Capítulo 7
La casa del personal tenía sus propias normas no escritas.
Si llegabas después de la una de la mañana, asumías que ya no podías alimentarte de comida, solo de ingredientes. Si dejabas algo en la nevera, desaparecía. Y si conseguías ducharte sin que el agua se volviera hirviendo o congelada de repente, básicamente eras la persona más afortunada de Mallorca.
Héctor estaba sentado en el suelo, apoyado contra un armario, comiéndose cereales directamente de la caja.
—Eso es tristísimo —le dije.
—Estoy demasiado cansado para usar platos.
—Honestamente, lo respeto.
Sonrió apenas. Cada vez me resultaba más fácil estar allí con ellos. La primera noche había sentido esa incomodidad rara de no saber dónde poner el cuerpo cuando todo el mundo ya parece conocerse. Ahora ya no.
Ahora Carla y yo nos abríamos los cajones sin preguntar para prestarnos ropa. Ahora sabía qué escalón crujía. Ahora había gente guardándome croissants del buffet.
Me serví pasta fría directamente de una olla mientras entraba en la aplicación del banco para ver cómo habían subido mis ingresos desde que había cogido ese avión hacia las Baleares.
—¿Mañana libras? —me preguntó Héctor.
Negué con la cabeza.
—Solo medio día.
—Peor es nada.
—¿Tú?
—Entro tarde.
Carla soltó un bufido dramático.
—Algunos sois claramente los favoritos de Dios.
Héctor le lanzó un trozo de cereales y ella se lo devolvió tirándole una servilleta mojada. Todo era absurdamente caótico. Mallorca fuera era lujo y terrazas bonitas. Mallorca dentro de la casa del personal era sobrevivir colectivamente al calor.
Era nuestra primera noche libre desde que habíamos llegado y la casa se iba llenando de gente. Música sonando desde un altavoz pequeño, cartas encima de la mesa de plástico y varios trabajadores sentados en el suelo porque ya no quedaban sillas libres.
Carla y yo subimos a la terraza desde donde se veía una parte mínima del puerto iluminado. La brisa seguía caliente incluso a esas horas.
—Yo solo digo —continuó Carla bebiendo cerveza— que creo que Héctor tiene interés por algo más que una amistad contigo.
Giré la cabeza inmediatamente. Héctor estaba apoyado contra la barandilla hablando con dos chicos de cocina.
Se estaba riendo de algo, tranquilo, exactamente igual que siempre.
Bueno, exactamente tampoco. Fuera del trabajo, más relajado y divertido, era mucho más atractivo.
No me había dado cuenta hasta ese momento.
Con él nunca sentía que mi cerebro dejara de funcionar correctamente, como sí me pasaba con...
Y quizá por eso me dio todavía más miedo la comparación.
• • •
La fiesta del personal empezó como empiezan casi todas las noches que se descontrolan en verano: alguien diciendo “solo una cerveza” y dos horas después media casa sudando, bailando y gritando canciones horribles en una terraza pequeña.
La terraza estaba llena de gente del hotel.
Recepción, cocina, limpieza, socorristas, camareros.
Todo el mundo parecía distinto fuera del uniforme.
Más joven, más humano. Había hielo derritiéndose dentro de cubos de plástico, olor a tabaco y desodorante Axe y música estridente saliendo de un altavoz que probablemente sobrevivía por pura voluntad divina.
—Vale —dijo Carla entregándome un vaso rojo de plástico—. Veo que esto se está convirtiendo en una fiesta, así que: normas básicas de esta noche.
—Tengo miedo.
—Si alguien llora por un ex, fingimos que no lo hemos visto.
—Correcto.
—Si alguien acaba besándose con un compañero de trabajo, mañana nadie comenta nada.
—Muy profesional todo.
—Y si vienen los ricos y alguno se rompe un hueso haciendo algo estúpido, jamás mencionamos que lo vimos venir.
—Qué específico.
—Es que ya ocurrió una vez. El rubio amigo de Manu, Nico, siempre la lía.
—¿Suelen venir? —pregunté, intentando disimular los nervios si era verdad que Manu y yo estábamos a punto de coincidir en una fiesta.
