Capítulo 35
S oy escritor y las palabras cuando de ti se trata se bloquean.
Son las cinco de la mañana y ya salgo para Nueva York, porque dentro de poco mi hermano se levanta y…
¡buf! El día va a ser largo sin verte. Ojalá pudiera estar tumbado a tu lado ahora mismo, porque es lo que más deseo, despertarme cada día de mi vida a tu lado, pero las obligaciones editoriales con esto de los libros de la abuela me reclaman.
Sé que te dije que te despertaría antes de irme, pero estabas tan guapa que no me atreví, simplemente me quedé contemplándote cual caballero que se va a las cruzadas.
(Me ha quedado muy ñoño, lo sé y no te rías de mí).
Como te dije, si me tengo que quedar más tiempo, te avisaré.
Esa fue la nota que Conor le había dejado en la nevera sujeta por un imán.
No le cogió de sorpresa su marcha, pues él le había comentado que a lo mejor debía acercarse a Nueva York, lo que aprovecharía para traer todas sus cosas de su casa para trasladarse de modo definitivo a Cold Spring.
Ella no le había dicho que se fueran a vivir juntos, no se atrevió y en esos instantes de soledad, solo acompañada por su nota, se dio cuenta de que no debía posponerlo por más tiempo, cuando todo su ser clamaba por estar junto a él.
Mientras desayunaba la iba releyendo una y otra vez. ¿Cómo no iba a enamorarse de él? Lo haría una y mil veces y negaba con la cabeza cuando recordaba las veces que lo había negado desde que se habían vuelto a reencontrar. Pero, era incapaz de no releer ese pedazo de hoja que era… que era… tan él.
Buenos días, sí me río de ti.
Él tardó un poco en escribirle.
No lo hagas, que me muero de la vergüenza.
¿Vergüenza tú? Un señor escritor, famoso.
Tengo una legión de fans, ¿no te lo dije?
Ve cuidado con lo que me dices o saltan
a la yugular. ¿Te gustó?
Tony soltó una carcajada, cuando quería era muy tonto, pero era su pedazo de cielo en la tierra y eso no lo cambiaría. Sin embargo, de pronto, lo echó más de menos todavía.
Lo de las fans me repatea.
No, mujer, la nota
He desayunado con ella a mi lado.
Pasa un buen día, el mío comienza
ahora en la moto.
Cuidado, no me fío de ese trasto.
Ya te daré a ti lo de trasto
XOXO
Salió de casa con una sonrisa imborrable en los labios, aquella pequeña charla le había sentado bien y ella, que tan acostumbrada estaba a la soledad, en esos instantes en los que él no estaba, se le hizo pesada.
Mucho habían cambiado las cosas, más de lo que se podía imaginar, pero había abrazado con alegría esas alteraciones que había sufrido su vida y lo volvería hacer, de eso no cabía duda.
Nada más bajar las escaleras del porche, se montó en la moto y se puso el casco para ir a la tienda.
Mientras bajaba la calle se fijó en las colinas del Hudson, cuyo perfil en el azul celeste era de un verde brillante, más intenso que el de las esmeraldas y mostraban esa fuerza para aquellos que las contemplaban, tan propia de la naturaleza y aunque no podía ver el río, Tony sabía que estaba ahí, deslizándose con su paso silencioso, pero observándolo todo, ya que era el mejor testigo de las vidas de los habitantes que vivían en sus orillas.
Ese día era reflejo de su interior: cálido, resplandeciente, que prometía que todo podía ser posible si uno se empeñaba en ello y sin mucho esfuerzo.
Un día perfecto para el amor y el valle de Hudson reflejaba esos sentimientos.
Aparcó cerca de la tienda, le tocaba a ella abrirla, pues Abby tenía que acompañar a su madre a hacer unas pruebas médicas rutinarias, pero al que no quería dejar solo era a su padre, pues él se ponía más nervioso que nadie al ir al hospital.
La mañana fue tranquila, con el típico ajetreo de turistas extranjeros, como de dentro del país, pues aunque para muchos las vacaciones se habían terminado, para otros aún se les prologaba algún tiempo más y se notaba en la forma en la que compraban, dado que había dos tipos de compradores: Primero estaban los que realizaban las compras de última hora, esas que se hacían apuradas, o con la sorpresa de que alguien se había adelantado en llevarse lo que ellos habían echado el ojo; y segundo estaban los que se tomaban su momento, ojeaban todo con curiosidad, con la calma de que todavía había alguna semana más para decidirse, aunque acababan picando.
A eso se le unía que ella tenía la capacidad de que todos los clientes siempre salieran con una sonrisa en la boca y satisfechos con haber encontrado lo que les gustaba.
