Verano en Cold Spring Capítulo 17
46%

Capítulo 17

T ras aquel descubrimiento con Conor, Tony se preparó para la quedada con el resto de mujeres del consejo de Cold Spring que se había organizado hacía bastantes meses atrás y estar con ellas le vendría de maravilla, ya que así saldría y se podría deshacer del embrujo que le lanzaba Conor.

Ella todavía podía sentir la fuerza con la que la había agarrado, como la cercanía de sus cuerpos y sus alientos que, en otro momento, en otra época, sabía que podía terminar con un beso en los labios.

Ahí estaba lo que le rondaba, lo que picaba en su boca, pues en el sótano lo hubiera besado tras haber hallado lo que buscaba.

Pero no podía sucumbir a él, la había hecho sufrir y lo que hacía era prestarle—que no darle—su ayuda por un buen motivo.

Pero no podía obviar la manera en la que su cuerpo vibró por dentro al romper todas las barreras entre ellos en el bosque.

Había sucedido por el miedo, aunque lo que quedó fue reconocimiento.

Por muchos años que pasaran, él había quedado grabado en cada palmo de su piel y solo necesitaba de segundos o minutos para acordarse de un hombre que sí le había dado placer, pero también un dolor al que no quería regresar.

Con esos pensamientos salió de casa y sin poder sacarlos de la cabeza llegó a la cafetería de Kendall e Imogen.

Como siempre, las chicas habían dispuesto varias mesas para que todo el grupo estuviera más cómodo.

En el ambiente flotaban olores como el de pasteles recién horneados que se mezclaban con todo lo que había traído Shannon que era salado, creando una atmósfera acogedora, como estar en casa, que siempre tenía la cafetería.

—¡Hola! —las saludó a todas.

Todas la recibieron con grandes sonrisas, y entre besos y abrazos. A esa reunión habían acudido: Dita, Shannon, Teresa, Lilian, Sarah y las dos dueñas de la cafetería. Cloe no pudo asistir porque se iba con su marido a Manhattan.

—Tony, una pregunta, ¿sabes si la madre de Conor vendrá? —se interesó Lilian.

—Él vino solo…

—Lo sabemos —la interrumpió Teresa guiñándole un ojo.

—Se hospeda en casa de Flora. —Sarah también estaba al tanto.

—Sí, lo que me dijo fue que su madre tenía intención de venir, como su hermano mayor, pero no me dijo cuándo, lo siento. —Si hubiera sabido que ellas estaban interesadas, podría haber indagado—. Siempre le puedo preguntar, si queréis.

—Nosotras no lo vemos con frecuencia, así que hazlo —asintió Lilian—. Antes deberían arreglar la casa.

—Aunque no sé si le haría gracia volver a dónde todo pasó —matizó Teresa.

—Han pasado muchos años, pero los recuerdos todavía pueden permanecer —habló Sarah que iba dejando el misterio en el aire.

Tony se sentó frente a las tres mujeres con intención de saber más.

—¿Qué recuerdos? —se le adelantó Kendall, lo cual agradeció para no quedar de cotilla.

—Solo diremos que el idílico matrimonio de sus padres hacía aguas por todos lados.

Tony, por unos segundos, dejó de respirar antes aquella respuesta. ¿Qué era lo que sabían y ella no?

—¿Qué les pasó? —Al fin encontró la voz y el valor para formularla.

—Como diría Flora: a veces hay que dejar las cosas como están. —Esa respuesta por parte de Lilian provocó que Tony quedara con más ganas de saber.

—Flora nunca diría eso —soltó Imogen colocando una jarra de limonada y de té helado tradicional sobre la mesa con el gran reclamo del verano Arnold Palmer , que no era otra cosa que té helado combinado con limonada.

—Lo que digo es que, en el momento justo, la verdad sobre el pasado se impondrá —las interrumpió Flora. Todas sonrieron al verla.

