Verano en Cold Spring Capítulo 23
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Capítulo 23

H aber hablado con Tony y poner cada cosa en su sitio ayudó a Conor a soltar un lastre que soportaba en silencio desde hacía muchos años, y también a curar ciertas heridas y cicatrices que habían empezado a doler.

Contar toda la verdad de lo sucedido aquella tarde fue lo mejor que había hecho, no solo eso, sino que Tony, pese a todo, lo comprendió y supo cómo lo había pasado él y en general toda la familia.

Tras todo ello, Taylor había podido recomponerse, su madre con la ayuda de él y de la abuela no permitieron que cayese en la tristeza y luchara, aunque era consciente de lo que pasaba con su marido; aun así, sacó la valentía para hacerse cargo de la familia.

«De lo que más me arrepiento fue de no haberos salvado a tu hermano y a ti de todo eso para que no vieseis nada de lo que hacía vuestro padre y de lo que llevaba soportando años, por el dinero que tu abuela había hecho con los libros», le había confesado su madre una noche en la que no podían dormir.

Le había confiado que ella era consciente de todo, de esas relaciones extramatrimoniales que le azotaban el alma y las consentía solo para no romper la familia, sin embargo, lo peor era que su padre quería aprovecharse de lo ganado por su abuela con los libros.

Conor, con otro aire y talante pasó por la cafetería de Kendall e Imogen para pedir tres cafés: para Abby, Tony y él.

En esos días que había estado por la tienda memorizó como les gustaban los cafés a las chicas, además, luego de ese encuentro en el parque, por mucho que quisiera poner distancia entre ellos, ya no se veía capaz.

Todo lo empujaba a Tony, era la única persona que le reconfortaba el alma y el espíritu y si por un casual el destino le ponía delante una segunda oportunidad con ella, se aferraría a lo que fuese para que todo saliera bien.

Salió en dirección a la tienda de antigüedades contento e imparable, pues iba a liberar a su corazón.

—Hola, Conor —lo saludó una voz femenina. Él se quedó de piedra al reconocerla lo que lo mantuvo en una quietud impropia de una persona—. ¿Es que no me vas a saludar?

Él se giró lentamente para encarar a Muriel a quien el tiempo la había tratado muy mal. Cuando era un chiquillo, esa mujer no era ni fea ni guapa, pero tras todo ese tiempo sin verla, su rostro había perdido la forma a lo que no ayudaba el corte de pelo: su rostro era un mosaico de arrugas.

—No te mereces que te diga nada. —Dejó de observarla.

—Han pasado muchos años —indicó, ya que estaba mostrando que ella había pasado página.

—Tu sola presencia consigue que reviva todo aquello. —Era verdad y lo ponía bastante nervioso, de ahí que no parase de cambiar el peso del cuerpo de un pie a otro.

—Es tu problema, no el mío —respondió con una frialdad maligna.

—Hasta más ver. —Zanjó la conversación era lo mejor que podía hacer.

Dio dos pasos para seguir su camino, pero ella no se lo permitió.

—Tu padre murió con la pena de no veros ni poder despedirse de vosotros.

Conor volvió a parar, sabía que lo estaba provocando para montar un follón en mitad de la calle, algo que le gustaba pues se acordaba de algunos, y lo peor era que sabía que esa mujer no daba puntada sin hilo y debía tener cuidado de los ases que podía tener bajo la manga.

—Pues que hubiera hecho las cosas bien; hay algo que se llama divorcio.

—Tu madre no quería dárselo —le contestó con firmeza.

—No te mientas Muriel, él era el que no quería dárselo, no al contrario, porque luchamos mucho para que firmase los papeles y no quería, y como luego desapareció fue imposible.

—Habían removido el cielo entero para que su madre fuera libre.

Él no entendía por qué Muriel se agarraba a esa mentira, ya que la desaparición de él y su posterior muerte fue la liberación de la familia por muy duro que sonase.

Aquello lo cabreó muchísimo, tanto que sus ojos negros se habían prendido en llamas y la mandíbula por momentos, sin ser consciente, se le iba apretando más—. No sabes nada de mi familia.

—Tuve que acoger a tu padre —confesó ella.

