Verano en Mallorca (Amores en Mallorca 1)
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Capítulo 1
El aterrizaje fue más brusco de lo normal.
Las ruedas golpearon la pista y varias personas soltaron ese pequeño jadeo colectivo que siempre ocurre justo antes de que todo el mundo vuelva a fingir tranquilidad.
Después llegaron los móviles encendiéndose, cinturones desabrochados y el murmullo impaciente de la gente que tenía a alguien esperándola al otro lado.
Me quedé unos segundos más mirando por la ventanilla.
Las luces de la pista vibraban bajo el calor de la noche y el cristal estaba empañado por dentro.
Sobre él se dibujaba débilmente mi reflejo: las pecas desperdigadas sobre la nariz y el pelo castaño recogido en una coleta que ya empezaba a deshacerse.
Bajo la luz amarillenta del avión todavía se distinguía el tono cobrizo de la henna que Lola, mi mejor amiga, me había puesto unos días atrás, como si cambiarme el pelo pudiera convencerme de que también había cambiado de vida.
—Bienvenidos a Palma de Mallorca —anunció una voz metálica por los altavoces.
La mujer del asiento de delante empezó a aplaudir sola.
Sonreí pensando en lo mucho que habría irritado esto a Lola.
Había sido su idea que me fuese a Mallorca; que así haría muchas más propinas que en el bar, conocería a alemanes guapos y tendría un amor de verano, así me olvidaría de mi ex, Leo, y Sofía, la que decía ser mi amiga y a su vez se liaba con Leo cuando “estudiaban” juntos en la biblioteca…
Qué mala experiencia para ser mi primer novio. Si los novios tuviesen reseñas en Tripadvisor, la de Leo sería sin duda un cero. Y Sofía, peor todavía. ¿Duele más una ruptura con un novio o con una amiga?
Cuando recuperé la señal, tenía tres mensajes de mi madre.
Mamá: Llámame cuando llegues.
Mamá: Y ya sabes, no te fíes de nadie.
Mamá: Especialmente de los ricos, que en Mallorca hay muchos.
Guardé el móvil mientras avanzábamos lentamente por el finger.
El calor me golpeó nada más cruzar las puertas del aeropuerto.
No era el calor seco de Madrid. Era algo más denso, húmedo, casi físico.
Como si el aire se quedara pegado a la piel.
Olía a sal, crema solar y queroseno. A uno de esos veranos que después recuerdas más de lo que deberías.
• • •
La furgoneta del hotel llegó tarde y el conductor parecía enfadado, como si recogernos hubiese sido una de las peores molestias que uno pueda tener. Se limitó a abrir el maletero y preguntar:
—¿Bellamar?
Asentimos y empezamos a meter maletas.
Subí detrás de otros trabajadores temporales que tenían la misma cara de agotamiento que mi madre después de abrir el bar a las siete y cerrarlo a las once de la noche.
Entre ellos, me llamó la atención una chica de pelo ondulado que parecía estar reconsiderando todas las decisiones que la habían llevado hasta allí.
La carretera costera avanzaba oscura junto al mar.
Las ventanas abiertas dejaban entrar aire caliente y el olor salado del agua.
Después de una espera que se me hizo eterna, apareció el hotel.
Primero las luces entre las palmeras. Luego la fachada blanca levantándose frente al mar.
Me incorporé un poco en el asiento. No esperaba aquello.
El Bellamar parecía más un club privado que un hotel. Piedra clara, terrazas abiertas sobre el agua, una piscina infinita reflejando luces doradas. Todo tenía esa estética cuidadosamente perfecta de los sitios excesivamente caros. Sin darme cuenta, solté un silbido bajo.
—Ya verás las habitaciones y luego compáralas con las nuestras —dijo la chica de pelo ondulado.
—Vaya… ¿Has hecho más de una temporada? —le pregunté.
—Sí, esta será mi tercera ya —dijo con cierto tono de superioridad—. Es una forma rápida de hacer colchón durante el verano. Ya verás que aquí las propinas son increíbles.
—Perfecto, justo lo que necesitaba oír. Soy Mia, por cierto.
—Carla, encantada.
Al menos tenía una compañera simpática. Seguimos conversando mientras la furgoneta se acercaba a la zona del personal.
