Capítulo 2
Descubrí muy rápido que el Hotel Bellamar funcionaba gracias a tres cosas: café, comida preparada y gente muy cansada para discutir. Eran las siete y cuarto de la mañana y yo ya me arrepentía un poco de existir.
—Te juro que si alguien vuelve a decirme “temporada” con ilusión, lo empujo a la piscina —murmuró Carla mientras cruzábamos la entrada de personal.
Me reí todavía medio traspuesta.
Había dormido cuatro horas como mucho. Carla y yo habíamos pasado un buen rato contándonos nuestras vidas y nos habíamos tumbado en la cama sobre las dos.
Aun así, la casa del personal parecía incapaz de callarse del todo nunca.
Puertas abriéndose, alguien riéndose en la cocina a las tres de la mañana, un chico hablando por videollamada con su novia en un italiano dramático.
Y el calor. Dios, el calor. La humedad de la isla se pegaba a la piel como el caramelo.
Entramos por la zona de servicio y el contraste del aire acondicionado me recorrió los brazos. Todo olía a café recién hecho y a productos de limpieza.
La coordinadora de la noche anterior apareció prácticamente de la nada. Seguía teniendo cara de odiar a la humanidad. Me pregunté si había nacido así o si la vida la había convertido. Rápido descubrí que era la segunda opción.
—Bien, temporada de verano —dijo sin entusiasmo—. Necesito que hoy aparentéis, como mínimo, un sesenta por ciento más de profesionalidad de la que tenéis ahora mismo encima.
Carla soltó una risa breve. A mí me dieron ganas de llorar un poco cuando me vi reflejada en el espejo de recepción con el uniforme puesto: pantalón blanco, polo beige, zapatillas claras obligatorias. En mi caso, las zapatillas claras eran unas Converse que habían conocido tiempos mejores.
La coordinadora empezó a repartir contratos y nos adjudicó zonas.
—Piscina principal, rooftop , eventos privados y asistencia VIP. Si un cliente pide algo, sonreís y lo solucionáis. Aunque os quiera muertos.
—Inspirador —murmuré.
La coordinadora me miró.
—¿Cómo te llamabas?
—Mia.
—Pues inspira sonriendo, Mia.
Carla soltó una carcajada y tuve que morderme la lengua para no hacer lo mismo.
Dos horas después estaba reconsiderando todas las decisiones que me habían llevado hasta aquella isla.
El sol todavía ni siquiera estaba arriba del todo y ya sentía la espalda pegajosa bajo el uniforme.
Iba de una punta a otra de la piscina llevando toallas, cócteles y botellas de agua helada mientras huéspedes absurdamente impolutos desayunaban fruta cortada con cara de no haber sufrido jamás en su vida.
Había mujeres con vestidos de lino blanco perfectamente lisos.
¿Cómo? Ni idea. Todo el mundo sabe que el lino se arruga con solo mirarlo.
—Mesa doce quiere otra botella de Veuve —me avisó un camarero con pendientes de aro al pasar.
—¿No les he llevado una hace diez minutos?
—Bienvenida al lujo.
Suspiré y seguí caminando.
El hotel era todavía más bonito de día. El mar brillaba detrás de la piscina infinita y las buganvillas rosas caían por las paredes blancas como si alguien las hubiese colocado así para una campaña de perfume.
Sonaba música suave desde altavoces escondidos entre las palmeras.
Todo parecía cuidadosamente diseñado para que la gente se enamorara de su propia vida durante una semana.
Y yo estaba allí recogiendo copas de champán vacías, platos con media tostada de aguacate todavía entera y polos de helado de niños que llevaban bañadores más caros que un alquiler mensual.
Curiosamente, no me molestaba tanto como esperaba. Había algo agradable en moverse sin pensar demasiado. En estar cansada físicamente en lugar de emocionalmente.
A media mañana apareció Carla junto a mí con una bandeja vacía.
—Vale, necesito ponerte al día sobre la fauna local —dijo.
—¿Voy a sobrevivir?
—Depende de cuánto te gusten los hombres emocionalmente inaccesibles.
La miré.
—Oh, no.
—Oh, sí.
Me agarró del brazo y señaló discretamente hacia la terraza superior. Allí estaban otra vez. Los cuatro chicos de la noche anterior. Gafas de sol. Camisas abiertas. Aspecto insultantemente descansado. Y, en medio de todos ellos, Manu Sureda.
Llevaba una camiseta azul claro sencilla y unas gafas oscuras apoyadas sobre el pelo, que se dividía exactamente en el medio con las ondas cayéndole de forma natural hacia los lados.
Tenía los brazos fuertes y tonificados; no como los chicos que van mucho al gimnasio, sino como los que hacen mucho deporte.
Escuchaba a sus amigos hablando mientras removía hielo dentro de un vaso.
—¿Qué pasa con él? —pregunté.
Carla me miró como si acabara de admitir que no sabía quién era Beyoncé.
—Mia, literalmente media isla sabe quién es. ¡Qué digo media isla! ¡Medio país!
—Pues yo no.
—Familia rica de Barcelona, aunque pasan gran parte del tiempo aquí. Creo que la madre es mallorquina. Tienen hoteles, beach clubs , inversiones, barcos, probablemente un castillo medieval escondido en algún sitio…
—Qué pereza la gente rica. ¿De qué deben hablar? “Ay, mi garaje no es lo suficientemente grande para todos mis Ferraris” —dramaticé.
Las dos nos reímos a carcajadas.
—Lo peor es que encima es simpático.
—No te fíes, eso es peligroso.
—El que sí es peligroso es su amigo Nico, el rubio.
