Capítulo 3
Descubrí otra cosa importante sobre el Bellamar aquella primera semana: el cansancio no impedía sentir cosas. De hecho, a veces las empeoraba.
Llevaba cinco días en Mallorca y ya había perdido completamente la noción del tiempo. Todo se reducía a turnos largos, olor a cloro, bandejas pesadas y volver a la casa del personal con arena pegada a las piernas y la sensación de que el cuerpo ya no me pertenecía del todo.
Había momentos que hacían que no me arrepintiera de haber dejado mi verano cómodo en Madrid trabajando en el bar de la esquina.
Como Carla robando mini croissants del buffet para desayunar después del turno de noche.
O las cenas improvisadas en la terraza con ventiladores girando inútilmente mientras alguien ponía música desde un móvil.
O las primeras propinas, que suponían más efectivo del que había visto en la vida.
Aun así, tampoco ayudaba el pequeño vuelco en el pecho cada vez que lo veía.
Lo peor era que ni siquiera estaba haciendo nada.
No coqueteaba descaradamente, no intentaba llamar la atención, no hacía esas cosas típicas de chicos guapos y ricos que creen que el mundo es una extensión de su ego.
Simplemente aparecía. Y yo lo notaba igualmente.
—Te juro que si sigues poniendo esa cara cada vez que lo ves voy a empezar a cobrarte por negarlo —dijo Carla.
Le lancé una servilleta.
—No pongo ninguna cara.
—Claro.
Estábamos preparando una zona privada cerca de la piscina porque esa noche había un evento importante.
Algo relacionado con empresarios, inversores y gente que probablemente decía palabras como networking sin sentir vergüenza física.
Yo colocaba velas sobre una mesa mientras intentaba ignorar el calor.
Eran apenas las ocho y seguía haciendo una temperatura absurda. El cielo empezaba a teñirse de naranja sobre el mar y las luces del hotel se encendían poco a poco entre las buganvillas. Esa isla tenía una magia que hacía que todo pareciera más imponente de lo que realmente era.
—Por cierto —continuó Carla—. Esta noche vienen los Ortega del Pino.
—Eso suena a apellido que posee cuadros robados.
—Casi. Poseen galerías.
Solté una risa inesperada.
—Buena casualidad. ¿Y eso por qué debería importarme?
Carla levantó las cejas lentamente. Oh, no, empezaba a reconocer esa expresión. Algo que no me iba a gustar venía después.
—Victoria Ortega del Pino.
Ese nombre me sonó inmediatamente incluso sin saber exactamente por qué. Probablemente porque tenía vibra de persona que jamás había tenido que mirar el precio de nada en toda su vida.
—¿Y?
—Y es básicamente la novia no oficial de Manu Sureda desde hace siglos.
La vela que estaba colocando quedó ligeramente torcida. La enderecé rápido, quemándome ligeramente un dedo.
—Ah.
Carla me estudió con descaro.
—Ese “ah” ha sonado un poquito agresivo.
—Es por la vela. Lo de Manu me importa poco.
—Perfecto, entonces no te molestará verla.
—Para nada.
Mentira. Y ni siquiera entendía por qué. No conocía a Manu. Solo había hablado con él una vez. Justo mientras yo destruía la vajilla de cristal delante de medio hotel. No tenía sentido.
Aun así, algo incómodo se instaló debajo de mis costillas durante el resto de la tarde.
• • •
El evento empezó sobre las nueve y media.
Luces cálidas reflejándose en la piscina infinita.
Música elegante sonando baja. Camareros moviéndose rápido entre mesas blancas y copas de champán.
Llevaba más de una hora yendo de un lado a otro cuando escuché a dos recepcionistas hablar cerca de la barra.
—Aquí llegan.
Ni siquiera necesité preguntar quiénes. Manu avanzaba entre la gente con una facilidad natural, saludando a varias personas mientras uno de los organizadores prácticamente se inclinaba al hablarle.
Llevaba pantalón blanco y una camisa azul marino remangada.
Estaba muy atractivo. Entonces la vi a ella.
Victoria caminaba a su lado con un vestido también azul, sencillo y elegante, el pelo recogido y esa clase de belleza tranquila que hacía que otras personas parecieran estar haciendo mucho esfuerzo a su alrededor. Encajaban visualmente.
Ella apoyó una mano en el brazo de Manu mientras alguien se acercaba a saludarlos.
Él bajó un poco la cabeza para escuchar algo que ella le decía.
Demasiado natural, demasiado cómodo. Pertenecían exactamente al mismo mundo.
Ese en el que la ropa siempre huele a limpio y las toallas son lo más suave que has conocido nunca.
—Ay —murmuró Carla detrás de mí.
—No hagas comentarios.
—No he dicho nada.
Seguí caminando hacia una mesa intentando ignorar la sensación absurda que me recorría el cuerpo. Qué ridícula estaba siendo. Ni siquiera me gustaba. De hecho, ni lo conocía. Simplemente era… interesante.
Y muy guapo. Y estaba bastante fuerte. Y tenía unos ojos que parecían prestar atención de verdad cuando te miraban. Vale, quizá un poco más que interesante.
