Capítulo 5
Al día siguiente, Manu no apareció, lo cual fue perfecto, ideal, maravilloso. No tenía ninguna necesidad de verlo después de haber pasado parte de la noche stalkeando su Instagram como una adolescente emocionalmente inestable.
Tampoco lo busqué. Casi nada. Solo cada vez que entraba alguien en la terraza, o cuando escuchaba una risa masculina cerca de la piscina, o cuando veía una camisa blanca de lejos… detalles sin importancia.
—Hoy te toca hasta tarde, ¿verdad? —dijo Carla durante el descanso, sentándose a mi lado con una bolsa de patatas abierta.
—Sí, qué pereza…
Estábamos en la esquina con sombra que Héctor me había enseñado. Nuestro pequeño santuario de aire casi respirable y botellas frías.
—¿Te ha escrito?
La miré.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Carla me miró con una sonrisa pícara.
—Porque estabas llamando a tu amiga Lola esta mañana a grito “pelao”.
Me llevé una mano a la frente y empecé a sentir el calor subir por mis mejillas. Había hablado como una adolescente durante quince minutos sobre si era o no un engreído y si eso lo hacía más o menos atractivo.
—Es verdad que con Lola estoy tan a gusto que a veces se nos olvida que no estamos solas en el mundo. Espero que no se haya enterado la casa entera.
—Tranquila, solo estábamos nosotras.
Nos reímos a la vez, yo avergonzada y ella divertida.
—Yo apoyo al 100% que te líes con el rico, eh. Tú puedes hacer caso a tu madre, pero piensa que estos años están para equivocarnos, no para hacer lo correcto.
—A ella se la han liado mucho, un día con tiempo te cuento la historia…
El resto del turno fue una sucesión de gente pidiendo cosas imposibles.
Una señora quiso cambiar tres veces de tumbona porque “el sol la estaba siguiendo”.
Un niño alemán tiró una copa de zumo dentro de una maceta.
Un hombre con gafas de sol carísimas me preguntó si podíamos hacer “algo” con el mar porque había demasiadas algas cerca de la orilla.
—Claro —le dije con mi mejor sonrisa profesional—. Ahora mismo lo comentamos con el Mediterráneo.
Carla casi se atraganta detrás de mí.
Cuando llegó la noche, el cansancio me había convertido en una versión ligeramente peor de mí misma. Esa que respondía tarde, suspiraba mucho y empezaba a sentir que los pies ya no eran suyos.
El Bellamar, sin embargo, estaba precioso. La terraza principal brillaba bajo luces colgadas. El agua de la piscina infinita parecía negra y dorada al mismo tiempo. Había música baja, copas tintineando y ese aire espeso de las noches de verano donde todo parece a punto de pasar.
Yo estaba recogiendo vasos vacíos del chillout cuando vi a Victoria.
Iba con un pantalón blanco y un top rosa claro.
Perfecta, obviamente. Caminaba junto a dos mujeres mayores mientras asentía a algo que le decían, elegante y tranquila, como si hubiera nacido sabiendo comportarse en sitios donde yo todavía tenía miedo de tocar algo y romperlo.
Victoria me vio y sonrió.
—Hola, Mia.
Tardé medio segundo en reaccionar.
—Hola.
—¿Turno largo?
—Todos lo son aquí.
Ella sonrió un poco más.
—Eso es verdad. Nos vemos luego.
—Claro.
La observé alejarse. Habría sido mucho más fácil si fuera insoportable.
Si me mirara por encima del hombro. Si tratara mal al personal.
Si hiciera algo que justificara esa sensación fea que se me instalaba dentro cada vez que la veía moverse por el mundo de Manu como si tuviera llaves de todas las puertas.
Pero no. Era amable, guapa, lista. Y lo peor de todo: encajaba. Yo, en cambio, llevaba el uniforme manchado de limón, el pelo encrespado por la humedad y una bandeja llena de vasos sucios.
A la una y media, la terraza empezó a vaciarse.
A las dos menos cuarto, quedaban solo algunos huéspedes resistentes al sueño y dos camareros recogiendo mesas en silencio.
A las dos, me quedé sola en la zona superior terminando de ordenar servilletas y copas.
El mar sonaba más fuerte de madrugada. O quizá era que, por fin, el resto del mundo se callaba un poco. Estaba de espaldas cuando escuché una voz detrás de mí.
—Pensé que ibas a responderme con algún comentario sarcástico por Instagram.