—A veces sí, cuando alguien se chiva y se enteran. Nuestras fiestas son mucho más divertidas que las suyas, así que vienen a aprender.
Llevaba unos shorts negros y un top de lentejuelas rosa y morado que empezaba a pegarse a la piel por la humedad. Carla me había obligado a ponerme algo de brillo en los labios “por responsabilidad social”.
La música cambió a algo antiguo y absurdo que todo el mundo parecía conocer. Héctor apareció a mi lado robándome directamente una patata del plato.
—¿Cuántos cubatas llevas?
—Menos de los que debería.
—Entonces aquí tienes uno nuevo.
Me ofreció uno de los dos vasos que llevaba en la mano. Lo tomé y nos apoyamos contra la barandilla.
—Que veo que te estás quedando dormida de pie —dijo Héctor.
—Estoy sobreviviendo.
Me miró en silencio durante un segundo.
—Ven mañana conmigo a desayunar a casa de mis abuelos.
—¿Qué?
—Hacen ensaimadas caseras. Y mi abuelo cree que todos los trabajadores del hotel vivimos desnutridos.
—Eso es porque probablemente tiene razón.
—¿Entonces te vienes?
Sonreí antes de darle otro trago a la bebida.
La puerta de la terraza se abrió de par en par.
Manu acababa de entrar. Iba guapísimo con una camisa negra y las mangas ligeramente remangadas, enseñando los antebrazos morenos marcados por el sol.
Nico iba diciendo algo sobre una fiesta en un barco para el fin de semana siguiente y su amiga Elena apareció detrás empujándolo con el hombro.
—Aparta, pesas como un armario.
Y entonces me vio, pero no se acercó de inmediato. Primero saludó a varios chicos de cocina, luego a Héctor. Después sus ojos llegaron hasta mí.
—Mojitos —dijo acercándose.
—Domingo.
Eso le arrancó una sonrisa pequeña. Claudia, su hermana, me señaló inmediatamente.
—Vale, confirmo que esto es peor de lo que pensaba.
—¿Qué cosa? —pregunté.
—La tensión sexual absurda que dais.
Casi me atraganto con el cubata.
—Claudia —murmuró Manu.
—¿Qué? Toda la casa habla de vosotros.
Sentí el calor subiéndome directamente por el cuello mientras Carla se reía como una hiena desde la mesa de detrás. Traidora.
—No hay “vosotros” —dije rápidamente.
Claudia me miró exactamente igual que miraría alguien a una persona diciendo “no estoy llorando” mientras tiene lágrimas en la cara.
—Claro.
Manu seguía observándome. Parecía especialmente incómodo. Como si Claudia hubiera dicho en voz alta algo que ambos intentábamos mantener controlado.
• • •
La terraza se fue llenando todavía más a medida que avanzaba la noche. La gente bailaba, cantaba fatal, se besaba en esquinas pensando que nadie los veía. El calor convertía todo en algo ligeramente más impulsivo.
Yo llevaba un cubata y dos cervezas y media encima cuando Carla desapareció con un camarero argentino y Nico empezó a insistir en que todo el mundo tenía que bailar.
—Ni muerto —dijo Manu desde la pared del fondo.
—Cobarde —le grité.
Sus ojos se volvieron hacia mí inmediatamente.
—Habla la chica que lleva veinte minutos escondida detrás de Héctor.
Eso me pilló desprevenida. No por la frase. Por el tono. Oh, Dios. Manu acababa de ponerse celoso. El cuerpo entero se me calentó.
—Quizá Héctor sí sabe divertirse —contesté sin pensar.
Vi el cambio en su expresión inmediatamente. Apretó la mandíbula con la cerveza quieta entre sus dedos. Y algo dentro de mí reaccionó de forma completamente irresponsable a eso. Porque una parte horrible de mi personalidad acababa de descubrir que Manu Sureda celoso era peligrosamente atractivo.
Héctor y Nico aparecieron antes de que nadie respondiera.
Héctor me agarró de la mano y tiró de mí hacia el centro improvisado de la terraza.
La canción que sonaba tenía un ritmo pegajoso que hacía imposible quedarse quieto.
Empecé riéndome. Siempre empezaba riéndome con Héctor.
Él me hizo girar exageradamente mientras yo casi chocaba con una mesa.