Volví a mirar hacia arriba. En ese momento, uno de los camareros pasó cerca de su mesa y Manu levantó la cabeza para darle las gracias. Pequeño detalle, pero real.
—Su familia —continuó Carla bajando la voz— es la propietaria del hotel.
Ah. Ahora entendía ciertas cosas. La manera en que los guardias de seguridad lo saludaban. La facilidad con la que ocupaba espacio. La sensación de que todo el mundo registraba su presencia aunque fingiera que no. Como si el hotel girara apenas un poco distinto cuando él estaba dentro.
—Definitivamente, qué pereza —dije.
Pero seguí mirándolo un segundo más. Y quizá ese fue mi error. Porque de pronto él levantó la vista directamente hacia mí. No aparté la mirada lo bastante rápido. Perfecto, Mia. Perfecto.
Sostuvo mis ojos apenas un instante detrás de las gafas oscuras. De nuevo, algo parecido a una sonrisa mínima le rozó la boca antes de volver a girarse hacia la conversación.
Y eso fue todavía más irritante.
• • •
Mi primer desastre laboral ocurrió cuarenta minutos después. La culpa la tuvieron un niño francés corriendo alrededor de la piscina con una lata de refresco abierta, una señora gritándole en dos idiomas y mis zapatillas resbalando sobre los charcos que iba dejando el niño.
La bandeja se inclinó. Tres mojitos, dos copas, una botella de agua con gas y un vaso con hielo. Todo acabó en el suelo, yo incluida. El cristal estalló cerca de mis pies.
—Mierda.
Varias personas se giraron. Sentí el calor subiéndome directamente a la cara. Perfecto, primer día y ya quería desaparecer dentro del Mediterráneo.
—¿Estás bien?
La voz llegó antes de que pudiera reaccionar. Alcé la cabeza. Manu. Por supuesto, claro que sí. Estaba frente a mí con una expresión curiosamente tranquila mientras me ofrecía su mano para levantarme.
Más cerca era todavía más atractivo. Tenía los ojos más verdes y claros de lo que parecían anoche. Había algo en su olor increíblemente adictivo, difícil de identificar.
Me levantó con fuerza, casi de un salto.
—No, pero gracias por venir a presenciar el momento más humillante de mi vida laboral.
Sonrió apenas. Y fue ligeramente irritante lo bien que le quedaba esa media sonrisa.
—Creo que he visto peores.
—¿Tú crees?
Miró los cristales esparcidos por el suelo.
—Definitivamente. El año pasado un hombre cayó borracho por las escaleras de la entrada intentando impresionar a una influencer alemana. Eso fue mucho peor.
No pude evitar reírme. Confirmé lo que me había dicho Carla: era muy simpático. Pero las palabras de mi madre me hicieron volver rápidamente a la realidad: era todo una trampa y no debía fiarme.
—Bueno —dije agachándome a recoger los trozos de cristal del suelo—, siento haber decepcionado tus estándares de caos.
—Todavía es pronto.
Había algo extraño en hablar con él. No parecía esforzarse nunca por resultar encantador y, aun así, todo el mundo giraba ligeramente a su alrededor.
Uno de sus amigos lo llamó desde la terraza superior.
Ni siquiera miré quién era, evitando contacto visual con cualquiera que pudiera haber sido testigo de la escena vergonzosa que acababa de ocurrir.
Manu levantó apenas la cabeza en dirección a la voz, pero volvió a mirarme enseguida.
Como si la conversación todavía le interesara más que subir con ellos.
Su atención me puso inesperadamente nerviosa.
—Mia, ¿no?
Fruncí un poco el ceño.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Se encogió apenas de hombros.
—No había mucha gente mirando como si quisiera incendiar el hotel ayer por la noche.
Odié la pequeña mariposa que empezó a crecer en mi estómago.
—No quiero incendiar el hotel.
Me miró como si entendiera perfectamente la mentira y decidiera dejarme conservarla.
—Claro.
—¿Siempre apareces cuando alguien está a punto de morir de vergüenza o he tenido suerte?
Miró su reloj y luego volvió a mirarme.
—Solo los martes —añadió.
—Qué alivio.
Vi cómo la coordinadora me indicaba desde lejos que fuese al baño a cambiarme y me levanté rápidamente, todavía un poco alterada por la situación.
Antes de girarme, volví a mirarlo una vez más.
Error. Porque seguía observándome. No de esa forma descarada típica de chicos muy conscientes de sí mismos.
Era peor. Parecía realmente atento. Como si estuviera intentando averiguar por qué por primera vez en su vida había alguien que no cayese rendido a sus pies a la primera.
Me fui a cambiar la camiseta y me miré en el espejo para retocar la poca cantidad de maquillaje que me había puesto, que básicamente consistía en rímel y un poquito de labial rosado. En ese momento recordé que llevaba la pequeña placa con mi nombre colgada del uniforme.
“Mia Martín”
Claro, tonta de mí. Cómo iba a saber Manu Sureda mi nombre. Lo llevaba escrito en mi camiseta.
—Vale —dijo Carla apareciendo a mi lado—. Eso ha sido rarísimo.
—No sé de qué hablas.
—¿Manu Sureda? Te estaba mirando muchísimo.
Bufé intentando ignorar el calor que me subía por el cuello.
—Simplemente estaba presenciando una tragedia en directo.
—Pues un buen repaso le estaba dando a la chica trágica.
—No digas bobadas. Además, yo este verano paso completamente de los tíos.
Ella sonrió lentamente. Como alguien que acababa de darse cuenta de algo antes que yo.
Sin embargo, mientras volvía hacia la piscina, una parte de mí tuvo la sensación incómoda de que quizá Manu Sureda también se había dado cuenta.