Cogí una bandeja con copas vacías antes de escuchar una voz masculina cerca de mí.
—Con cuidado esta vez —escuché mientras chocaba ligeramente contra alguien y la bandeja se inclinaba velozmente.
Unas manos aparecieron sujetándola antes de que las copas acabaran de nuevo en el suelo. Por supuesto, Manu. Otra vez.
—Empiezo a pensar que tienes algo personal contra el cristal.
—Y yo empiezo a pensar que apareces demasiado.
—Trabajo aquí.
—Técnicamente no.
Una sonrisa mínima le rozó los labios.
—Buen punto.
Sentí entonces otra presencia acercándose y giré la cabeza. Victoria, perfecta.
—¿Todo bien? —preguntó ella.
Su voz era suave, elegante. De esas personas que jamás parecen tener prisa ni llegan despeinadas a ningún sitio.
La clase de chica que probablemente olía bien incluso después de pasar ocho horas al sol.
Y yo allí, sudando dentro del uniforme y con el pelo absorbiendo humedad como una esponja humana.
Además era guapísima sin esforzarse. Como si nunca hubiese tenido que aprender ángulos para las fotos ni mirar su reflejo en un escaparate para comprobar si seguía teniendo buena cara. Seguro que jamás había llorado tanto como para despertarse con los ojos hinchados al día siguiente.
—Sí —respondí—. Solo intento no destruir mobiliario caro.
Ella sonrió un poco.
—Entonces vas mejor que Nelo el verano pasado —dijo.
—¿Nelo?
—Manuelo, así lo llamábamos de pequeño.
Manu cerró los ojos un segundo, como alguien resignado.
—Por favor, no.
Victoria lo ignoró completamente.
—Pues cayó en la piscina con ropa blanca delante de unos inversores franceses. Y ya sabes que la ropa blanca mojada se transparenta.
Las dos empezamos a reír mientras Manu se sonrojaba ligeramente.
—¿Eso es verdad?
—Hay muy pocas personas en esta isla a las que quiera menos que a Victoria ahora mismo.
—Exagerado —dijo ella tranquila.
Rieron. Había confianza real entre ellos. Años de confianza. Se notaba en cómo hablaban, en cómo se interrumpían sin tensión, en la facilidad cómoda entre ambos. Y, por algún motivo, eso me produjo una sensación rarísima. Como llegar tarde a algo.
Victoria me tendió la mano.
—Soy Victoria.
—Mia.
—La chica de los mojitos.
Abrí mucho los ojos.
—¿También sabes eso?
—Todo el hotel lo sabe. Estas cosas corren rápido, mantienen al personal alegre —dijo Manu con absoluta tranquilidad.
—Perfecto. Ahora si me disculpáis voy a tirarme al mar directamente.
Rió y durante un segundo sus ojos se quedaron sobre mí más tiempo del necesario. Como si hubiera olvidado apartarlos. Un momento que duró apenas.
Pero Victoria lo vio. No dijo nada. Solo observó a Manu un instante antes de volver a mirarme. Y algo se movió ligeramente en su expresión.
—Bueno —dijo ella finalmente—. Voy a salvar a alguien de una conversación sobre criptomonedas antes de que me suicide socialmente.
—Mucha suerte —murmuré.
Victoria me devolvió la sonrisa antes de alejarse entre la gente. Lo suficiente como para sentirme un poco idiota por haber decidido, en menos de treinta segundos, que debía de ser insoportable solo porque llevaba un vestido caro y parecía sacada de una campaña de Ralph Lauren.
Me quedé recolocando copas sobre la bandeja para evitar mirar a Manu directamente. Pero él seguía ahí, observándome otra vez de esa manera tranquila que empezaba a ponerme nerviosa.
—¿Qué quieres? —pregunté al final.
—Nada.
—Mentira.
Esa pequeña sonrisa apareció en su boca.
—Me hace gracia que siempre parezcas enfadada conmigo.
—Porque probablemente debería estarlo.
—¿Y eso por qué?
Lo miré unos segundos.
Porque eres exactamente el tipo de persona que mi madre me diría que evitara.
Porque hueles demasiado bien.
Porque me miras como si yo fuese la persona más interesante del planeta.
Porque llevo menos de una semana aquí y ya noto cuándo entras en una habitación.
Porque me da miedo hacerme ilusiones cuando no tengo ni la mínima oportunidad.
Pero, obviamente, no dije nada de eso.
—Porque apareces siempre que estoy haciendo el ridículo.
—Entonces intentaré aparecer también cuando no.
Y lo peligroso fue lo que sus palabras provocaron dentro de mí. Porque sonó muy parecido a una promesa.
Antes de que pudiera responder, un hombre en traje lo llamó desde el otro lado de la terraza.
Esta vez el cambio en él fue inmediato, como si recordara de golpe quién tenía que ser allí.
Giró ligeramente la cabeza hacia el grupo de hombres cerca de la barra y una especie de cansancio silencioso le atravesó la expresión un instante.
—Nos vemos, Mia.
Y otra vez mi nombre sonó distinto en su boca, más cercano de lo que debería. Me quedé quieta observándolo alejarse entre la gente elegante, la luz de las velas y el ruido del mar al fondo.