—Esto es humillante.
—Esto es arte.
—Esto es una demanda.
Héctor se rió acercándose un poco más para hablarme al oído por encima de la música.
Y fue entonces cuando volví a mirar hacia la pared del fondo.
Manu seguía allí, observándonos. Y entendí inmediatamente que no le estaba gustando nada aquello.
La canción terminó entre aplausos y gritos.
Intenté apartarme un poco para recuperar aire, todavía riéndome.
—Voy por agua —dije.
—Te acompaño.
—No hace falta.
Entré dentro de la casa buscando algo frío mientras intentaba ignorar el pulso completamente acelerado. La cocina estaba vacía. Solo una luz pequeña encendida y el sonido amortiguado de la música desde fuera.
—Creo que Nico se bebió todo hace una hora.
Su voz sonó justo detrás de mí. Manu estaba apoyado en la puerta de la cocina, solo. Y el ambiente cambió de golpe. Porque ya no había música alta alrededor, ni gente, ni Carla gritando. Solo él mirándome de esa forma que últimamente empezaba a afectarme demasiado.
—Vuestra fiesta es un fracaso organizativo —murmuró.
—Sin embargo, sigues aquí.
Se acercó despacio hacia la nevera. Como si el espacio entre nosotros estuviera lleno de algo delicado que no quería romper. La abrió y me tendió una botella de agua fría.
—Gracias.
Nuestros dedos se rozaron apenas. Electricidad instantánea. Pero Manu no apartó la mano enseguida. Solo un segundo más de lo normal. Suficiente para que el aire cambiara otra vez.
—Te lo estabas pasando bien —dijo finalmente.
Miré la botella entre mis manos.
—Sí.
—Se nota.
Levanté la vista. Ahí estaba otra vez, esa calma rara en la voz que escondía cosas debajo.
—¿Eso te molesta?
Unos segundos de silencio.
—No debería.
El corazón me dio un golpe absurdamente fuerte. Se pasó una mano por el pelo mirando hacia otro lado un segundo. Lo dijo bajo, casi para sí mismo. Pero lo escuché igualmente. Mi cuerpo entero se quedó quieto.
—¿Qué? —pregunté más despacio.
Volvió a mirarme. Y algo en sus ojos hizo que el resto de la cocina desapareciera un poco.
—Nada.
—Eso es mentira.
Sonrió mínimamente, como si llevara rato conteniéndose.
—Preferiría verte conmigo que con él.
El corazón directamente dejó de funcionar. Porque no era una frase elegante, ni medida ni inteligente. Era peor: era verdad.
Di un paso hacia él antes de pensar, muy pequeño, pero suficiente. Manu me miró a los labios. La tensión golpeó la cocina entera. Solo podía escuchar el ruido que hacía mi corazón latiendo fuerte dentro del pecho.
Y entendí exactamente lo que iba a pasar. En cómo se acercó. En cómo su mano rozó la encimera justo a mi lado. En cómo dejó de existir espacio suficiente entre nosotros.
Un golpe brutal cortó el silencio que dominaba la escena. Después un grito. Luego Elena:
—¡NICO!
Los dos nos apartamos automáticamente. El momento se rompió y la realidad entró como una jarra de agua fría. Manu cerró los ojos soltando aire por la nariz. Yo todavía seguía intentando recordar cómo respirar. Desde fuera volvieron los gritos.
—¡Que alguien llame a una ambulancia!
Manu volvió a mirarme con esa expresión en los ojos. Esa que decía que besarme había estado a menos de un segundo de ocurrir.
—Menudo idiota —murmuró.
Mi voz salió muchísimo más baja de lo normal.
—Vaya amigos te buscas.
Me sonrió y pasó a mi lado hacia la puerta. Y al hacerlo, su mano rozó mi cintura apenas un instante. Solo un segundo bastó para que mi cuerpo entero se tensara.
Salió y yo me quedé sola en mitad de la cocina, con el corazón completamente desordenado y una sensación peligrosísima creciendo despacio debajo de las costillas.
Porque empezaba a notar algo peor que el miedo a que Manu Sureda me besara. Empezaba a notar lo muchísimo que me dolería si finalmente no lo hacía nunca.