Casi se me cae una copa. Manu estaba apoyado en el marco de la puerta que daba al interior del hotel. Mi vida últimamente consistía en intentar parecer normal y fracasar delante de él. Sentí el corazón dar un salto ridículo.
—¿Perdona?
Levantó el móvil apenas.
—Me seguiste de vuelta.
Qué vergüenza. Me giré hacia la barra para colocar las copas con una precisión artificial.
—No sabía que había que mandar un comunicado oficial después.
—No hace falta. Pero admito que esperaba algo como “qué pereza tu perfil” o “bonitas fotos de barcos, señor rico”.
Eso era exactamente algo que podría haber dicho.
—No quería herir tus sentimientos de influencer náutico.
Su sonrisa apareció despacio.
—Ah, ahí está.
Y, de alguna forma absurda, que sonriera así me hizo sentir que había ganado algo. Como si él hubiera estado esperando esa frase, como si yo le divirtiera de una manera que no tenía que esforzarme por provocar. Se acercó a la barra y apoyó los antebrazos sobre la madera.
El rooftop vacío se volvió inmediatamente más pequeño.
—¿Sigues trabajando?
—No. Estoy practicando mi pasión secreta por alinear vasos a las dos de la mañana.
—Interesante afición.
—Muy relajante. Recomendada para gente sin vida social.
—Entonces quizá debería probarla.
Lo miré con cara de sospecha. Manu Sureda parecía exactamente el tipo de persona que tenía demasiada vida social, gente alrededor, invitaciones, planes en terrazas caras con personas que decían “nos vemos en el barco” como si fuera una frase normal.
—No me das mucha pena —dije.
—No lo pretendía.
Silencio. Me concentré en limpiar una marca invisible de la barra.
—¿Y tú qué haces aquí tan tarde? —pregunté.
—Cena familiar.
—Ah.
—Ese “ah” ha sonado como si acabara de decirte que vengo de una intervención quirúrgica.
—Por tu cara, podría ser.
La sonrisa volvió, pero esta vez no llegó a sus ojos.
—Ha sido parecido.
Algo en mí se suavizó un poco. Lo miré mejor.
Tenía ojeras leves, la mandíbula tensa, los hombros más rígidos de lo habitual.
Como si llevara horas sosteniendo un peso invisible y solo ahora, sin nadie mirando, se permitiera aflojarlo un poco.
No parecía el chico que entraba en una fiesta y hacía que todo el mundo lo notara.
Parecía alguien que necesitaba quedarse en silencio.
—¿Tan horrible ha sido? —pregunté antes de pensarlo.
Sus ojos volvieron a mí.
—¿De verdad quieres saberlo?
La pregunta me pilló desprevenida. Tragué saliva y me encogí de hombros, intentando que no se notara que de pronto me importaba la respuesta.
—Ya que estoy aquí limpiando vasos imaginarios, puedo escuchar tragedias de ricos.
Eso sí lo hizo sonreír, un poco al menos.
—Nada, tonterías. Mi padre quiere que este verano empiece a asumir más reuniones.
—¿Reuniones de qué?
—Hoteles, inversores, expansión.
Me apoyé en la barra frente a él.
—¿Y no quieres?
Manu bajó la vista hacia sus manos. Tenía las manos bonitas. Fuertes, morenas, con los nudillos ligeramente marcados y un pequeño corte cerca del pulgar.
—No es tan fácil.
—Eso no responde.
Levantó la mirada y su cara dejó de ser exactamente la misma, como si no estuviera acostumbrado a que alguien le cuestionara su futuro.
—No sé si quiero —dijo al fin.
La honestidad dejó el ambiente raro. Más íntimo, más peligroso. Porque una cosa era bromear con él sobre barcos y mojitos. Otra muy distinta era estar allí, a las dos de la mañana, escuchándole admitir algo que probablemente no decía en voz alta a casi nadie.
—¿No sabes?
Negó apenas.
—Toda mi vida ha ido más o menos en esa dirección. Universidad, prácticas, empresa familiar, reuniones, eventos, sonreír a gente que no me cae bien…
—Suena… —Hice una pausa, buscando la palabra más adecuada—. Rígido.
—Muchísimo.
Me acordé de algo que había visto en su cara la noche en que conocí a Victoria, cuando alguien lo llamó desde el grupo de hombres trajeados. Ese segundo diminuto en el que pareció desaparecer por dentro antes de volver a ser él. O al menos la versión de él que todo el mundo esperaba.
