Verano en Cold Spring Epílogo
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Epílogo

S eptiembre de ese mismo año.

—No es por llevarte la contraria —comenzó Conor a hablar—, pero este no es el camino.

—Sí, lo es. —Se paró al ver de lejos como se abría el claro en el bosque Foster—. Mira, ahí está claro.

Él no dijo nada, pero al entornar los ojos no lo vio muy convencido y le hizo gracia. No podía evitar reírse de él cuando se ponía cabezota, se volvía el hombre más ilógico de la tierra, sin embargo, era el hombre que su corazón había decidido amar y ante eso no podía hacer nada.

A medida que avanzaban Tony recordaba lo que había pasado en los últimos días de agosto.

La llegada de la madre y el hermano de Conor, los convirtió en los dos primeros habitantes de la Casa Gris como casa de huéspedes, el sueño de Flora, aunque quedasen ciertas zonas por arreglar y la desaparición repentina de Muriel, todo volvía a girar de nuevo.

El pasado había quedado atrás sin interrupciones bruscas y también se había perdonado, una capacidad humana a la que no se prestaba atención, pero era la más sanadora de todas, más incluso que el amor.

En esos días, también regresaron sus padres de viaje y al enterarse de la historia se alegraron por Conor, por la familia y, sobre todo, por su hija, quien ya no necesitaba esconder detrás de una sonrisa sus sentimientos.

«Me va a costar no volverlo a hacer», no paraba de repetirse, aunque los motivos fueran otros.

Conor la cogió por la muñeca.

—Tony —soltó sin apenas aliento.

—¿Qué?

—Mira. —Señaló con el dedo índice el pozo.

Ella sonrió, no obstante, lo que más llamó su atención y lo que la empujó a soltarse de él fue el árbol de la Eternidad.

Era el más grande del bosque, con un tronco ancho, ramas robustas y manteniendo en cada una de sus hojas el verdor de la primavera y el verano; no captaba la inminente llegada del otoño.

Al subir la vista parecía que no tenía fin, pero comprobó cómo en cada una de sus hojas se atrapaba el devenir de la vida, el tiempo y el destino que se entretejía en cada una ellas.

—Es enorme —dijo Conor antes de soltar un silbido.

—Sí, cuan larga es la vida de la familia.

—Ella estiró el brazo y acarició los corazones y las siglas que todos habían grabado a través de los siglos y de los años.

Allí reconoció las de sus abuelos como las de sus padres.

La última era una F y una S, que también acarició en el momento en el que Conor puso su mano encima de la de ella.

Tony lo miró con una gran sonrisa en la que se apreciaba el nerviosismo del momento.

—Es nuestro turno. —Ella asintió—. ¿Dónde lo grabamos? —Él volvió la mirada hacia ella.

—Aquí. —Puso el dedo en el tronco y notó un cosquilleo, como si el árbol supiera lo que iban a hacer.

Así, con la mano un tanto temblorosa, Conor empezó a arañar con la punta de la navaja el tronco con las iniciales, para luego encerrarlas en un corazón.

—¿Qué te parece? —Ladeó la cabeza para contemplar su obra de arte.

—El corazón está un tanto torcido.

—Lo sé, no soy carpintero. —Respiró hondo—. Espero que no se traduzca en algo, no sé, muy malo.

—¡Ey! Acuérdate de que la pareja que lo ve…

—Su amor será para siempre —asintió él.

—Pero la vida no es perfecta.

—A tu lado lo es. —Bajó la cabeza y dejó caer la boca sobre sus labios.

Después de romper el beso, volvieron a repetir lo que años atrás hicieron, tirar la moneda al pozo de los deseos.

«Esta vez todo se cumplirá», pensó Tony para su asombro, pues tenía la mente centrada en lo que iba a pedir. Lo tomó como una señal del futuro.

***

Pasado el tiempo y a la semana después del equinoccio de otoño, todo Cold Spring estaba engalanado con banderas colgadas en los árboles, anuncios que iban de un semáforo a otro divulgando la gran presentación de la tetralogía de Springville.