—¡Tony! —Entró Martha con una gran sonrisa y observando cómo había quedado la tienda tras poner los últimos retoques para convertirla en un espacio más de las novelas. Le había ayudado Conor, a quien veía en todos los rincones.
—¡Hola, Martha! ¿Qué tal?
—Muy ajetreada, la verdad, con esto de la presentación, pero me alegra, hay que ultimar mucho antes de que se produzca. —Miró hacia los lados como si buscase algo.
—¿Qué pasa? ¿Es que necesitas algo?
—No, no, me preguntaba dónde estaba tu hombretón. —Volvió la mirada hacia ella con interés.
—¡Oh, Conor! Ha tenido que irse a Nueva York por algo de la editorial que Taylor solo no podía y debían estar los dos.
—Espero que no se echen para atrás con esto de la presentación. —Ya estaba saliendo la vena trágica de Martha.
—No, los dos y sé que el editor también, están contentos de poderlo hacer aquí. Para Conor es la manera de agradeceros vuestra implicación en todo —contó lo que Conor le había expuesto para tranquilizarla.
—Claro que sí, además, la autora es de aquí.
Toda su familia es de Cold Spring y ahora que sabemos que es Springville.
—Cerró las manos en puños, alzó un poco los brazos, y se agito de entusiasmo—.
Debemos celebrarlo por todo lo alto y que los pueblos de alrededor se celen de nosotros —exclamó Martha regodeándose.
De todos era sabido que a Martha le repateaba que esos pueblos fueran conocidos por algún tipo de motivo, por ejemplo, que Sleepy Hollow fuera el más visitado en la época otoñal con ese aire de misterio, de leyenda y tan spooky gracias a la obra de Washington Irvin.
Gracias a la abuela de Conor, Martha ya tenía su bandera para ondear la importancia de Cold Spring en la zona—.
Las novelas son un plus y Cold Spring llamará mucho más la atención que los pueblos del alrededor, y eso me emociona.
—¿Te llevas mal con los otros alcaldes? —se interesó Tony—. No sabía que hubiese celos, tensiones o envidias. —Eso era lo que le pasaba más bien a Martha.
—No. —Se arrimó más a ella por encima del mostrador—. Pero todos, por uno o por otro lado, siempre nos miran por encima del hombro.
—¡¡No!!! ¿Qué dices? —Eso sí que Tony no se lo esperaba.
—Sí. —Puso cara de malas pulgas—. Te lo digo yo. —Tony sabía que tenía que tomar esa información con pinzas—. Y dime, ¿te puedo ayudar en algo? —Pensaba que su visita se debía algo importante.
—En nada —sentenció Martha—. Estoy contemplado el buen trabajo que todos habéis hecho y como han quedado todos los establecimientos y me llena de orgullo ver cómo os habéis implicado en todo. —Imito un escalofrío—. Y hasta Flora abrirá la Casa Gris.
—¿Sabías que la dueña era ella? —Tony había imaginado que muy poca gente tendría ese dato.
—Por supuesto, querida, soy la alcaldesa y tengo que saber todo lo que sucede en este pueblo, sino no estaría haciendo mi trabajo. —Asintió con una sonrisa y un golpe de cabeza con el que su peinado tan cardado no se movió.
—¿Y no te gusta la idea de ir a la Casa Gris para ver como ha quedado? —Hurgó con cuidado para no ser descubierta en que estaba cotilleando un poco y, porque sabía, que a ella esa casa no le gustaba y tanto era así, que hacía unos cinco años o algo más estuvo tentada en derribarla.
—Me da un poco de repelús, no te voy a mentir. —Soltó una risa nerviosa sin abrir la boca.
Un cliente interrumpió la conversación al estar buscando un objeto que no veía y, al final, se fue muy decepcionado.
—¡Oh! Qué maleducado, ni siquiera te ha comprado nada —lo amonestó Martha mientras lo veía salir.
—Es que lo que quería ya lo han comprado y no suelo traer objetos repetidos para no caer en manos de alguna falsificación. —Tony se encogió de hombros por la manera en la que se fue el cliente.
Al poco tiempo, Martha se fue, y ella siguió toda la tarde, ya con la ayuda de Abby y sin noticias de Conor, lo que no le sorprendió.
Y no supo nada de él hasta la cena, cuando le sonó el móvil y mientras escuchaba un audiolibro, para sentir la casa un poco más llena, ya que se había acostumbrado a su presencia la notaba vacía.
Regreso mañana, que mi madre ha insistido
en que me quedase a cenar.
Mañana te prometo que cenaremos juntos.
Un beso, cielo.
P.S: Por aquí ya saben que estamos juntos,
ten hermanos mayores cotillas.
Aquel último mensaje la hizo reír y pensar en sus padres y en la cara que pondrán cuando ellos también se enterasen.
Vale, un beso.