Verano en Cold Spring Capítulo 20
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Capítulo 20

A l abandonar la Casa Gris con Flora apuntando lo que se debía hacer para tenerlo todo listo para el día de la presentación y la primera lectura, ellos volvieron al coche en dirección a Main Street, pero a una zona donde no había casas, sino una gran arboleda que separaba dos calles.

Conor paró el coche y se desabrochó el cinturón.

—¿Qué haces? —Había dejado a Tony desconcertada.

Él acercó su rostro a ella y le dio un beso en la mejilla.

Los dos, sin saber el uno del otro, cerraron los ojos disfrutando de ese cálido roce, disfrutando de una cercanía que aparecía con bastante frecuencia y que había que aprovechar cuando surgía de modo espontáneo como ese.

Conor, sin separarse de ella, apoyó la frente en su sien y ella añoró el roce de sus labios sobre su piel, Tony retuvo el aliento en los segundos que había durado y hasta notó que el corazón se le había parado.

—Gracias —le susurró al oído.

—¿Por?

—Por haber ayudado durante estos días.

Ella tomó aquello como la inminente despedida.

—¿Esto quiere decir que tus días en Cold Spring están contados? —Se separó de él para mirarlo a los ojos.

Sus ojos negros la observaban como lo hacían en el pasado a corazón abierto, sin ambages y que pudiera leerle el alma.

—No, esta vez no me iré —despejó esa duda que, por un segundo para Tony, se había convertido en miedo.

Ella asintió con la vista clavada al frente—.

Gracias. —Volvió a decirle. —Al girar el rostro la punta de la nariz casi rozó la de él y sus ojos ya estaban un tanto húmedos—.

Gracias por dar vida al mundo que creó mi abuela, si te viera estaría orgullosa, pero esto no sería posible sin ti, por eso quiero pedirte que la primera lectura la hagas tú.

—¿Yo? —Tony quedó ojiplática, nunca se habría esperado una petición como esa.

—Sí, eso dije. —Sonrió con timidez.

—No, ni de coña. —Se podía morir de un ataque de vergüenza—. No, qué va.

—Te he oído recitar fragmentos de memoria y les das la entonación perfecta…

—Puedes decírselo a la bibliotecaria, lee mejor yo. —Ella no quería esa presión.

—Te quiero a ti. —Aquellas palabras pararon el tiempo y los dos transformaron el coche en una burbuja que solo podían habitar sus corazones.

—No —musitó ella.

—Debes ser tú, conoces las historias mejor que yo, hazlo, por favor —insistió él sin descanso.

—Estás muy cabezón —le riñó con cariño.

—Por favor. —Puso voz y ojos de cordero degollado.

—Lo pensaré —claudicó.

—Con eso me es suficiente. —Le dio otro beso en la mejilla.

Eran besos espontáneos que poco a poco iban arrancando algunas espinas de su corazón.

***

Fueron paseando por Main Street y pararon en la heladería de Leslie para coger unos pequeños vasos con dos bolas cada uno.

Los de Conor no habían cambiado en ese tiempo, por lo que se fijó Tony le seguían gustando chocolate con menta y naranja, si fallaba la última, se le añadía nata.

Aquello la hizo sonreír, en el fondo de aquel hombre aún residía el joven que había conocido.

Fueron a la bandstand y se acercaron a la baranda de hierro para observar el transcurso tranquilo del Hudson.

El olor a tierra mojada, más el del mineral de las piedras, que separaban esa zona del agua, picaban en la nariz, pero eran los olores, junto a la hierba húmeda, que en esa parte se podían oler y disfrutar, igual que el sol, a su manera, se bañaba en la aguas azul profundo del río.

—Dime, ¿cómo es que eres la heredera de la Casa Gris? —Él estaba dispuesto a esclarecer ese misterio que no sabía.

—¿Estás dispuesto a oír la historia? —Tony se guardaba un as bajo la manga.

—Por supuesto, quiero que me sorprendas.

—Vale, tú lo has querido. —Soltó una risilla nerviosa—.

La Casa Gris es una de las residencias originales de Cold Spring y la más distinta por el color de sus piedras, y fue construida por sus primeros habitantes, Nathaniel y Meredith.

Ellos tuvieron hijas y así se llega, con el paso del tiempo, a Candice Nightingale y su famosa desaparición.

—La dama gris. —Conor reconoció la historia.

—Exacto y de ella es, realmente, de donde se divide el linaje Nightingale y el Merriwick otra vez, aunque todas las mujeres llevamos algo de la gran Meredith Nightingale.

—¿Cómo es eso?

—Según cuenta la historia familiar, una anciana viajera, la última de una familia de poderosas brujas, usaba sus dones para ayudar a los demás, pero enfermó gravemente, y a medida que se acercaba la luna de halo rojo —esta luna era su opuesto y por eso podía arrebatarle todo—, sus dones comenzaron a desvanecerse.

Llegó a Cold Spring, donde todos los residentes la rechazaron, excepto Meredith Nightingale, quien la acogió en su casa y le mostró lo que era la bondad verdadera.

En agradecimiento, la viajera le explicó cómo la luna estaba destruyendo sus poderes.

