Capítulo 25
T ony salió a la carrera de su casa para saber dónde se había metido Conor. Sus pies la guiaron a Main Street y de ahí a la bandstand , aunque cerca de la casa de Flora se paró.
«Déjate guiar por el corazón, te conducirá a él», le había dicho.
Lo que la frenó fue el viento, que parecía observarla desde lo alto cohibiéndola y arrastraba oleadas de ansia, pues Tony sabía que era conocedor del paradero de Conor.
Respiró hondo y como si el aire se pegara a su cuerpo como la lluvia caliente de verano, la empujó a continuar recto, pero por algo tomó la esquina que llevaba a otra calle y a pocos metros de distancia se levantaba la casa familiar de Conor, que durante años había estado cerrada, pero sin luz en el interior y al estar oscureciéndose era como un fantasma, salvo por la luz de las farolas que la iluminaban un poco, por lo que pudo distinguir que la puerta estaba abierta.
Cogió aire por la nariz y lo soltó lentamente.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, caminó por el empedrado del jardín delantero y luego subió las cuatro escaleras del porche y entró.
El interior olía a polvo, a cerrado, el ambiente estaba muy caldeado por esos días de intenso calor y se notaba que hacía años que nadie la ventilaba ni que entraba la luz del día.
En la oscuridad, fue caminando con cuidado, algunos tablones crujían bajo su peso.
—¿Tony? —La voz de Conor no sonaba muy lejos.
Ella fue hacia el lugar de donde procedió la voz que no era otro lugar que el comedor.
Era la única parte que una farola iluminaba bastante bien y ella comprobó que había pasado tiempos mejores: algunos muebles estaban al descubierto, mientras otros estaban tapados con grandes sábanas blancas que los convertían en espectros de aquella otra vida, donde sus habitantes llenaban cada esquina de la casa con conversaciones, risas o peleas tontas de hermanos.
Había caído en la decadencia debido a las consecuencias de un hombre que solo pensaba con su pene.
Sin dilaciones ni entretenimientos se acercó a él para comprobar que estaba bien y parecía que sí. Estaba sentado en el suelo con las piernas estiradas frente a la chimenea.
—No la encendí por miedo de provocar una gran humareda —le comentó él.
—Antes de usarla hay que limpiarla. —Era lo lógico.
—¿Cómo sabías que estaba aquí?
—Llámalo intuición.
—Eso es lo que me falta a mí —suspiró, cansando—. Cuando vine a Cold Spring pensé que nada malo podía pasar.
—¿Qué pasó?
—Nada que puedas arreglar.
Tony estaba a nada de perder la paciencia con ese hombre.
—Conor, aprende esto: no soy idiota, a lo mejor a otra mujer le puedes mentir en la cara, a mí no. —Se calló lo que Flora le había dicho de Muriel—. Has caído de nuevo en el mutismo.
—Es lo que hay cuando no puedes deshacer el pasado. —Ella no intervino, lo dejó que hablara—. Quiero estar solo.
—No pienso moverme de aquí. —Si él era cabezón, ella era cabezona al cuadrado.
—Va a ser mejor que lo hagas.
—¿Es que vas a inmolarte? —Se cruzó de brazos adelantando el pie derecho.
—Pues… ¿Cómo piensas eso?
Harta, se acercó a la cornisa de la chimenea donde había dos candelabros con sus velas y abrió la caja de madera en la que la abuela de Conor guardaba las cerillas.
Antes de poder encender una vela, tuvo que probar tres cerillas, a la cuarta se hizo una tenue luz en el comedor.
Después, volvió a junto él, sentándose cerca y lo que vio la sorprendió: las líneas alargadas de su rostro estaban alicaídas, sus labios eran una línea fina y sus ojos estaban vacíos, algo que le apretó el corazón y la dejó sin aliento, provocando que un nudo se enlazara entorno a su garganta.
Le entraron ganas de llorar al verlo tan abatido, rendido a todo sin ganas de luchar.
—Tienes que olvidar y perdonar —le aconsejó con la voz quebrada de dolor por verlo así y con la impotencia de no poder hacer nada.
—No puedo con mentiras de por medio —le respondió.
—¿Mentiras?
—Sí y de las gordas. —Levantó una mano—. Antes de que digas nada, me enfrenté al pasado y me ha dado repugnancia.
—No dejes que te consuma.
—Lo hacen las mentiras que él forjó alrededor de nuestra familia.
Tony no se pudo contener más.
—Viste a Muriel. —No lo preguntó, lo afirmó.
—No la vi, se acercó a mí con toda su cara, reprochando cosas a través de mentiras que mi padre le fue contando. —Eso hizo que los claroscuros endurecieran más su expresión.
—Es una entrometida.
—Y se cree la única.
—Se cree la persona más importante del pueblo. —Hacía mucho tiempo que Tony pasaba de ella.
