Verano en Cold Spring Capítulo 32
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Capítulo 32

A lucinado, flipando en colorines, Conor solo parpadeaba en dirección a George.

«Forma parte de tu historia familiar», aquella respuesta o parte de ella no se la esperaba y fue lo que lo dejó más bloqueado, aunque realmente fue una bofetada de realidad que no supo venir a causa de esas palabras.

George había hablado claro, aun así, Conor no las entendía del todo.

Lo había cogido tan de improviso que el cerebro no le iba ni para delante ni para atrás; la boca se le secó; los oídos se le taponaron por el pulso que se iba acelerando a cada minuto y no sentía ni el corazón.

Pero en mitad de todo aquello solo una cosa quedó clara: su abuela había utilizado a su familia o historias familiares, así como a Cold Spring, para dar vida a una historia donde amor, magia y amistad se entrelazaban en cada página, en cada palabra y frase.

Tras la primera impresión, esa que lo enfrió tanto como las piedras del escalón pese al calorazo que hacía, esa parte de su cabeza que se ilusionaba con la fase de documentación antes de ponerse a teclear la novela, comenzó un huracán de preguntas, una tras otra, pero borbotaban tan rápido que no era capaz de coger alguna y poder romper el silencio en el que se había quedado.

«Joder, y no tengo ni libreta ni boli», se regañó a sí mismo.

Pero ¿en serio que era lo único que se le ocurría en esos momentos? ¡Era ridículo!

Comenzó a moverse con inquietud y se pasó una mano por la pernera del vaquero sin saber muy bien que hacer, dado que todavía no había salido de ese impacto en el que su familia tenía algo que ver con aquel símbolo. ¡Pasaba de una sorpresa a otra!

—Creo que será mejor que entremos para hablar —propuso Jared con la mente más fría y al ver que su amigo no salía de su asombro.

—Sí, en la cocina, creo que será el mejor sitio —dijo George, que había sido uno de los que había ayudado a Flora en esa parte de la casa.

—Eso iba a decir. —Jared miró a Conor—. Vamos. —Le hizo un gesto con la cabeza.

Él asintió sin ser muy consciente de lo que hacía y se levantó como un muñeco automatizado que se movía sin saber que lo hacía, ¡patético!

Fue tras ellos; desde donde estaban apenas había distancia a la puerta externa de la cocina.

Era amplia con dos islas que diferenciaban muy bien los espacios: uno con estanterías en las que según Flora se colocarían productos como harina, azúcar, especias y otros utensilios y cerca estaba la primera isla que separaba el fregadero y los fogones del resto, ya que justo detrás de las estanterías, se abría la parte más familiar, dónde había una gran mesa para seis comensales y había otra isla preparada para poner cualquier plato o fuente que se hubiera cocinado.

Conor y Jared se acomodaron en los taburetes que Flora había puesto en la primera isla con la intención de poder charlar calmadamente mientras se cocinaba.

Conor respiró hondo inhalando el olor a nuevo que desprendían algunos muebles como a limpio sin importarle mucho el estado renovado de la cocina, que no había perdido ese aire vintage de haber sido construida siglos atrás.

En mitad de todo ello y abrazado por el ambiente reconfortante de la cocina y con la sensación de que estaba en casa, encontró la voz para poder preguntar todo lo que quería.

—¿Cómo sabes que es de mi familia? —Agitó la cabeza, desconcertado ante sus propias palabras—. No puede ser de mi familia. —Quiso poner orden en todo aquello con una certeza—. Nunca lo vi.

George lo miró con curiosidad.

—¿Es que nunca te lo han contado? —El hombre parecía sorprendido ante aquella revelación, pero a la par muy tranquilo.

—No y no sé a lo que te refieres, pero lo que has dicho es la primera noticia que tengo. —Conor se mesó el pelo un tanto intranquilo.

—¿Contarle el qué, George? —se interesó Jared.

—Veréis, soy bastante más joven de lo que sería tu abuelo si estuviera entre nosotros —comenzó George apoyando el trasero en la encimera donde estaba el fregadero y los fogones—.

Cuando era joven y después de terminar la secundaria me puse a trabajar.

Como muchas familias de Cold Spring éramos humildes y todo el dinero que entraba en casa se agradecía.

Así que ese verano y ese otoño aprendí un oficio que llevaba arraigado en tu familia desde hacía tiempo: la construcción, reconstrucción o limpieza de chimeneas.

Como tu abuelo no quería seguir ese camino, tu bisabuelo me lo enseñó todo.

—¿Trabajaste para él? —Conor no supo cómo pudo hablar, todo aquello lo estaba cogiendo desprevenido y una parte de él no sabía si estaba preparado para escucharlo.

—Y en parte para tu tatarabuelo, pero ya era muy mayor y no pasó de ese año.

Eran muy buenos en su trabajo, ya lo creo, de hecho, fui ayudante de tu bisabuelo hasta que este se retiró y yo encontré trabajo en una de las fábricas que había cerca y mi amistad con tu abuelo fue porque me agradeció que lo sustituyera en el trabajo familiar.

