Verano en Cold Spring Capítulo 24
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Capítulo 24

—¡Q ué buen trabajo, Logan, muchacho! —lo felicitó Flora.

El jardín de la Casa Gris ya era otra cosa. Las malas hierbas habían desaparecido y el resto de plantas podían respirar con tranquilidad, ya que ninguna se ahogaba, se podían rozar y crear nuevos vínculos que desde hacía décadas y con el abandono posterior no podían.

—Menudos árboles. —Los contemplaba fascinado—. Hacía mucho tiempo que no los observaba.

—Sí, son muy antiguos, casi tanto como la casa, tienen hondas raíces que comunican con el bosque Foster al igual que la propiedad —le contó en confianza.

—Vaya, así que todo está interconectado.

—Así es, forman un conjunto indisoluble. —No dejaba de mirar aquel jardín del que se podía disfrutar de nuevo—. Buen trabajo.

—Tú también has aportado.

—Lo mío fue una minucia.

—Creo que si se sigue a este ritmo y los hombres que has contratado hacen un buen trabajo, la casa estará más que lista para la lectura y la presentación de los libros —señaló con mucho acierto Logan.

De repente, Flora se giró hacia la verja de entrada.

Había percibido como la tierra que pisaba vibró bajo sus pies, el aire que la rodeaba se había tornado más lúgubre y, sin importar el candor del sol, la piel se le erizó.

Lo que había captado fue como si algo en el valle se desprendiera, como si un corazón quebrado hubiera tocado fondo y hubiera que salvarlo.

Lo llevaba notando casi todo el día, pero era más sutil, aquello fue mucho más fuerte.

—Flora, ¿estás bien? —le preguntó Logan extrañado por su comportamiento.

—Verás, ¿te viene bien acercarme a Main Street? Tengo algo urgente. —Dejó la frase a medio terminar a causa de las oscilaciones que no dejaba de sentir.

—Si, claro.

Luego de que Logan cargase todas las herramientas en la furgoneta, se montaron y él la dejó frente a casa, para dar la vuelta en el bandstand y recoger a Shannon.

Ella se lo agradeció, y cuando cruzó la calle y a los pies de los escalones que separaba la acera de la puerta de entrada de su casa, el aura que se desprendía era turbia, oscura.

¿Qué había sucedido? Su casa desde fuera estaba a con todas las luces apagadas, aunque contempló que algunas velas se apagaban y se encendían solas, señal de peligro que no podía obviar.

Al entrar, la oscuridad era más espesa de lo que pensaba, de hecho, apenas se veían las escaleras.

Era cierto que estaba oscureciendo, pero allí ya era noche cerrada.

Ascendió al piso superior, experimentando la sensación de una noche sin luna; los tablones de madera bajo sus sandalias crujían y las rosas que había comprado esa mañana iban perdiendo sus pétalos cuales lágrimas de sangre.

—Ya está —le ordenó a la casa, cuando escuchó en la cocina que las alacenas se abrían y se cerraban.

Sin moverse, respiró hondo y captó las vibraciones que había sentido en la Casa Gris. Comenzó a mover las manos en el aire como si el ambiente fuera una masa delicada hasta que al fin dio con algo.

—¡Conor! —Siguió subiendo más deprisa esta vez y entró en su cuarto, no estaba, pero sí sentía que un gran dolor lo acompañaba—. Dios mío, Conor.

Flora estuvo indecisa, no sabía si llamar a Tony o acercarse a su casa, pero no tuvo que esperar mucho, pues ella se le adelantó. Fue a coger el teléfono y no requirieron de saludos.

—¡Flora! —exclamó Tony.

—Tony, ¿lo has sentido tú también? —La urgencia en la voz de Flora era más que evidente.

—Es imposible no hacerlo, ¿qué pasa?

—Hay un problema —le anunció Flora en un intento por permanecer tranquila cuando no lo estaba.

—Dime.

—Algo ha pasado con Conor. —La línea quedó en silencio.

—Lo vi esta mañana y aunque me mintió, sabía que le pasaba algo —le contó Tony—. ¿Tú sabes algo?

—No, lo que me acabas de contar es nuevo para mí, pero no entiendo lo que le hizo huir. —La preocupación iba en aumento.

—Ya estamos otra vez —suspiró Tony desesperada—. ¿Es que el muy tonto se ha ido?

—No está en casa y sé que no está bien, porque dejó un rastro de nerviosismo y turbación que ha revuelto la casa —le explicó con inquietud, pues lo último que quería Flora era que ese muchacho se perdiera en el dolor como ocurrió en el pasado, pero de pronto, tras cerrar los ojos, lo comprendió—. Muriel.

—¿Qué? —Tony no entendía nada.

—Se ha tropezado con Muriel, ¡oh, Dios mío! —La urgencia, la preocupación, el miedo y un sinfín de emociones traspasaron la línea telefónica. En esos instantes Flora entendía el rastro de ansiedad, rabia y furia que Conor dejaba tras de sí—. Me lo temía. —Chasqueó la lengua.

—¿Por qué? —Tony cayó en la cuenta de lo que esa mujer representaba.

—Esto no debería haber pasado.

—Ya pasó otra vez, esta sería la segunda vez que se vieron, lo que no sé es lo que pasa ahora.

La línea volvió a quedarse en silencio.

—Tony, te necesita, debes encontrarlo.

—Es muy fácil decirlo, Flora, pero ¿cómo?

—Ve a por él y cuando estés en la calle déjate guiar por el corazón, te conducirá a él.

—Está bien, voy.