Verano en Cold Spring Capítulo 18
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Capítulo 18

E sa noche era especial por dos hechos muy simbólicos:

Primero, era la primera noche sin luna del verano.

Segundo, era el tránsito entre dos meses, julio y agosto, el que empezó a forjar los cambios en la naturaleza de cara al otoño sin que los ojos del hombre se percatasen de ello.

Esa noche, mientras todo Cold Spring estaba durmiendo y con la sensible compañía del río Hudson, una sombra se adentró en una antigua propiedad en la que los más pequeños jugaban, sobre todo, en esas fechas próximas a Halloween.

Hacía décadas que no se abría, que sus puertas estaban apuntaladas como algunas ventanas, otras, esas más altas, estaban intactas como si el tiempo cuidara de ellas y no las destrozara.

Fue andando por el camino de asfalto hacia la puerta de entrada que nada más empujarla, se abrió sin esfuerzo, como si alguien la dejara sin echar la llave a la espera de su llegada.

Dentro la casa olía a polvo, a cerrado, allí en donde la luz de las farolas se atrevía a acceder dejaba entrever muebles antiguos, sábanas raídas, los cristales de las lámparas moviéndose sin razón, pues no había ninguna brisa.

Sobre la vieja chimenea había un pequeño candil de plata que todavía funcionaba.

Ella lo encendió y fue iluminando la casa allí por donde pasaba.

La madera del suelo estaba intacta, desnuda sin ninguna alfombra, no chirriaba, los pasos sonaban fuertes, de igual modo que si se hubiera colocado el día anterior.

Alzando la luz, se podía ver que con el paseo una nube de polvo se había levantado después de años de encierro en sí misma, de que nadie se atreviera entrar y todo el mundo la viera como la grandeza que una vez habitó en Cold Spring.

Pero entre sus paredes, en los escalones que subían a los pisos superiores y entre las piedras que la sostenían y no le permitían venirse abajo para que se mantuviese inalterable desde su época de construcción, era objeto de historias de amor o desamor, maldiciones, y de viejas leyendas que despertaban admiración, aunque todo el mundo escapaba incluso de su sombra.

Era hora de que la Casa Gris recuperase su esplendor.

Había llegado el momento en que había que deshacer las telarañas y que su magia brotase de nuevo.