Capítulo 28
L os dos se despidieron en el umbral de la puerta con la promesa de verse.
Conor salió de la casa de Tony cogiendo otra calle que no conducía a Main Street, ese trayecto lo había tomado ella para llegar a la tienda.
Mientras daba todo ese rodeo, no podía borrar la sonrisa de la cara, porque no se podía quitar de la cabeza lo que supuso para él tener a Tony entre sus manos, volver a abrazarla y besarla.
Ella era la única mujer capaz de besarle el alma, de que con un beso espantase todo el pasado que Cold Spring parecía haber retenido hasta su llegada.
Lo que no pudo cambiar fue a Tony, era una mujer bondadosa, amable, también muy sensual a sus ojos y con un corazón que cuando estaba dispuesto a amar lo hacía, pese a los miedos que tenía.
«¿De qué te extrañas?», se reprendió a sí mismo.
Él había sido el culpable de que ella tuviese miedo, de que conviviera con ellos, o no confiara mucho; normal, se lo había buscado con creces.
La abuela se lo había dicho: «las palabras y las explicaciones arreglan los asuntos de dos corazones dañados».
Pero al tener esta nueva oportunidad que se le había concedido iba a hacer las cosas bien, como se merecían los dos, como se merecía con creces Tony por seguir amándolo.
¡Increíble!
Ni en sus mejores sueños.
De ahí que el corazón le rebosaba de amor, tenía al amor de su vida al lado de nuevo.
No la iba a desaprovechar ni a dejarla escapar, ya que en esos años había fantaseado con la posibilidad de recuperarla y en muchas de sus novelas había plasmado de mil formas ese final, pero la realidad por una vez era mucho mejor que la ficción, pues la felicidad que suponía estar en el lugar correcto, en el momento correcto de una historia de amor era caminar por las nubes y solo quería que los problemas a los que se enfrentasen fueran solo a los del día a día, pero juntos, cogidos de la mano.
Cuando se dio cuenta, ya había llegado a casa de Flora. Abrió con cuidado la puerta por si aún estaba durmiendo; no quería molestarla, además, todo estaba muy silencioso.
—Conor. —Lo sobresaltó la voz de Flora.
Tenía un pie en el primer escalón y el corazón le comenzó a latir en el pecho de la misma manera que lo hacía cuando de adolescente lo cazaban tras no haber obedecido. Se giró hacia ella.
—Siento llegar tarde. —Los nervios hicieron que se adelantara.
Las manos le sudaban frío y le costaba mirarla.
—Nadie lo hace cuando el amor ha llamado a su puerta. —Le sonrió con cariño.
«Vale, Tony tenía razón, no se lo vamos a poder ocultar», pensó para sí mismo.
—Creo… —carraspeó—. Lo sabes.
—Todo.
Él con la mano derecha todavía en el pasamanos le habló con franqueza asumiendo lo que había hecho mal.
—Ayer siento no haber aparecido y tenerte preocupada. Sé que debí avisarte.
Con su tranquilidad habitual, se acercó a él.
—Tranquilo, sé que fue por Muriel.
Él frunció el ceño, pues no recordaba habérselo comentado.
—¿Cómo lo sabes? —Agitó la cabeza, desconcertado.
—Ven. —Indicó con una mano que lo siguiera a la salita, donde había dispuesto un desayuno para dos, con bollería de la cafetería recién horneada y aunque él había desayunado entre besos con Tony, iba a probar algo—.
Sé que fue con ella, porque Tony me habló de tu primer encuentro con Muriel, até cabos y me supuse que ella volvía a ser la que te revolvió por dentro.
—Sí, fue ella.
—La historia con tu padre, pasó. —Le puso una mano encima de la suya, que para Conor, fue reparador, reconfortante, no del mismo modo que el de Tony, pero el espacio que separaba su mente del corazón se estrechó por una afirmación: estaba en casa y el deseo de no moverse de allí, lo abrazó por fin.