Desde una semana antes, muchos turistas habían llegado al pueblo, periodistas y una gran cantidad de gente había reservado hotel para el gran acontecimiento.

Martha, animada por el regreso de Taylor y así como de su amiga, la madre de los chicos, organizó entorno a la bandstand una gran fiesta a la que todos estarían invitados, logrando en tiempo récord que esa zona del pueblo se convirtiera en un escenario perfecto de la novela.

El día llegó, y el salón de la Casa Gris relucía decorada como el viejo salón de la hechicera, con la chimenea encendida, donde se había hecho un gran fuego, representativo de cada uno de los tomos.

A la hora acordada, Taylor y Conor tuvieron unas palabras para los presentes, así como para su abuela, cuya foto estaba en la cornisa de la chimenea.

Con todo, no se olvidaron de todas las personas que se habían volcado en que ese día fuera perfecto, algunos de ellos cercanos a su abuela por vivir en Cold Spring.

Y Cold Spring fue el primero en recibir los agradecimientos de Conor, por todo lo que habían hecho, por el buen recibimiento a la idea de convertir por unas horas el pueblo y cada uno de los establecimientos en una parte de las novelas.

Tras eso, Tony apareció con el último libro entre las manos, se sentó en el sillón orejero que se había dispuesto al lado de la chimenea y comenzó a leer, no sin antes mirar a su alrededor y ver a la gente que la quería en las primeras filas.

Por último, cruzó una mirada con Conor, quien asintió con la cabeza de forma imperceptible para darle confianza, ya que, hasta el último día, hasta la última hora, tuvo sus dudas por leer delante de tanta gente.

—Era la víspera de Halloween, como lo era eternamente en la ciudad de Springville , por la maldición que pesaba sobre la ciudad desde hacía años.

Sus habitantes, habituados a que el tiempo nunca pasase se habían acostumbrado a la expectación.

La maldición se desvaneció y la hechicera accedió al trono.

Los habitantes aguardaban con emoción su primer Halloween desde hacía una eternidad; la joven al final encontró el amor junto al hombre que siempre había permanecido a su lado.

Se abrazaron dispuestos a encender nuevos fuegos y a escribir un maravilloso futuro en común.

—Hizo una pausa—. El principio de todo, fue muchos años atrás cuando…

Tras la lectura de los cuatros primeros capítulos, todos fueron a la fiesta donde se podían degustar los cupcakes y otras delicias.

Tony y Conor paseaban entre la gente, abrazados, sonrientes y viendo la alegría de todos, hasta en Martha que estaba tan emocionada que no lo podía evitar delante de las cámaras de televisión. Se acercaron a la baranda, donde no había nadie y allí se quedaron.

—¿Sabes que nada de esto sería posible sin ti? —le preguntó Conor con los labios posados en su cuello.

—Y sin tu regreso.

—Eso es lo de menos, pero tú has hecho el trabajo de encontrar cada rincón en el que mi abuela se inspiró.

—Noté su presencia.

Él se alejó de ella.

—¿Es que ves fantasmas? —Arqueó las cejas.

—No seas tonto. —Se carcajeó.

—Después de lo que dijiste es normal que lo crea.

—No, no es eso, creo que si estuviera aquí no se creería lo que está pasando con sus escritos.

—Lo sé. —Conor tragó con fuerza, estaba un tanto sensiblero—. Y Martha ya tiene un nuevo residente famoso. —La alcaldesa se notaba que estaba en su salsa con tener tanta atención de los medios—. Pero hay algo que no cambiaría por nada del mundo.

—¿El qué? —Tony alucinaba con Martha y luego lo miró a los ojos.

—Mi amor por ti, mi regreso para saber que este lugar es mi hogar, porque tú estás en él.

—Te quiero.

—Infinito.

Aquella confesión, como el beso, reverberaron en las aguas del río como en las colinas oscurecidas del valle de Hudson, pues era una nueva historia de amor que guardarían con celo, como de la magia que esa noche rodeaba al pueblo.