—No me refiero a eso, se cree que fue la única amante de mi padre, cuando él tuvo un collar de cuentas, cada una de ellas era una amante. Mi abuela lo tenía muy vigilado y nos lo contó a Taylor y a mí, es más nos dijo que en un mes podía tener más de diez mujeres. Una por día, no hagas las cuentas.
—¡Ostras!¡qué fuerte! —No pudo contener esa exclamación—. ¿Puede ser posible?
—Eso parece, la verdad que ni de asco probaría. Pero se cree importante porque recibió de mi padre lo poco que le pudo dejar, a Taylor y a mí nos desheredó, no a mi madre, que tuvo que acceder como viuda a la parte que le correspondía y el resto se lo dejó a ella.
Cuando Conor terminó, Tony aprovechó para contarle lo que había pasado esa misma primavera con Muriel, al esconder a un hombre que era perseguido por la policía.
—Es una mala pécora —le dijo Tony—, y no deberías escuchar lo que escupe por la boca, aunque sé que estás sensible al recordarlo todo.
—Soy yo el que tiene que deshacerse de toda esta mierda.
—No estás solo en esto, Conor.
—Es mejor que te vayas.
—No pienso dejarte a solas con tus fantasmas.
—Es lo mejor.
En un arrebato, ella se levantó y cerró las manos en puños, inclinando el cuerpo hacia delante harta de que el pasado y sus fantasmas se interpusieran continuamente en su vida.
—Esto es lo que más me repatea de la gente, ese «solo», y que no se deje ayudar teniendo personas a su lado dispuestas a echarle una mano o a sostenerlo si todo se complica y a luchar con él.
¡No estás solo! Métetelo en la cabeza de chorlito que tienes, el pasado no mueve molinos y las aguas que ahora mismo surcan el río Hudson no son las mismas que hemos visto la otra noche antes del amanecer.
Todo fluye y nosotros también. Esto fue lo que aprendí cuando te fuiste, me costó soltarte, porque fuiste el primer hombre del que me enamoré de verdad; me marcaste para bien y para mal.
Me aferré a eso que me gusta, a eso que me hacía bien, viajé, abrí una tienda y luego te presentaste otra vez delante de mí y sin poder evitar que volvieses a entrar en mi vida.
Fue un golpe para mí, por eso el rencor con el que te recibí, pero estoy aquí por ti, para mostrarte mi apoyo, porque no has sido el único que ha sufrido.
¿Quieres estar solo? —Por fin cogió aire tras haberle echado esa reprimenda con la que le contaba la verdad de todo—. Ahí te quedas.
Sin dudarlo ni un minuto más, sopló la vela y le concedió su deseo.
Le dolía verlo en esas tesituras, bajo una tristeza tan cruda, sin embargo, no podía hacer nada si él no quería, por lo tanto, sobraba.
Caminó muy enfadada por el jardín y con el corazón en vilo; nunca había visto a una persona tan encerrada en sí misma.
—Mi abuela me ha acercado a ti, porque jamás se olvidó de ti ni yo tampoco.
—Conor salió detrás de ella y con esas palabras la paró en su marcha—.
Sí, he estado con más mujeres, este tiempo no he sido un santo, pero a ninguna las llegué a amar del modo que hice contigo, y desde que he llegado, te has vuelto a convertir en todo mi mundo, uno del que no quiero salir, pero también entiendo que no tenemos nada y quiero dejarte espacio para que no me eches fuera de tu vida y eso que quizás me lo merezca.
Por un lado, te quiero alejar para no repetir los mismos errores del pasado, pero al mismo tiempo me quiero acercar a ti, todo me empuja a ti.
¡Joder! —exclamó él—. Te quiero lejos y todo me acerca más a ti.
—Ella se giró y se acercó a él—. Doy vueltas a tu alrededor, como si fuera tu satélite.
Movida por una mano invisible y con el corazón empujando en el pecho, que parecía marcar el paso, sintió como algo tiraba por ella, la aguijoneaba para ir hacia a él y sin más remedio lo hizo a grandes zancadas; le rodeó el rostro con las manos.
Lo besó, cogiéndolos a los dos de improviso.
Primero fue un roce, aunque en cuestión de segundos, tras el primer impacto fue Conor el que entreabrió los labios y ella aprovechó para hacerlo más profundo, ya que llevaba tiempo que sentía que algo palpitaba entre ellos.
Enredó las manos en su cabello y lo besó con avidez, con hambre, mientras que la danza erótica de sus lenguas despejaba todos aquellos años de separación.
Ella aspiró su aliento, su calidez como propios, y dentro de ella, se sintió natural y correcto, como si siempre hubieran estado destinados a unirse por una fuerza mayor a ellos, que no permitió que entre ellos muriese el amor y la pasión que iban cogidos de la mano.