—Muy caritativa fuiste, aunque bueno, seguro que os queríais para la cama.

Ella se puso roja, como una manzana a punto de pudrirse.

—Fuisteis muy malos hijos…

—Los peores —la interrumpió.

—No fuisteis buenos con él, era un buen hombre atado a una mujer que no lo quería y yo le tenía que dar lo que no tenía en casa desde hacía mucho tiempo.

—Vuestra vida sexual me da igual, ¿es que no lo entiendes? —Aquello la puso colorada—. Y por si no lo sabes, tenía más amantes.

Muriel recibió aquello como un puñetazo.

—No es cierto.

—Lo es, sí, estuve en su funeral, lo que pasa que no me acerqué para no dar de qué hablar y a mi lado tenía a una de sus amantes con la que estuve hablando largo y tendido—. Sus palabras sentaron como un jarro de agua fría a aquella repugnante mujer.

—Me lo dejó todo —le echó en cara.

Conor asintió.

—Nos desheredó, te aseguro que no sufrimos por ello, porque ni mi hermano ni yo queríamos un mísero recuerdo, a ti te dejó las migajas, porque lo gordo era para su cónyuge, mi madre, a la cual quería atada a su lado.

—Lo que había dicho le sentó fatal, pues, aunque su padre apenas tenía dinero fue él quien se lo llevó porque su madre no quería saber nada—. Disfrútalo si te queda algo.

Con los cafés todavía en la mano y el cuerpo revuelto como si hubiera cogido un virus estomacal, decidió seguir con lo que tenía planeado, aunque su alegría era menos; esa mujer se la había arrebatado.

Era cierto aquello que se decía: a veces no puedes volar alto como Ícaro, pues acercarte mucho al sol puede ser peligroso .

***

—Servicio de cafetería a vuestra disposición. —Puso su mejor cara nada más entrar en la tienda.

No podía desaparecer como había hecho días anteriores o en el pasado, aunque fuera la única idea factible que se le pasaba por la cabeza y deseara cumplirla.

—Iba a salir a buscarlos —dijo Tony con una gran sonrisa saliendo de detrás del mostrador—. Hola.

Aquella palabra, con ese brillo especial en sus ojos, la convertían en una mujer única, en un hada que el destino había puesto de nuevo en su camino y para él fue la mejor recompensa luego de una conversación que hubiera sido mejor no haberla tenido.

—Hola —dijo con la voz queda.

Se quedaron mirando como reconociéndose de otro modo muy distinto al de las semanas anteriores, tras el primer encuentro. Él podía pasarse toda la eternidad observándola, porque como había dicho su abuela: «nunca puedes alejar de la mente a tu amor verdadero». Y tenía más razón que un santo.

—¿Hay café para mí? —los interrumpió Abby.

—Sí. —Conor salió del trance—. Tiene tu nombre.

—Gracias. —Cogió su vaso, y volvió a la faena.

—Ven. —Tony lo llevó al almacén y allí los dos se dispusieron a disfrutar del café—. ¿Qué tienes?

—Nada, estoy bien. —Le quitó hierro al asunto, aunque le pesase en el alma todavía.

Ella bebió un sorbo de café y asintió a algo que debía estar pensando.

—Gracias —soltó de repente.

—¿Por qué?

—Por contarme lo que pasó aquella tarde, por abrirte conmigo y que me permitieses entrar en tu pasado.

—Me gustaría hacer las cosas bien, Tony, si me lo permites. —No estaba muy seguro. Tras su encuentro con Muriel por momentos iba perdiendo más el equilibrio—. Estoy seguro de que cometeré errores.

—Somos personas y los errores nos hacen imperfectos, además, ¿quién lo es? —Su sonrisa, como sus ojos, lo recogieron con una ternura que hacía tiempo que no experimentaba. Ella ladeó la cabeza—. No estás bien, Conor.

Al verse entre la espada y la pared, tomó una decisión.

—Me tengo que ir, ¿vale? —Debía solucionar sus problemas mentales él solo, no quería meter por medio a Tony—. Nos vemos.

Se despidió de Abby y salió al exterior, donde el aire no le llegaba a los pulmones.