Capítulo 27
E l amanecer encontró a Tony y a Conor enredados entre las sábanas de la cama de ella, con los cuerpos unidos convirtiéndose en uno.
Tras salir de la casa de Conor habían decidido refugiarse en la de Tony, donde dieron rienda suelta a la pasión y soltaron todos sus sentimientos.
Cada nuevo asalto era un redescubrimiento; era recordar, en el caso de él, el mapa del cuerpo y del corazón de ella; era alcanzar un placer infinito que solo estando juntos alcanzaban.
Era hallar el éxtasis de los amantes que volvían a reencontrarse.
Al mismo tiempo ya no se trataba de ese amor juvenil que habían compartido imparable y efervescente, que aparecía en cualquier lugar y momento.
Era adorarse con cada caricia, con cada beso, cada vez que hacían el amor no había recodo de la piel que no se erizase.
Con cada nuevo asalto aprendían donde tocar o lo rememoraban al instante, sus almas se rozaban y sus corazones palpitaban como uno solo.
Cuando el cuerpo de Tony cayó sobre el de Conor, él la abrazó como si quisiera que se fundiesen el uno con el otro.
—Me vas a matar —dijo ella con voz agotada como si estuviera haciendo cardio, pero sin utilizar la cinta.
—Y tú a mí.
—No es normal, no hemos parado de hacer el amor.
—Y no me arrepiento —soltó Conor, terminando por ella.
—Eso mismo, me vas a matar de placer. —Ella sonrió sobre su pecho antes de darle un beso.
—No sé qué piensas, pero es la muerte más dulce. —En segundos se estaban riendo—. Mi corazón va a explotar de amor —confesó Conor. Tony levantó la cabeza—. No es ninguna blasfemia.
Tony vio reflejado en sus ojos ese amor del que hablaba, hacía que sus iris oscuros brillasen como esa mañana de verano que bajo su caricia hacía que todo el valle del Hudson fuera despertando.
—Amor —repitió ella, como si estuviera en un trance, sin apartar la vista de él.
—Es lo que compartimos y sé que volvió a florecer desde que te vi, el mejor momento de mi vida. —Al ser más bajita que él, la cogió por los costados y la arrastró por su cuerpo, luego le rodeó el rostro con las manos—. Te quiero, Tony. —Le dio un dulce beso en los labios.
Ella también se abrió con él.
—Creo que nunca dejé de hacerlo. —Entornó los ojos hacia un lado, pensando—. O puede que todo lo haya revivido desde que nos vimos de nuevo.
—Y no lo hagas.
—Lo mismo te digo.
—No lo hagas porque tendré todo el tiempo para redimirme por lo que te hice; no lo hagas porque te ofrezco el resto de mi vida para estar juntos y porque tú eres mi eternidad.
La besó está vez con cadencia, demostrando con cada roce de su lengua que sus palabras eran ciertas.
Tony fue quien rompió el beso.
—Son palabras muy bonitas. —Estaba embobada y la sensación de mariposas en la barriga, luego de años de no sentirlo, volvieron a aparecer, así, de repente y sin pedir permiso.
—Todas estarán dedicadas a ti, pero míranos, ¿te imaginaste compartir cama conmigo? —En su cara apareció una expresión pícara.
—No, la verdad es que no paraba de darle vueltas a como deshacerme de ti o cortarte las pelotillas y dárselas de comer a los mapaches.
—¡Eso duele! —Él se tensó con solo pensarlo.
—Lo sé y no, no me imaginé en esta situación, aunque una parte de mí sí lo quería —confesó y dejó la comodidad del cuerpo de él para tumbarse a su lado—. Si un día te vas, avisa. —Ese miedo a perderlo por segunda vez tras haberse entregado volvió a aparecer.
Él se giró para quedar frente a ella.
—Lo haré —confirmó él con una seguridad pasmosa.
Le acarició la mejilla con el dedo pulgar y ese suave movimiento iba quedando grabado en la piel y provocaba un agradable cosquilleo, pero, sobre todo, una gran tranquilidad. Eso era lo que Conor también había traído al romper todas las barreras como las tensiones entre ellos.
—Si me dejas de querer…
—Jamás lo haré, Tony, ¿qué tontería es esa?
—Si pasase…
—Olvídate, eso no pasará, nunca, dejarte ahora que te recuperé. —Él chasqueó la lengua—. No pasará, porque contigo siempre he sentido que tengo esa parte que le falta a mi alma.
Ella sonrió, se había vuelto más romántico de lo que recordaba.
—¿Dices que somos almas gemelas?
—Sí, ¿acaso te sorprende?
—No, en estas semanas había algo que me empujaba a estar contigo y por mucho que me opusiera, no podía. —Ella le separó un mechón de pelo dorado que le cayó sobre la frente.
—Cuando el corazón dicta solo podemos obedecer, lo importante es que ninguno de nosotros nos arrepintamos.
—No lo haremos, o al menos yo no. —Él le dio un beso en la frente, aunque ella tenía otra pregunta—. ¿Qué fue lo que cambió para terminar en la cama? —Aquella duda hacía horas que había aparecido en su cabeza.
—No cambió nada, salvo que cuando me hablaste con esa dureza y te vi marchar me di cuenta de lo que había perdido y supe que no quería perderlo de nuevo por el pasado.
Después, cuando me besaste, en mi mente se esclareció que te quería de modo permanente en mi vida.
Ahora, aquí tumbados, recordamos cómo era amarnos, la manera en la que nos queríamos y el destino y el roce a medida que buscábamos las localizaciones hicieron el resto, me recordaron que significaba amarte.
Ella parpadeó en su dirección.
—¿Qué significa? —Quería oírselo decir.
—Dar el corazón sin miedo a perderlo; entregarme sabiendo el hombre que soy y que a tu lado soy mucho mejor.
—No podemos fallarnos, es mi miedo.
—Te demostraré que no, ya lo verás. Ten fe en nosotros.
—Y la tengo, pero el miedo es libre.
—Entonces mi nuevo trabajo es tener que ir despejando tus miedos, porque yo mismo fui el culpable de que los tengas. —Él la besó con cadencia, con suavidad, fue un roce que poco a poco se fue profundizando. Ella de repente se rio—. ¿Qué pasa?
Tony hundió la cara en la almohada.
—Cuando nos vea el resto. —Soltó una risilla nerviosa.
—No se lo van a creer y caerán de narices al suelo.
—¿Se lo tendremos que decir?
—Si quieres esperamos un poco.
Tony sopesó esa propuesta, si se lo decía a sus amigas estarían pendientes de ellos, pero la pregunta era: ¿podían disimularlo? Ante Flora estaba segura de que no.
—Podemos intentarlo.
—Vale, así aprovecharemos para no tener miles de ojos sobre nosotros.
—Exacto y ahora me tengo que levantar.
—No.
—Tengo una tienda que atender.
—Y yo debo regresar a casa de Flora.
—A ella no le vamos a mentir —dijo Tony—. Seguro que lo sabe
—Eso mismo te iba a decir. Te quiero.
—Te quiero.