—Se rio al recordarlo—. Y tampoco fue nadie de tu familia la que me contó esta historia.

—George suspiró cruzándose de brazos, recordando como si volviera atrás en el tiempo a ese momento exacto donde lo escuchó—.

Fue una señora muy mayor. Después de trabajar en la fábrica, normalmente siempre tenía llamadas que recogía mi esposa de gente que quería que le limpiase y acondicionase las chimeneas para el otoño y, sobre todo, para los fríos inviernos.

—Y aún se te llama. —reconoció Jared con una sonrisa.

—Sí, muchacho, y en todas ellas siempre aparecía el símbolo, porque era la marca de construcción de tu bisabuelo.

Conor dejó de parpadear y apenas le llegaba el aire a los pulmones de los nervios.

—¿De verdad?

—Sí, en las de nueva construcción se encargaba de dejar ese símbolo, que es muestra de un amor que no pudo ser.

Jared y Conor quedaron clavados en sus asientos sin quitarle ojo de encima, pues no esperaban aquel giro de los acontecimientos.

—¿Qué? —Jared fue el que tuvo más capacidad de reacción.

Conor se llevó las manos a la cabeza.

—¡¿Cómo?!

—Quien me la contó fue Ingrid, una señora mayor bastante longeva.

Procedía de una familia adinerada y a esas alturas, ya se decía que vivía de las rentas de su familia, aunque se había casado con un abogado importante del pueblo.

Era el único que había, pero se cotizaba alto para determinados casos, sobre todo, aquellos que le venían de la ciudad.

Ya siendo una mujer muy mayor y viuda, una tarde fui a limpiar las chimeneas de su casa.

Ella estaba en su mecedora tejiendo, pero se fijó en el símbolo grabado, pues el ladrillo con esa marca no estaba escondido, sino que se veía a simple vista.

Me contó que esa marca tenía su historia: hacía años que una chica se había enamorado de un hombre joven con el que se lo pasaba bien, estaban hechos el uno para el otro y que él había sido el diseñador de ese símbolo que solo se lo puso a ella en las chimeneas de su casa para que lo recordase siempre.

Cuando habían decidido dar el paso de casarse, ninguna de las familias estaba de acuerdo con esa decisión: la de ella porque él procedía de una familia humilde, mientras que la de él no quería una unión tan desventajosa para su hijo, donde ella fuese la rica, así que terminaron por separarlos.

Pero antes de decirse su último adiós, él le hizo una promesa: su amor por ella seguiría existiendo, porque chimenea que construyese con sus manos o que arreglase llevaría impreso ese símbolo de amor eterno y se lo estaría confesando a todo el pueblo.

Tu bisabuelo así lo hizo, y estoy convencido de que si sacásemos todos los ladrillos de las chimeneas de Cold Spring, ese dibujo aparecería.

—¿Cuál dices que fue el motivo por el que los separaron? —quiso ahondar un poco más en ese asunto Conor.

—Ella procedía de una familia rica y además era diez años mayor que tu bisabuelo y a tu familia esa diferencia no le gustaba nada, lo veían un inconveniente por el poder que podía ejercer sobre él.

Por parte de ella, los orígenes humildes de él lo convertían en el peor candidato de todos, aunque tenían un gran negocio, porque no solo atendían a Cold Spring, a veces había llamadas de pueblos cercanos —explicó George.

—La diferencia de edad no debería ser un problema —dijo Jared interviniendo.

—Lo estás pensado con los ojos de hoy en día —lo corrigió George—.

Hubo épocas donde no era muy bien visto que la mujer fuese más mayor que el hombre, al contrario, nunca pasó nada, si ella fuese un año mayor no había problema, pero si era más la diferencia entre la pareja no agradaba, sobre todo, por el tema de la descendencia.

—Vaya. —Jared quedó sin palabras al no esperar algo así.

—¿Cómo supiste que se trataba de ella, de Ingrid, y de mi bisabuelo? —Conor estaba intrigado.

—Por mi suegra, porque era amiga cercana a Ingrid y ella se lo había contado en el funeral de su marido, donde apenas había soltado una lágrima, pero cuando murió tu bisabuelo, años después, ahí sí que lo pasó mal —recordó George.

—Se seguían amando después de todo —musitó Jared realmente fascinado por esa historia.

—En palabras de mi suegra, que no era mujer de cotilleos y rumores, me contó que jamás se habían dejado de querer, aunque tu bisabuelo hizo muy feliz a tu bisabuela, eso hay que dejarlo claro, y, de hecho, los vi juntos y era una pareja de los más unida, familiar, nunca se los vio enfadados ni tampoco dando escándalos.

Eran de envidiar, pero a veces no somos dueños de nuestros sentimientos ni de nuestro corazón.

—Esas palabras de George eran muy sabias.

—Vamos, Tony sin saberlo estaba en lo cierto, el símbolo de los ladrillos es de amor eterno. —Conor sonrió al pensar en ella.

—Sí, de ese que no muere, porque la gente que conocemos la historia y la seguimos contando, haremos que perdure en el tiempo.

Aquella frase tan bonita de George, Conor la memorizó para no olvidarla.