—Ven, siéntate —le ofreció Shannon.

—Hoy no me puedo quedar, tengo que ir a hablar con Martha, me requiere para algo. —Flora no borró la sonrisa—. La próxima no me la pierdo. —Tras decir eso se despidió.

Tony, al verla marchar, se sirvió un buen vaso de Arnold Palmer y estaba tan buena que repitió.

—¿Qué tal con Conor? —quiso saber Dita.

«Nos hemos convertido en la comidilla del pueblo, ¡GENIAL!», se gritó para sí misma.

—Bien, sin más. —Se encogió de hombros.

—Aún encima que te ayudó con el escaparate… —recriminó Shannon, mientras apretaba mucho los labios para no reírse.

Tony se había puesto colorada.

—Lo hizo porque le dio la gana, nadie le mandó. —Saltó como una liebre.

—Veo que sigue siendo solícito, como de jovencito. —Asentía lentamente con la cabeza Teresa.

—En eso se parece mucho a su abuelo —sentenció Lilian.

—¡Vale! —Imogen levantó las manos interrumpiendo la conversación de sus amigas—. Lo siento, pero ya no puedo más —se disculpó—. Este secretismo puede con mi paciencia, ¿qué leches os pasó? Y no digas «nada» porque no me lo creo.

Tony las miró a todas, una por una, y algo en su interior le dijo que debía hacerlo. Ese grupo de mujeres siempre estaban dispuestas a escuchar y a ayudar. También se lo debía a Shannon, pues las dos habían caído en el mismo error: no contarse una parte determinada de sus vidas.

A veces hay que poner palabras a la tristeza o al dolor para que aflojen sus cadenas.

—Lo tengo que contar. —Se resignó a lo que era un hecho.

—Estamos contigo. —Shannon la cogió de la mano.

Antes de hablar, Tony bebió su vaso de Arnold Palmer para que le diese valor. Con un asentimiento de cabeza, comenzó:

—Conor y yo estuvimos juntos, fue el primer chico con el que tuve una relación seria y formal, aunque también fue el primer chico que me rompió de verdad el corazón.

—Como introducción estaba genial—. Todo ocurrió cuando íbamos a empezar la universidad; él se quedaría aquí en la universidad de Nueva York, y en mi caso me fui a Cornell.

—Eso no suena bien —la interrumpió Dita—. Yo comencé la carrera con uno y terminé el primer año con unos cuernos más grandes que el padre de Bambi.

Todas se rieron, incluida Tony.

—Habíamos hablado de prometernos antes de entrar en la universidad, porque los dos sentíamos una fuerte conexión que veíamos que otras parejas no tenían, nos compenetrábamos en todo.

—Bajó la cabeza—. Nos resultó muy fácil conocernos, descubrimos que teníamos gustos muy parecidos, disfrutábamos de lo mismo y nos divertíamos a nuestra manera.

Así que, cuando surgió ese tema yo tenía por seguro que no le iba a poner los cuernos, ni él a mí.

—¿Por qué la universidad lo estropea todo? —lanzó la pregunta Imogen, moviendo los ojos en busca de una respuesta.

Todas permanecieron en silencio.

—El problema no fue la universidad. —Se sirvió otro vaso y bebió para hacer correr los recuerdos y aligerar las palabras, además para que las emociones aflojaran la garganta, pues hablar de él tras su regreso, después de tantos años, no era tarea fácil—.

Él me había advertido que cuando llamara a mi casa y me pidiera quedar en el Dockside Park sería por algo muy importante para nuestras vidas.

—El anillo —intuyó Kendall.

Tony asintió.

—Pero un anillo que nunca tuve, de un chico que nunca apareció.

—Bebió un poco para no sentir pena por aquella Tony con tantas ilusiones y un corazón ingenuo que sufrió lo indecible—.

Lo siguiente que supe fue que se había marchado de Cold Spring esa misma noche y no volví a saber nada de él hasta que regresó.