—Tú no pareces alguien que no sabe lo que quiere —dije.
Se quedó mirándome.
—Ya.
Una sola palabra con mucho sentimiento encerrado. O quizá yo estaba demasiado cansada y empezaba a inventarme profundidades donde solo había un chico guapo con problemas de millonario. Aun así, no aparté la mirada.
—Pareces… —empecé.
—¿Insoportable?
—Eso también.
—Gracias.
—Pero iba a decir que pareces alguien que tiene la vida planeada desde hace mucho.
Su expresión cambió lo justo para que supiera que había acertado. Y de pronto me dio miedo haberme metido donde no debía. Porque su vida estaba planeada, sí. La cuestión era por quién.
—Perdón —murmuré—. No sé cerrar la boca cuando estoy cansada.
—No te disculpes.
Lo dijo rápido. Luego bajó un poco la voz.
—Me gusta que no cierres la boca.
El corazón se me quedó haciendo algo absurdo.
Muy absurdo. Miré hacia la piscina porque necesitaba mirar cualquier cosa que no fuera él.
El agua estaba quieta, reflejando las luces del hotel.
Detrás, el mar se movía oscuro, enorme, como si supiera todos los secretos de la isla y no pensara contar ninguno.
—Pues qué problema para ti —dije, intentando recuperar el tono—. Hablo muchísimo.
—Me he dado cuenta.
—Y tengo opiniones fuertes.
—También.
—Y prejuicios contra los ricos.
—Especialmente contra los ricos.
Volví a mirarlo.
—Mi madre me dijo que no me fiara de vosotros —solté.
—¿De quiénes?
—De los ricos.
Algo divertido cruzó su cara.
—¿Y sueles hacer caso a tu madre?
Pensé en mi madre. En sus mensajes. En sus advertencias.
En su manera de quererme como si el mundo estuviera siempre a punto de hacerme daño.
En lo mucho que me irritaba y lo mucho que la echaba de menos a veces.
En lo mucho que ella me había advertido de la situación en la que estaba en ese preciso instante.
—A veces —dije.
Manu me sostuvo la mirada. La frase quedó mucho tiempo entre nosotros. Como si los dos hubiéramos entendido una segunda conversación debajo de la primera. Una en la que él era precisamente eso: una complicación, una mala idea. Algo que mi madre habría detectado desde el primer segundo.
—Entonces debería preocuparme —dijo.
Su voz sonó más baja. No sé si lo hizo a propósito, pero se me erizó la piel de los brazos.
—Probablemente.
Durante un instante ninguno de los dos habló. Y el silencio ya no fue incómodo. Fue otra cosa. Algo con peso, con pulso, con demasiada conciencia de la distancia entre su mano y la mía sobre la barra.
Manu bajó la vista un segundo. A mis dedos, a mi muñeca, a la pequeña marca roja que me había dejado una bandeja. Luego volvió a mis ojos.
—Te has hecho daño.
Miré mi muñeca.
—No es nada.
—Está roja.
—Trabajo en un hotel, Manu. Mis estándares de dolor han cambiado.
Rodeó la barra despacio, sin decir nada, y se acercó hasta quedar a mi lado, cerca.
—¿Puedo?
Señaló mi muñeca. Me quedé quieta. Mi primer instinto fue bromear, apartarme. Decir alguna estupidez para romper el momento antes de que pudiera tocarme y yo sintiera de más. Pero su voz había sido tranquila, cuidadosa. Como si estuviera pidiendo permiso de verdad.
Asentí. Manu levantó mi mano con delicadeza. Solo giró mi muñeca para ver la marca, solo pasó el pulgar cerca, sin llegar a tocar la zona roja. Sin embargo, el cuerpo entero se me quedó en silencio.
—No parece grave —murmuró.
—Gracias, doctor Sureda.
La esquina de su boca se movió, pero no soltó mi mano. Yo tampoco la aparté. Ese fue el problema. Su pulgar rozó un segundo mi piel. Pudo ser accidental, pero el aire se volvió más denso, más caliente.
Levanté la vista. Estaba mirándome. No mi muñeca, a mí. Muy quieto, muy cerca. El rooftop vacío se sintió completamente suspendido alrededor.
Música baja.
Mar negro.
Luces doradas.
Su mano sosteniendo la mía.
Y de pronto entendí por qué algunas personas toman malas decisiones en verano.
Porque hay noches que parecen hechas específicamente para que olvides todas las razones por las que deberías protegerte.