Aunque Flora hubiese separado la mano, siguió notando que todas las piezas del puzle de su vida se recolocaban sin miedo a dañarlo.
—Me dijo que estuvo viviendo con él —le confesó.
Vio que Flora revolvía su taza de té observando el agua amarronada con atención.
—Ella tiene un hábito espectacular para engañar, pero no puedo confirmar si tu padre estuvo o no viviendo con ella, porque no lo sé.
—Él asintió—. Pero no le hagas caso, hay gente que está en el mundo solo para causar dolor y es mejor ignorarla, así sus malas energías no te afectarán.
—Bebió un poco—. Pero creo que ya no tendrá nunca más ese poder sobre ti.
—Alzó la mirada hacia él y Conor notó un cosquilleo como si ella pudiera leerle el corazón y el alma en lo más profundo—. Estás curando el pasado.
—Puede ser. —Cogió una mini napolitana de crema.
—Hablemos de cosas más alegres, porque así lo dañino no cobrará nunca más importancia. ¿Qué tal con Tony?
Conor casi se atragantó y tosió sin abrir la boca.
—Yo…
—La envié contigo —le contó ella con una sonrisa amable en los labios.
—¿Cómo?
—Le pedí ayuda para encontrarte y creo que lo consiguió. —No borró la sonrisa mientras cogía un mini croissant.
—Sí, y nos reencontramos en todos los aspectos. —No entró en detalles, pero él sabía tanto por su abuela como por su madre que a Flora le podía fiar cualquier cosa, pedirle cualquier favor debido a su discreción.
—Me lo imaginaba. —Tomó un sorbo de té para correr el bocado—. Ayer fue la mejor noche para todo tipo de reencuentros. —Con esas palabras Conor enrojeció—. Dile a Tony, aunque sería también para ti: el pasado queda atrás y no se volverán a cometer los mismos errores.
—¿Cómo lo sabes? —El que dudaba era él, pero por otro lado sabía que no tenía sentido, ya que Flora siempre se adelantaba a los acontecimientos.
—No sois los mismos y habéis aprendido de todo lo ocurrido. Ahora lo importante es vuestro amor, tanto para ti como para ella. —Conor se había quedado muy quieto escuchándola—. No temas, el muchacho que salvó a su familia, cuidará ahora de Tony, porque se ha perdonado.
—Aquel muchacho, como dices, me ha convertido en lo que soy.
—Por eso Tony no corre peligro, eres mejor y la amas. —Le dio una suave caricia, como se las daba su abuela; era como si ella a través de Flora pudiera hacerlo, y eso lo reconfortó por dentro—. Se te ve en los ojos, porque en los ojos de quien ama jamás habrá disfraces.
Estuvieron unos segundos en silencio, cuando Conor se acordó de algo que no había comentado con ella.
—Flora, verás. —Dejó la taza de su café con leche sin terminar encima de la bandeja y se limpió sus manos y la boca con una servilleta—. Cuando estábamos saliendo Tony y yo vimos el pozo de los deseos.
—¿Y el árbol de la eternidad? —quiso saber.
—No, pero a lo que voy es que nuestros deseos no se cumplieron —contó él.
Ella asintió.
—Entiendo —musitó para sí misma—. Vuestro amor era incipiente, joven y a veces el pozo pone inconvenientes, pero en este caso estaba claro que se adelantó a lo que vivisteis, que os ha hecho más fuertes, sabéis lo que queréis y no vivís un amor ingenuo.
Con los golpes, con las discusiones, el amor se va fortaleciendo.
A veces, las rupturas son para siempre, no hay vuelta atrás cuando suceden y no a todo el mundo se le concede una segunda oportunidad como a vosotros.
Él iba a preguntar por el árbol, pero ella fue más rápida:
—Id a dar un paseo por el bosque, quizás os sorprenda lo que veáis.