Capítulo 33
—T engo algo que contarte —dijo Conor al llegar a casa de Tony.
—¡Yo también! —Ella estaba igual de ilusionada.
Así, a medida que cocinaron juntos, cenaron y recogieron la cocina —él fregaba los platos, ella los secaba y los colocaba—, fueron exponiendo la historia del bisabuelo de Conor con Ingrid, pues a Tony se lo habían contado Teresa y Lilian, ya que aquella historia de amor había recorrido cada esquina del pueblo y los vecinos estaban expectantes hasta que llegó el trágico final.
Los dos supieron al mismo tiempo que se había cerrado el círculo de las novelas.
Todo lo que se plasmaba con magia y con una imaginación desbordante para crear un mundo de fantasía y amor no era otro lugar que Cold Spring y las historias que entrelazaban a sus habitantes eran las de las familias que se habían asentado en esa particular zona agreste y salvaje del Valle del Hudson, que tan de moda estaba en la gente, por su tranquilidad.
Entre ideas, una conversación fluida, posibilidades abiertas para la presentación, risas, alguna que otra tontería por parte de él, Tony se quedó dormida con una sonrisa en los labios.
Entre sueños e imágenes oníricas estaba la casa gris, la hoguera del fuego eterno, cuya luz hacía resplandecer el al árbol de la eternidad y se vio a sí misma con Conor lanzando una moneda al pozo de los deseos, y en cuanto la moneda chapoteó en el agua, ella se despertó incorporándose.
Se limpió la cara de sudor y no notó nada a su lado, ese peso que le indicaba que Conor estaba durmiendo, por lo que miró y ese lado de la cama estaba vacío.
—¿Conor? —lo llamó. Percibió un frío que no supo de dónde procedía al no obtener respuesta.
Temió que algo hubiera sucedido mientras dormía.
Salió de la cama tal cual estaba, con una camiseta floja que siempre utilizaba como pijama en verano—.
¿Conor? —insistió. Bajó a la planta baja, en donde de su despacho vio un fino hilo de luz que se colaba por la rendija que había dejado al echar la puerta.
La empujó con cuidado y él estaba con el ordenador, escribiendo muy concentrado—.
Conor. —Su voz ya no reflejaba la urgencia sino la tranquilidad.
Él separó la vista de la pantalla y le sonrió.
—¿Te he despertado?
—Al notar que no estabas. —Él estiró un brazo para que se acercara y en cuanto estuvo sentada sobre sus piernas percibió algo en sus ojos—. Estoy aquí, siempre estaré aquí. —La besó en los labios—. Dime, ¿qué tienes?
—Nada.
—Hay algo en tus ojos.
—Sueño. —Sonrió ella—. Pero con todo esto de tu historia familiar, resulta que soñé con el bosque Foster, la hoguera que iluminaba el árbol de la eternidad y tirábamos una moneda al pozo.
Él asintió lentamente con la cabeza como si estuviera analizando cada palabra.
—No sé, mi intuición falla más que una escopeta de feria, eso te lo dejo a ti, aun así, me atrevería a decir que es el momento de regresar al bosque, creo que nos espera una sorpresa muy buena.
Ella le rodeó el cuello con los brazos.
—Sí, quizás deberíamos ir. —Tony, sin fijarse en la pantalla del ordenador, preguntó—: ¿Qué haces aquí a estas horas?
—Le estoy escribiendo a Taylor para que se entere de todo, porque este va de hermano mayor, pero quien se pringa con el trabajo es el hermano pequeño, aunque esta vez no hay quejas, solo alegrías y felicidad.
—¡Ah! —Alzó las cejas—. ¿Sí?
—Te he recuperado y eso fue el mejor trabajo y trabajaré lo que me quede de vida por demostrarte que te amo.
Tony le dio un beso en la mejilla percibiendo que el corazón le explotaba de amor.
—Entiendo que esta vez no habrá guerra de hermanos.
—No, por eso le cuento todo y que no diga «es que no me cuentas nada» —lo imitó. Ella se carcajeó—. Si viniera sería más fácil…
—No puede —le indicó ella—. Las clases han empezado —defendió a Taylor.
—Pero tiene algo que se llama excedencia y no para de repetir que la va a coger, que de este año pasa y un largo etcétera para supuestamente ayudarme con todo esto, pero ni con esas, ya se ve —medio protestó Conor exponiendo lo que Taylor no le paraba de contar.
—Bueno, pero viniste tú. —Le dio otro beso en la mejilla—. Lo cual me alegra más. —Le dio uno más.
Conor le cogió la otra pierna y así pudo estrecharla contra su cuerpo.
—Me encanta como hueles —confesó con la nariz hundida en su cuello.
Era un aroma floral que solo podía captar en su piel, en la de nadie más y era lo que su alma necesitaba para relajarse y sentirse como en casa, ya que lo reconfortaba y le provocaba volar hasta las nubes.
—Tienes que acabar los correos, aunque podrías terminarlos mañana.
—No, tengo el cerebro muy sobreexcitado con la historia de mi bisabuelo y prefiero escribir ahora a Taylor y al editor para dejarlo todo cerrado y que me den una respuesta en todo.
—Ella asintió con la cabeza, Conor lo tenía todo planificado—.
Así solo tendré que ayudar en la Casa Gris o a ti en la tienda y así seré todo tuyo hasta el momento en que se indique y se haga la presentación. —La besó en la punta de la nariz.
—Siempre has sido mío, y yo he sido tuya.
Él le acarició los labios con los suyos.
—Eso me gusta. —Sus alientos se convirtieron en uno.
—Sí, pero suena de un posesivo que te cagas. —Los dos rieron.
—Somos almas gemelas.
Ella lo observó más enamorada que nunca y embelesada por esa versión romántica de él
—Se nota que eres el escritor. —Agotada apoyó la cabeza en su hombro y él se dispuso a teclear—. Será mejor que me vaya al sofá.
—Si quieres ve a la cama, subo en nada.
—No, te espero.
—Entonces, quédate así.
—No podrás escribir.
—Te aseguro que, en esta postura, contigo encima de mí, podría escribir una novela entera. —La besó en la frente alargando el momento todo lo que pudo—. Duerme, cuando termine te llevo a la cama.
Eso fue suficiente para cerrar los ojos y dormirse en su pecho.