Carla era una chica valenciana que estaba a punto de terminar psicología y desprendía buen rollo.
Tenía un flequillo rebelde que le llegaba hasta las cejas, la piel morena, los ojos marrones y una chispa en la sonrisa que me transmitió confianza rápidamente.
Su energía y humor, aunque en ocasiones sarcástico, alegraron la llegada a la isla después de unos días oscuros.
La puerta de la furgoneta se abrió y la música del rooftop llegó amortiguada hasta la entrada del personal.
Risas, cristales chocando, conversaciones mezcladas con el sonido lejano del mar.
De pronto fui muy consciente de mis Converse sucias, del cansancio pegado al cuerpo y de la coleta medio deshecha que llevaba desde antes de subir al avión.
Nada más entrar al hotel, apareció una coordinadora con camisa blanca, moño tirante y expresión de haber perdido la paciencia aproximadamente en 2014.
—Temporada de verano, ¿verdad?
Asentimos.
—Perfecto. Mañana hacemos contratos y os enseño dónde vais a trabajar. Esta noche conformaos con encontrar vuestra habitación y tener toallas limpias.
Nos hizo entrar a la sala contigua a recepción para recoger uniformes y horarios.
El contraste del aire acondicionado me erizó la piel.
Dentro, el lujo del hotel era todavía más exagerado: mármol claro, lámparas de lino, música suave sonando desde algún sitio invisible y, detrás de los ventanales, el mar completamente negro moviéndose bajo la luna.
La coordinadora iba diciendo nombres mientras repartía llaves y explicaba normas básicas, pero yo apenas la escuchaba. Había algo extraño en mirar un lugar tan bonito sabiendo que ibas a vivir en él durante dos meses, como si todavía no terminaras de creértelo.
—¿Mia Martín?
Levanté la vista.
—Sí.
—Serás guest experience . Vas a tocar un poco de todo: piscina, eventos, terraza, clientes VIP…
Sonaba agotador. Perfecto. Cuanto menos tiempo tuviera para pensar, mejor.
La coordinadora siguió hablando, pero su expresión se alteró cuando salimos hacia la entrada principal del hotel. Lo noté antes de girarme del todo. Varias personas levantaron apenas la cabeza. Un camarero se apartó para dejar pasar a alguien. Entonces los vi entrar.
Eran cuatro chicos que imaginé que eran huéspedes, aunque uno de ellos caminaba con pasos firmes, como si estuviera seguro de que el hotel le pertenecía un poco más que al resto. Fue a él a quien miré primero sin saber muy bien por qué.
Era un chico de ojos verdes y piel morena. Llevaba una camisa blanca remangada y el pelo todavía húmedo; parecía que acabara de salir del mar hacía poco. Se estaba riendo de algo que decía el chico rubio que iba a su lado mientras recorría con la vista el hall.
La gente reaccionaba a él. Eso era lo primero que se notaba.
Recepcionistas, camareros, seguridad. Todo el mundo parecía registrarlo al pasar, aunque intentaran disimularlo.
El resto de chicos llevaba una estética similar: camisas a medio abotonar, pantalones de lino claros y sonrisas perfectas que brillaban casi más que la luna.
La valenciana murmuró a mi lado:
—Uf.
—¿Qué?
—Nada bueno.
Antes de que pudiera preguntar nada más, la coordinadora suspiró.
—Y ahí llega uno de nuestros problemas favoritos.
—¿Quién es?
—Manu Sureda.
El nombre no me dijo absolutamente nada. Volví a mirarlo un segundo. Se movía con elegancia, seguro de sí mismo. El tipo de persona que probablemente había aprendido muy temprano que el mundo le iba a abrir las puertas igualmente.
Uno de los chicos dijo algo y él soltó una carcajada breve antes de seguir caminando hacia los ascensores. Entonces, casi por accidente, levantó la vista. Nuestros ojos se cruzaron apenas un instante.
No ocurrió nada. Ni sonrisa, ni doble mirada, ni esa tensión absurda que pasa en las películas. Simplemente me vio. Como había visto las plantas del vestíbulo o a los camareros que acababan de cruzarse con él. Después siguió caminando.