—¿Por qué tienen que ser todos unos cabronazos? —Shannon apretó los labios negando con la cabeza.

—No lo sé, pero al tenerlo aquí de nuevo toda esa historia me remueve por dentro, porque recuerdo —se dirigió a Lilian, Teresa y Sarah—, que todos, sin excepción, me mirabais con pena.

—Claro que sí —asintió Sarah.

—Fuiste la que pagó todas las consecuencias. —Teresa la observaba con tristeza y arrepentimiento.

—Eráis la pareja perfecta, de esas que pocas veces surgen; eráis la viva imagen del amor y todos nos ilusionamos, vivíamos vuestra historia, porque os vimos nacer como quien dice —explicó Lilian con el corazón abierto—. Daba gusto veros, pero sentimos la pérdida tanto como tú.

—Lo deberías haber contado antes, Tony —dijo Imogen.

—Podríamos haber hecho una reunión de estas, pero de carácter urgente. —Dita puso encima de la mesa que ellas estaban ahí para todo.

—Lo sé, y lo agradezco, pero aún me estoy mentalizando que ha regresado al pueblo y que lo veo día sí y día también.

—Terminó el vaso de Arnold Palmer , que era el tercero o eso creía ella—.

Pasar el tiempo nos empuja a hablar de ese pasado que tengo enterrado, o no tanto como creía hasta ahora, porque todo fluye a su lado y me agobio cuando lo que quiero es dejar atrás aquella maldita historia.

—Deberías haber hablado con nosotras antes de embarcarte en todo esto. —Aquellas palabras de Imogen no la molestaron.

—No —sentenció Kendall que hasta ese momento había guardado silencio—.

Hay un momento oportuno para todo, pensad en esto: vosotras no conoceríais mi historia con Jake si él no viniese aquí con el certamen de cocina.

Es más, Imogen era la única que la conocía y podía seguir siendo aquí, porque, ¿a quién le gusta remover el pasado?

Tampoco hubiera sabido de la relación de Shannon con Jake.

—Cierto, cierto. —A Lilian no quedó más remedio que darle la razón.

Todas asintieron a esas palabras de Kendall: tenía razón, el pasado había que dejarlo donde estaba.

—Yo no me acordaba de esta historia, a saber, por dónde estaba o lo que estaba haciendo. —Dita se encogió de hombros—. ¡Qué jodido el destino! Va y te lo trae décadas después.

—¡Oye!, ni que fuésemos tan viejas —la amonestó entre risas Shannon.

—Un respeto a la edad y a las de más edad, gracias. —Les guiñó un ojo Lilian.

Luego de las risas que compartieron, Dita añadió:

—Para lo que necesites, aquí estamos.

—Lo sé y os lo agradezco, pero creo que si pasa algo tendré que ser yo la que tome las riendas y tome las decisiones. —Eso lo daba por sentado.

—Sé que no soy Flora —dijo Lilian con precaución y más seria de lo normal—.

Pero también sé algo sobre el amor, casi sesenta años al lado de mi marido así lo muestran, y por ello y por la experiencia que tengo, solo te puedo decir que te dejes fluir como el Hudson, con él procura no sacar ese pasado que has revivido, y deja que sea el destino el que marque el paso, el que dictamine el final, porque hagamos lo que hagamos no podemos influir en él.

Tony asintió sopesando lo que había dicho Lilian y en el fondo tenía razón.

—Aun así, me parece un cerdo —soltó Imogen chasqueando la lengua y estirando las piernas por debajo de la mesa.

—¿Te sigue gustando? —le preguntó Shannon.

Esa era la pregunta que todo el mundo podía llamar «la del millón».

—No. —Su lengua se había soltado demasiado rápido.

Su corazón lo había retenido en su interior y le dictaba lo contrario, pero ella creía que nada podía nacer o renacer entre espinas.