Ese beso era el eco de promesas de amor que jamás se habían diluido en la línea espacio tiempo, era un beso con la promesa de que dudaría para siempre, porque no había nada más secreto y dulce que un beso inesperado que había nacido entre dos corazones.
Los nervios, las espinas del pasado y esa atracción que siempre los había rodeado, además de fluir entre sus cuerpos y que ambos habían retenido con cadenas, explosionó en mil pedazos salvando las posibles barreras que cada uno pudo haber puesto.
De ahí, que sin romper el beso, él la alzó del suelo y por instinto ella entrelazó las piernas en sus caderas, así entraron de nuevo en la casa y Conor con el talón cerró la puerta.
Sentándola en el mueble de la entrada, él abandonó la boca de Tony para rodar sus labios por el cuello y bajando hasta la clavícula y vuelta a subir otra vez.
Ella se estremeció entre sus brazos al sentir su lengua, al besarla con los labios abiertos.
—Conor —suspiró.
Su nombre era tanto una plegaria para que siguiese como para que parase, así, todo, al mismo tiempo.
No podía luchar contra la repentina sensación de que estaba conectada a él por algo mayor que ellos mismos, por algo tan antiguo como mágico, basado más allá del placer, puesto que ninguno buscaba la saciedad, porque se trataba de algo más profundo: amor.
Tony tomó una bocanada de aire en la que la inundó de su aroma, aquel que la atraía muchísimo y de la cual no era inmune a la vez que notaba que las manos de Conor le quemaban la piel al colarse por debajo de la camiseta.
Subían y bajaban por la espalda, antes de acariciarle la cintura para después subir y ahuecarle los pechos, sensación que hacía años que añoraba y no se dio cuenta hasta esos instantes en los que el ambiente ardía sobre sus cabezas.
Él se separó de repente, mirándola fijamente con los ojos prendidos en las llamas del deseo, y en ellos Tony pudo ver reflejado el amor.
—Dime que pare o no habrá vuelta atrás.
A ella no le costó pensar.
—Que no haya vuelta atrás.
Él se quedó sin palabras, así que la besó intensamente y con todo el sentimiento del que fue capaz, a la par que ella se entregó a sus brazos, se quedó sin aliento y gimió de un modo que a Conor le arrebató la capacidad de pensar a medida que se ayudaban a medio desnudarse: las camisetas volaron, le sacó el sujetador al tiempo que ella le abría los vaqueros y el sonido metálico de la cremallera rasgó el aire que los rodeaba originando que la anticipación fuera mayor; ella también le ayudó a que le bajara el short.
Cuando la ropa ya no fue ningún obstáculo entre ellos, Conor le besó el pómulo, le acarició los labios con los suyos y se hundió en su interior.
Tony gimió y arqueó la espalda, desesperada por olvidar que se había rendido.
El poco hielo que tenía dentro procedente de ese pasado en común y que mucho fue desapareciendo con la cercanía que habían tenido antes de ese momento, empezó a derretirse ante su ardor y jadeó desesperada en la boca de él, en cuya garganta se perdió su gemido.
Los labios de Conor eran tan bonitos, los sentía tan dulces sobre los suyos que se diluía en ellos como con cada embestida que la alzaba al mismísimo cielo.
Él deslizó la boca por el pómulo de ella hasta su oreja.
—Aunque te parezca imposible —jadeó—, vuelvo a desearte.
—Él la embistió un poco más, luego paró para confesarse—.
Quiero que sepas que los amaneceres que me encontraban delante del ordenador, con su belleza dorada, si eso es posible en una ciudad como Nueva York, me recordaban a ti y en cada mujer que salió de mi cabeza hay algo tuyo.
Jamás te olvidé. —Lo que no fue capaz de decirle fue que los odiaba.
Cada mañana le recordaban que empezaba un nuevo día y que no podía vivirlo a su lado como se habían prometido.
Pero con el paso del tiempo y, sobre todo, desde que había regresado a Cold Spring, los rayos del sol se convirtieron en una bendición, en la prueba viviente de que tenía una segunda oportunidad para convertirse en un hombre mejor.
Le acarició la curva de la espalda y la abrazó con más fuerza, para que sus pechos se apretasen contra su torso y eso la excitó más, tanto que apenas podía respirar y si no tenía un orgasmo pronto enloquecería, pero él pensando lo mismo o eso creyó ella, comenzó a embestirla como un poseso con la frente apoyada en su hombro.
Al fin, con un temblor en las piernas, la lujuria y el anhelo que llevaban tanto tiempo conteniendo vaciaron sus cuerpos y el orgasmo duró una eternidad o eso le pareció a Tony; durante ese tiempo Conor la sostenía mientras no paraban las sacudidas de sus cuerpos.
Abrazados, hasta que sus cuerpos se enfriaron, se deleitaron con la sensación de estar unidos.