Aun así, algo en mí tardó unos segundos más en apartar la mirada.
No porque me hubiera impresionado, me dije, sino porque había algo en él que me despertaba curiosidad y desconfianza a partes iguales.
Como si, al observarlo un poco más, pudiera descubrir qué había detrás de aquella seguridad tan perfecta.
Mi madre siempre decía que la gente con dinero aprendía muy pronto a esconder lo que no quería que los demás vieran. ¿Qué escondía Manu Sureda?
• • •
La casa del personal estaba a unos minutos andando del hotel, ligeramente escondida entre pinos.
Al llegar, encontré exactamente el tipo de caos que esperaba: ventiladores haciendo ruido constante, toallas colgadas en las puertas, música sonando desde alguna habitación, olor a pasta recalentada y crema aftersun .
Mi habitación era pequeña, pero tenía una ventana desde la que se veía una parte mínima del mar entre edificios. Había dos camas individuales y una cómoda de IKEA de cuatro cajones. Más que suficiente para la ropa que había traído. De hecho, mi armario entero habría cabido en esos cuatro cajones.
Una de las cosas que me aterraba sobre mi estancia en Mallorca era lo de compartir habitación.
No tenía hermanos ni hermanas y nunca había vivido fuera de casa, ya que pagarse una habitación en Madrid no era algo que estuviese dentro del presupuesto.
Había escuchado historias horribles de amigas a las que les habían robado ropa interior, de compañeras que llevaban chicos a la habitación aunque ellas estuvieran allí y de personas muy sucias en general.
Por suerte, me había tocado compartir habitación con Carla y, de momento, parecía una persona muy normal.
Una vez instaladas, me había propuesto subir a la terraza del último piso, que era grande y tenía vistas al mar, para fumar un piti. Yo no fumaba, pero me apetecía un poco de conversación antes de irme a dormir y tampoco quería parecer desagradable el primer día.
Mientras ella colocaba su ropa en sus dos cajones, yo me adelanté a la terraza y subí con una libreta, un boli y una botella de agua pequeña a medio beber. Me había propuesto escribir un poco cada día y quería empezar ese propósito con algo inspirador antes de que ella viniese.
La abrí por una página en blanco. Desde fuera llegaban risas y el eco lejano de música del puerto. Me quedé un momento mirando la hoja antes de escribir:
Hay lugares que parecen capaces de romperte el corazón incluso antes de que te ocurra algo allí.
Leí la frase una vez. Luego cerré la libreta antes de empezar a avergonzarme de mí misma.
Desde la terraza se veía parte del Bellamar iluminado frente al mar.
El rooftop seguía lleno de gente. Se podían distinguir chicas de piel morena y vestidos brillantes bailando entre copas llenas y mesas decoradas.
Chicos con ropa de marca y relojes caros en la muñeca.
Copas, risas, gente preciosa viviendo vidas fáciles.
Apoyé los brazos en la barandilla. Y entonces lo vi otra vez. Estaba en una esquina de la terraza, apoyado también contra la barandilla, escuchando a alguien hablar mientras giraba distraídamente una botella de cerveza entre las manos.
Manu Sureda.
No parecía especialmente interesado en la fiesta. Había algo distante en la forma en que miraba el paisaje, como si estuviera allí por costumbre más que por ganas.
Lo observé unos segundos antes de darme cuenta de que estaba haciéndolo. Entonces él levantó la cabeza. Y esta vez sí, por un instante, sus ojos encontraron los míos entre todas las terrazas de los edificios cercanos. Me sonrió y levantó su botella, a modo de chinchín.
Los pasos de Carla subiendo las escaleras me distrajeron y me giré como si lo que acabara de pasar hubiera sido un sueño.
Recordé las palabras de mi madre: “No te fíes de nadie. Especialmente de los ricos”. Tenía que hacerle caso, no había mejor testigo que su historia. Sin embargo, no sabía si era solo el cansancio o la sensación extraña de llegar sola a un sitio nuevo.
Pero por primera vez en mucho tiempo tuve la impresión de que mi vida estaba a punto de desviarse ligeramente del rumbo que había imaginado. Como cuando una ola cambia de dirección antes de llegar a la orilla y todavía no sabes que va a arrastrarte con ella.