Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

La cocina compartida de la casa del personal estaba medio vacía cuando llegué. Alguien había dejado pasta en una olla con una nota que decía "NO TOCAR CAbrONES". Abrí la nevera buscando algo frío y encontré exactamente media botella de Aquarius. Perfecto.

Me apoyé contra la encimera mientras bebía directamente de la botella.

—Eso es mío, pero honestamente ya no tengo fuerzas para defenderlo.

Levanté la cabeza sobresaltada. Un chico con aspecto skater estaba sentado sobre la encimera del fondo con una tostada en una mano y el móvil en la otra. Llevaba una camiseta gris vieja, pantalones cortos deportivos y el pelo claro muy corto.

—Uy, perdón, pensaba que estaba sola…

Él sonrió apenas.

—Quédatelo. Mañana probablemente me desmayaré en recepción, pero al menos moriré siendo generoso.

Solté una risa pequeña.

—¿Eres nueva? —preguntó.

—¿Se nota mucho?

—Todavía tienes esperanza en los ojos.

—Mia —dije acercándome un poco.

—Héctor.

Se bajó de la encimera y me tendió la mano. Tenía las manos calientes y ligeramente ásperas.

—¿ Guest experience ? —preguntó.

—¿También se nota?

—Bueno, es más que te he visto antes.

Se me olvidaba que para el resto del mundo no soy invisible, solo para los huéspedes cuando no me necesitan.

Héctor abrió un armario y sacó una bolsa enorme de mini croissants envueltos en servilletas.

—¿Has robado eso del buffet?

—“Robado” es una palabra muy agresiva. Yo prefiero pensar que estoy redistribuyendo riqueza.

—Muy Robin Hood por tu parte.

—Gracias. Llevo años perfeccionando la técnica.

Cogió dos platos y dejó uno delante de mí.

—Come. En este sitio o aprendes a aprovechar comida gratis o acabas gastándote el sueldo en poke bowls de quince euros.

—Ya me caes bien.

—Eso es porque me has visto después de una ducha relajante. Después de un turno de doce horas, no me hago responsable de mis palabras.

Me senté frente a él mientras el ventilador de techo seguía moviendo aire caliente sobre nuestras cabezas. Desde fuera llegaban risas lejanas y el sonido de alguien poniendo música en una terraza cercana. Mallorca nunca terminaba de dormirse.

—¿Llevas mucho aquí? —pregunté.

—Tres veranos.

—¿Tres?

—Mis abuelos viven aquí. En verano trabajo en el hotel y así aprovecho para verlos.

Asentí.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Necesidad económica o crisis existencial?

—Buena pregunta. Un poco de ambas.

—La mejor combinación.

Me quedé un segundo mirándolo mejor. Era guapo, sí. Pero de una forma completamente distinta a Manu. Más tranquilo, más cercano. La clase de chico que probablemente sabría montar muebles de IKEA sin enfadarse.

—Madrid, ¿no? —dijo de pronto.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

—Yo también. Además, tienes cara de haber sufrido muchos metros en agosto.

—Dios. No llevar desodorante debería ser delito penal.

—Por fin alguien lo dice.

• • •

Los siguientes días descubrí que Héctor conocía todos los secretos importantes del hotel: con qué cocinero había que negociar para conseguir helados gratis, qué camarero ligaba con huéspedes casadas, qué máquina de hielo funcionaba mejor, dónde sentarse durante el descanso porque llegaba algo de aire del mar.

—Aquí sobrevives dos semanas más que el resto —me explicó una tarde llevándome a una esquina escondida detrás de la zona del restaurante.

Había sombra y brisa, un espacio perfecto. Casi lloro.

—¿Por qué nadie me había enseñado esto antes?

—Porque disfrutan viendo sufrir a los nuevos.

Me dejé caer contra la pared cerrando los ojos un segundo. Tenía los pies destrozados, el uniforme pegado a la espalda y el cerebro funcionando a medio gas. Escuché un ruido de plástico y abrí los ojos. Héctor me estaba tendiendo una botella fría de Aquarius.

—¿No estará envenenada como venganza por robarte la otra?

—No, tranquila, fue duro, pero creo que lo he superado.

La botella estaba tan fría que el primer sorbo me congeló los dientes.

—Gracias —murmuré.

Él se encogió de hombros apoyándose a mi lado.

—Durante el primer julio en Mallorca todavía te enfadas con el calor. En agosto ya negocias con él.

A ver si es verdad que en agosto lo gestiono mejor. Me quedé bebiendo mientras observábamos el mar a lo lejos entre pinos y palmeras.

—¿Siempre estás tan tranquilo? —pregunté.

—No.

—Pues lo disimulas muy bien.

Héctor giró apenas la cabeza hacia mí.

—Tú disimulas fatal cuando estás agobiada.

—Gracias. Súper amable.

—Te muerdes el interior de la mejilla.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Cuando estás pensando de más.

Mi cuerpo se quedó quieto un segundo. En parte porque era verdad y porque no me había dado cuenta antes. Y en parte porque no sabía desde cuándo él se había estado fijando en eso. Antes de que pudiera responder, una voz masculina apareció detrás de nosotros.

—Así que aquí os escondéis.

Esa voz familiar hizo algo tensarse dentro de mí incluso antes de girarme.

Manu, por supuesto. Esta vez también llevaba la camisa blanca a medio abotonar, como sus amigos solían llevarla.

Las gafas de sol colgaban del bolsillo y llevaba en la mano el iPhone que había salido hacía apenas unos días.

Algo en su mirada cambió durante un instante al vernos juntos. Héctor levantó una mano.

—Sureda.

—Ruiz.

Chocaron manos con normalidad, sin tensión. ¿Tan bien se llevaban?

—Te están buscando abajo —le dijo a Héctor—. Algo de una familia inglesa que no encuentran los flotadores.

—Perfecto. Mi vocación real. —Se incorporó con un pequeño suspiro antes de mirarme. —Sobrevive, madrileña.

—Intentaré no morir deshidratada.

—No prometo rescatarte otra vez.

Vi cómo Manu observaba esa conversación en silencio, atento. Héctor se alejó por el pasillo perdiéndose hacia la zona de piscina y, de pronto, el aire pareció extrañamente distinto, más denso. Manu apoyó un hombro contra la pared junto a mí.

—¿Madrileña? —preguntó.

—Supongo que ahora tengo apodo oficial.

—Vaya… Yo tengo uno mejor.

—¿Ah, sí?

Me miró lo justo.

—La “Mojitos”.

Bufé soltando una risa y odié un poco que siguiera consiguiendo eso tan fácilmente, sacarme de quicio a la vez que necesitaba saber más de él.

El silencio después fue corto pero raro porque él seguía ahí, sin irse, con la vista fija en la botella entre mis manos.

—Héctor es simpático, ¿verdad? —dijo finalmente mientras apoyaba la espalda entera en la pared.

No era exactamente una pregunta.

—¿Eso te molesta?

—No debería. —Cerró los ojos un instante antes de apartarse—. Te veo luego, Mia.

Otra vez mi nombre sonó muy cercano en su voz. Lo observé alejarse por el pasillo iluminado mientras el ruido lejano del hotel volvía a llenar el silencio.

Aquella noche, después de ducharme, me tiré sobre la cama con el ventilador apuntándome directamente a la cara.

Tenía el cuerpo tan cansado que hasta respirar parecía trabajo físico.

Cogí el móvil sin pensar demasiado. Tres mensajes de mi madre.

Uno de Carla enseñándome a un turista requemado dormido sobre una tumbona.

Una notificación de Instagram. Fruncí el ceño. @manusure ha empezado a seguirte.