, ni sonreír profesionalmente. Solo mirar el paisaje pasando despacio al otro lado de la ventana.
La plaza de sa Constitució estaba llena de gente sentada en terrazas bajo los árboles mientras el tranvía antiguo atravesaba el centro lentamente como si el tiempo allí funcionara distinto.
—Vale —dijo Carla girando sobre sí misma—. Si me pierdo, dile a mi madre que he muerto feliz y bronceada.
—Tu madre pensaría que estás exagerando incluso muerta.
—Correcto.
Terminamos sentadas en una terraza pequeña compartiendo una limonada helada enorme mientras observábamos el encanto de las casas del pueblo.
—Te juro que si me caso algún día quiero hacerlo aquí —dijo Carla mirando alrededor.
La miré horrorizada.
—¿Casarte? ¿Tú?
—No interrumpas mi desarrollo emocional.
Y lo mejor era que con Carla no hacía falta intentar parecer menos rara de lo que realmente era.
Después caminamos sin rumbo durante horas. Entramos en tiendas pequeñas llenas de cerámica, en una librería antigua donde Carla se enamoró de un cliente con pendientes durante exactamente nueve minutos. Compramos un bikini horroroso de rebajas que decidimos compartir “en custodia compartida”.
Había ropa secándose en balcones pequeños, persianas verdes abiertas y gatos dormidos encima de motos aparcadas al sol. Todo parecía demasiado bonito para ser real.
—Creo que esta isla tiene algo raro —dije mientras caminábamos por una calle estrecha llena de sombras.
—¿El qué?
—Que hace que todo parezca más importante.
Carla asintió lentamente.
—Sí.
Y luego añadió:
—Como si supieras que vas a echarlo de menos antes incluso de que termine.
Eso se me quedó dentro. Porque tenía razón. El verano entero empezaba a sentirse así. Rápido, brillante. Como algo que todavía estaba ocurriendo y que ya empezabas a echar de menos.