Capítulo 37
C onor y Tony, ella sin apenas ver el camino que tomaban debido a la niebla mental, se dirigieron al embarcadero, una de las zonas más tranquilas a esas horas en las que los turistas estaban cenando y los lugareños ya habían amarrado sus embarcaciones después de un memorable día de agosto.
El sol se estaba ocultando, alumbrando esa zona del horizonte donde cielo y agua se unían en un beso sempiterno, mientras el sol iluminaba todo de un agradable tono dorado que caía con lluvia mágica sobre las colinas a la vez que el agua del Hudson se tornaba más oscura, aunque el sol tiñese una franja por la cual parecía abrirse una puerta invisible entre el mundo de los hombres y el de los espíritus, llenos de criaturas mágicas.
En ese tiempo, en el que la naturaleza se preparaba para la entrada de la noche, Conor acunó a Tony contra su pecho, dedicándole palabras que tranquilizaran su espíritu, regalando besos que sosegaran el alma y pequeñas caricias que le calmaban el corazón.
Ella era un crisol de emociones tanto buenas, porque Conor no le permitiese ser víctima de un mal impulso, como malas.
Jamás había actuado así en público, había aprendido a esconder todos sus sentimientos, pero era cierto que desde que había vuelto con él sus sentimientos se desbordaban, consiguiendo que fuera más sensible a los ataques.
No obstante, tampoco se había olvidado de lo que Muriel le había hecho a Conor, como lo había puesto del revés despertado los viejos fantasmas de una historia que la familia todavía llevaba clavada en el corazón, pues una traición así no se olvidaba con facilidad.
Lo había visto caer en los antros más oscuros del dolor y en manos de aquel sufrimiento descarnado con el que su mundo se había tornado sombrío.
Estar cerca del río le permitió coger grandes bocanadas de aire y la sensación de ahogo que le había oprimido el pecho en la cafetería, además de mala leche, se fueron despejando a medida que el aire le iba llenando los pulmones de nuevo, gracias a la rica brisa fresca que soltaba el Hudson a su paso, como si supiera que ella requería recuperar el resuello.
Le quería despejar la mente y el corazón de las malas vibraciones y llevárselas con él bien lejos, arrastrarla hasta el mar, donde desaparecerían para siempre y no podrían hacerle más daño.
El río era su cómplice y con el chapoteo del agua en los tablones del embarcadero vació su mente aferrándose más fuerte a Conor.
—¿Mejor? —le preguntó con suavidad y con los labios pegados a su pelo.
Ella asintió—. Me alegro. —Conor no la soltó, le estaba demostrando con su apoyo, con su presencia, sosteniéndola en esos momentos, que estaría ahí para y por siempre, que iba a convertirse en esa mano que la sujetaría para no desfallecer.
Él rompió el silencio en el que estaban—.
No te voy a pedir que me cuentes lo que ha pasado en la cafetería, porque me hago una idea…
Tony lo iba a hacer igualmente.
—Me dijo que me habías dejado, que te habías ido y volvía a estar compuesta y abandonada. ¿Cómo se atreve? —A él le resultaron repugnantes aquellas palabras, incluso, hasta le hacían daño. Aun así, le recordó:
—Es Muriel, tú me lo dijiste, vas y caes en lo que yo caí.
Ella se separó un poco de él.
—Sí, porque se notaba mucho que me quería buscar. —Sabía que no se equivocaba al pensar que lo había hecho a propósito.
—Te buscó y te encontró.
Ella se deshizo de su agarre para levantarse y caminar de un lado a otro.
—Estaba mintiendo sobre ti y no lo voy a tolerar—.
Se paró delante de él y lo señaló con el dedo acusador—.
Te lo digo en serio, no voy a permitir que nadie te ultraje, ni que se meta con nuestro amor o mienta cuando sabía que solo quería hacer daño a propósito: ¡daño gratuito!
Por ahí sí que no paso, te estaba dejando como un cerdo y si tengo que arrancarle los dientes lo haré, pero nadie delante de mí va a mentir sobre tu persona.
—Vaya…
—No me sermonees ahora —lo interrumpió soltando todos los nervios que había acumulado.
—No, ni mucho menos, pero es la primera vez que me siento como un damiselo y tú mi caballera de reluciente armadura, ¡querida!
—quiso bromear para bajarle revoluciones a su enfado y se levantó—.
Gracias por salvar mi pundonor, siempre estaré en deuda con usted —imitó los gestos de un personaje sacado del siglo XIX.
—No te rías de mí. —Ella quería reírse y mantenerse seria al mismo tiempo.
Él soltó una carcajada, pero se acercó, entrelazando sus dedos con los de ella, que al tacto estaban fríos a causa de la ansiedad que había pasado. Le cogió las manos, se las llevó a la boca y soltó su aliento para calentarlas.
—No te das cuenta de que te quiero y no importa lo que diga la gente y menos ella, porque ya no puede hacerme daño y todo gracias a ti —le confesó.
Tony abrió la boca y su corazón tomó la iniciativa.
—Te quiero también, te quiero más que antes. Te quiero tanto que… ¡Duele! Y no permitiré ninguna mentira.
—Da igual lo que ella diga, porque en el fondo ha quedado como una cobarde, no fue capaz de enfrentarse a mi madre.
—Una pena que no le cayese un aerolito en la cabeza, sería el momento perfecto para aplastarla.
—No eres tan mala.
—Te recuerdo que he cambiado y tenía ganas de tirarte de la moto.
—Gracias por la confesión —le respondió sonriendo—.
En serio Tony, nos debe dar igual lo que ella nos diga, lo importante para mí eres tú.
Tú y yo. Te amo y delante de este río, que tantas historias conoció, vivió y susurró te confieso que te adoro.
—Le soltó las manos y le rodeó el rostro—.
Adoro cuando me miras, como si fuese tu hogar en el mundo; adoro tu pasión por lo que te gusta y por lo que hago o escribo; adoro la forma en la que cuidas de los quieres; adoro la manera en la que tratas a los clientes y el mimo que pones en la tienda; adoro como te brillan los ojos cuando te sonrío; adoro la manera en la que lees y te comunicas con la naturaleza, quiero ver el mundo igual que tú; adoro cuando hacemos el amor y tu rostro queda suspendido encima del mío y soy consciente de que compartimos el mismo placer y porque cuando lo hacemos experimento lo que es amar de verdad.
—Le dio un beso en la frente, otro en la punta de la nariz y terminó con otro en los labios—.
Adoro el nuevo comienzo de nuestra vida en común.
Se abrazaron durante unos minutos, sintiéndose, reencontrándose de nuevo, bajo esa brisa del Hudson que parecía que los quería unir aún más o como si quisiera bautizarlos y compartiera su alegría con ellos.
Luego, tras mirarse unos segundos, se besaron despacio, con ternura y una dulzura que salió de sus corazones rendidos al amor.
Con ese beso quedaba todo dicho.