En sus últimos momentos, mientras Meredith le tomaba las manos para consolarla, descubrió que la viajera sostenía un amuleto y ella le contó que el amuleto era lo único que la protegía del poder de la luna, pero que ahora estaba demasiado débil y debía dejarse ir de este mundo.

Pero antes de expirar su último aliento, aquella viajera le pasó sus dones y, por extensión, a todo su linaje femenino y le dijo que esos dones conllevaban la responsabilidad de ayudar a los necesitados.

—Lo que hace Flora, ayuda de manera desinteresada a extraños y a desconocidos.

—Sí, y ahora viene la mejor parte: aquella señora le advirtió a Meredith que la luna de halo rojo regresaría, y cuando lo hiciera, la única forma de detener sus efectos sería mediante el amuleto.

—¡Espera! —Asombrado, Conor se giró hacia ella, apoyando la cadera en la baranda—. Esa es la historia de la hechicera en los libros de mi abuela, ¡increíble! Para ese personaje se inspiró en Flora —afirmó él sin poder salir de su sorpresa.

—Tu abuela era amiga tanto de Flora como de su madre, a quien conoció muy bien. ¿Cuál de las dos le contó esa leyenda? —Tony se encogió de hombros—. No lo sabremos, pero está claro que la hechicera de esos libros como el amuleto pertenece a las familias Nightingale y Merriwick.

—¡No me lo puedo creer! —Estaba flipando y a la vez maravillado con todo lo que acababa de escuchar y cómo Tony había atado cabos entre la realidad y la ficción—. Este regreso está siendo mejor de lo esperado.

—¿Y eso? —El corazón de Tony ante su afirmación se calentó.

—He visto a personas que hacía tiempo que no veía, me he alejado de las exigencias del trabajo y de fechas límites, creo que me he encontrado a mí mismo, saber a dónde he pertenecido siempre, cuál es mi lugar en el mundo y me ha permitido saber que eres una fan indiscutible de las historias de mi abuela, pero hay algo que falta.

—¿El qué? —Eso la desconcertó, para ella no faltaba nada.

—¿Y tú me lo preguntas? —Al moverse para quedar frente al río, los rayos del sol se prendieron en el pelo rubio de Conor. El sol se dividía entre el río y ese hombre tan atractivo que disfrutaba de un helado.

—Es que no sé a qué te refieres.

—Muy sencillo, hay un símbolo que aparece en todos los libros.

—Me acuerdo, el corazón anudado al símbolo del infinito.

—Eso es —asintió él con la cabeza.

—A lo mejor es invención de tu abuela. —Le dio un suave codazo—. Tenía mucha imaginación.

—Lo sé.

—La misma que heredasteis Taylor y tú. ¿Lo sabía?

—¿Qué éramos escritores? —Tony asintió metiendo la cucharilla hecha de abedul, la misma madera de que estaban hechos los depresores linguales de los médicos, en la boca—.

Sí, claro, y se emocionó al leer la primera novela de Taylor; la mía no la leyó entera, la dejó a medio terminar.

Pero me llevo sus buenas palabras, cada vez que estaba con ella me daba consejos, ideas de todo tipo, era fantástica como lectora, pero ni con esas dejaba de ser escritora.

—¿Conservas esos apuntes?

—Sí, me lo mandaba escribir. —Se rio al recodarlo—.

Por eso me gustaría que leyeses la novela, no solo como fan, sino que te conocía y siempre recodaré la firmeza con la que me repetía que te llamase, que debía recuperarte, pero no podía hacerlo.

—Tony tragó con fuerza y él bajó la cabeza, avergonzado, como escondiéndose de las palabras que le estaba confesando, como si no quisiera que lo viera—.

No podía porque era un torbellino de sentimientos y ninguno bueno.

Tardé tiempo en deshacerme de todo ello. Fue una lucha cruenta.

—Yo…

—No tienes la culpa de nada, Tony, quédate con eso, no fue culpa tuya ni mía tampoco.

Ella se quedó callada y no supo que decir, pues la había dejado de piedra con aquel comentario, con esa confesión que aunque llegase tarde despejaba años de dudas incluso de remordimientos y alguna que otra culpa que se echó sobre los hombros y como una idiota no se atrevía a mirarlo.

Tony carraspeó para cambiar de tema y salir de ese mutismo que a ella la alejaba.

—¿Cómo se pueden buscar los ladrillos con los símbolos? Es complejo.

—Tú lo has dicho, es imaginación, porque no se me ocurre que un constructor de chimeneas hiciera eso en Cold Spring.

—Nunca digas nunca.

—Entonces te creo, hay que buscar el ladrillo perdido. —La miró, echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que a Tony la hizo flotar.

No sabía que pasaba entre su cabeza y su corazón, pero aquello estaba tomando tintes extraños que no sabía cómo manejar.

—Tendremos que revisar todas las chimeneas del pueblo que no son pocas —continuó con la broma, pero no recibió respuesta y al mirarlo Conor había empalidecido—.

¿Qué pasa? —Sin decir nada miró a donde él lo hacía y vio paseando a Muriel, que se quedó parada al verlo, como si viese un fantasma—. ¿Conor? —Le puso una mano en el brazo.

—Me tengo que ir, Tony, lo siento.

—Pero… —A ella no le dio tiempo de añadir nada más, se fue como una exhalación y Muriel fue testigo de aquella huida y sonrió.

¿Qué sucedía ahí?