Verano en Cold Spring Capítulo 29
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Capítulo 29

L os siguientes días y semanas se les diluyeron de las manos, pues intentaban pasar todo el tiempo que les era posible juntos.

Si él no estaba liado con la alcaldesa ultimando y revisando aquello que se le iba a presentar a la editorial como otros preparativos, la ayudaba en la tienda, sobre todo, en el almacén o cuando recibía alguno de sus pedidos, y juntos revisaban cada objeto.

Él disfrutaba mucho oyéndola contar las historias de cada uno de ellos.

Él iba a casa de Tony y no era raro que pasaran la noche juntos.

Hablaban, se contaban cómo podía ser la presentación, lo que Conor había hecho en la Casa Gris junto con Logan o con quien fuese, ya que sus amigos siempre y cuando tuvieran tiempo se pasaban por allí, aunque al que más se requería era a Jared, el manitas de Cold Spring.

Otras tantas veces solo estaban él y Flora, moviendo para aquí y para allí sofás u otros muebles.

Pero tanto Tony como él lo que más anhelaban era estar juntos. Era la necesidad más grande.

Tony descubrió que Conor era distinto y que compartían mucho más de lo que lo hacían en el pasado, eso a veces la atemorizaba, debido a que nunca pensó que con él hallara el amor de verdad y que se complementaran tanto y tan bien.

Pero estar con él era lo que necesitaba.

Una noche, estaban abrazados en el sofá del salón-comedor de su casa diminuta, pues era lo que apreciaba desde que él pasaba tanto tiempo con ella.

Esa estancia era una de las más amplias de la casa, donde ella veía la tele.

La había decorado a su gusto sin tirar ningún mueble de su abuela: las estanterías las había llenado con libros y objetos de sus viajes, aquellos que siempre guardaría; contaba una gran chimenea que no desaprovechó, colocando frente a ella un sofá mullido de dos plazas y ancho, pero tan bajito que no se le veían las patas redondas.

Era su lugar favorito para leer en invierno como en otoño, pues esa parte la decoraba con calabazas y objetos de Halloween.

Abrazados, Tony inspiró hondo el perfume que convertía a Conor en un hombre único, además, se había convertido en su aroma favorito: era como regresar a casa tras una larga ausencia; la reconfortaba.

—Hacía tiempo que no me sentía tan bien —confesó ella en voz bajita.

—Ni yo, es una paz casi espiritual. —La besó en el pelo.

—Sí, eso mismo.

—Pues que sepas que me quedaría así toda la eternidad.

—Ella después de esa declaración se acurrucó más en su pecho, le encantaba oír los latidos pausados de su corazón y, a veces, el silencio hablaba por ellos y a lo largo de esos días juntos, sin barreras ni nada ni nadie que se interpusiera, los miedos desaparecieron—.

Una pregunta, ¿y esos huecos libres a los lados de la chimenea?

—Los dejo siempre así, porque en otoño, por Halloween y navidad los decoro.

Conor se levantó para colocar el pequeño cesto vacío donde ella almacenaba la madera de la chimenea.

—¿Qué te parece? —Quiso saber él, mirándola por encima del hombro.

—Bien… ¡Conor! —gritó y se levantó a toda prisa cuando lo vio caerse de culo.

Perdió el equilibrio y al agarrarse a la esquina de la chimenea un ladrillo se movió.

—¡Joder! Menudo manazas, lo siento, no pretendía romperte la chimenea. —Lo quiso colocar de nuevo, pero se le quedó en la mano—. ¿Qué…? —Dejó la frase sin terminar.

Tony también se fijó en lo que él había visto y su corazón le pegó un puñetazo en el pecho para comenzar, en cuestión de segundos, a latir a mil por hora.

Lo que había aparecido ante ellos no era otra cosa que un grabado antiguo: en una de sus caras tenía el símbolo de las novelas de la abuela de Conor, el corazón unido al símbolo del infinito.

Los dos compartieron la misma mirada sorprendida y en sus labios aparecieron dos sonrisas gemelas.

—¡Es el símbolo! —dijo emocionada y casi sin aliento Tony.

—La última pieza que faltaba y teníamos que estar juntos para encontrarla. —Conor soltó una carcajada de felicidad—. Mi abuela escribió sobre Cold Spring.

—¿Lo dudabas?

Él subió la mirada hacia ella y dio unos golpecitos con la mano para indicarle que se sentara a su lado.

—No, no me sorprendo, aunque me parezca increíble, pero… ¡QUÉ FUERTE ABUELA! —Se rio. La miró y ella pegó un grito cuando él la cogió en volandas para sentarla sobre las piernas—. ¿Te das cuenta que si no estuviéramos juntos esto nunca aparecería?

Aquella pregunta de Conor no era baladí, había un atisbo de verdad como de magia, todo había confluido en unirlos para que encontrasen el símbolo.

—Cierto. —Ella no podía borrar la sonrisa.

—Eres magia Tony, siempre lo has sido y lo estás demostrando.

—Creo que esto es una casualidad.

—Para mí es la magia que entretejes a tu alrededor. —Le dio un beso en la sien.

Ella observaba el ladrillo con ilusión:

—El amor eterno, infinito, que solo puedo ser el amor verdadero. —Ella apoyó la cabeza en su hombro.

—Somos ese amor, increíble —dijo Conor.

—Ahora me gustaría saber quién hizo esto en los ladrillos. —Le pasó las yemas de los dedos.

—¿Cómo lo podemos saber? —Se hizo el silencio entre ellos, aunque un mascullo de Conor lo rompió para después explicar—. Es que a lo mejor solo está en esta casa.

—O en varias.

—Esto se complica por momentos. —Se rio por la nariz.

Ella levantó la cabeza y lo miró con decisión.

—Creo que ya sé a quién o a quiénes le podemos preguntar. —Le dio un beso rápido en los labios—. ¿Te gusta el pan de chocolate?

—¿Qué pregunta es esa? —Él enarcó una ceja divertido.

—Responde.

—Sí, o eso creo.

—Vale, pues mañana, te contaré algo.