Capítulo 16
T ony echó a caminar sin mirar atrás ni esperarlo, quería salir de allí, aunque fuera volando, ya que cada vez que sacaban el pasado, ella notaba como su alma y su corazón perdían altura y se acercaban peligrosamente a los antros más oscuros de la tristeza, esos que había habitado años atrás y a los cuales no quería volver.
Lo que Conor no sabía eran las consecuencias que tuvo su desaparición: no poder comer, si lo hacía vomitaba; llorar sin poder dormir; remordimientos por algo que no estaba segura si había cometido a la vez que su mente se afanaba por buscar en qué erró; culparse sin lógica.
Cuando poco a poco dejó la pena atrás fue cuando aprendió a sonreír para esconder lo que le pasaba por dentro y para no mostrarle a nadie lo mal que podía estar.
Tanto su abuela como Flora la habían bautizado la sonrisasinsabor .
Esa que te engañaba haciéndote creer que todo estaba bien cuando por dentro se estaba desolado.
Aprendió que era fácil engañar a la gente.
Fueron bajando por el bosque, como si este les fuera indicando el camino que debían seguir, poniéndoles nuevos senderos o abriendo otros que ya nadie recordaba.
Las horas pasaban sin que se dieran cuenta de nada, mientras que se iban contando anécdotas y encontrando rincones que hacía mucho que ninguno veía.
—¡¡¡TONY!!! —gritó Conor avanzando rápido para abrazarla por la cintura y evitar que se cayera por el estrecho sendero con piedras puntiagudas—.
Está bien, no ha pasado nada. —Los nervios los carcomían por dentro.
A ella el corazón le latía a mil por hora, la sensación frustrada de terminar con los huesos clavados en esas piedras, que la miraban con un peligroso deseo, originó que un sudor frío le recorriese la columna, como el miedo y esa sensación le erizó la piel, ya que puedo haber terminado muy mal parada si llegase a caerse.
La culpa: de Conor, por haber sacado el pasado y metida en ese bucle no sabía por dónde pisaba.
Pero sentir como su fuerte torso la mantenía firme la relajó, aunque de pronto comenzó a temblar como una hoja y no podía parar—.
Estás a salvo, ya pasó, ha quedado en un susto.
Ella giró el cuello, él la estaba mirando a los ojos y le dio un vuelco el corazón al ver la preocupación y el miedo reflejado en su mirada oscura, pero era muy táctil, la sentía en sus mejillas y en sus labios que comenzaron poco a poco a querer que la besase.
Esa sensación, ese anhelo con sus alientos convertidos en uno, provocó que se separase de él.
—¡Suéltame! —Forcejeó para deshacerse de su agarre.
—Casi te caes —recriminó él todavía con el susto en el cuerpo.
—Estoy de una pieza y no soy una muñeca articulada. —Le arreó un codazo y se soltó.
Él se encogió de dolor y soltó sin apenas aliento:
—La próxima vez dejaré que salgas rodando como un bolo. —Sin hacerle más caso e incorporándose enfadado, pasó por su lado y bajo aquel calor, el aroma de él, mezclado con las finas partículas de sudor, se intensificó.
En ese mismo instante también le sonó el móvil en el bolsillo del pantalón, pues en el bosque no se perdía la cobertura.
¿Cuándo es el consejo de mujeres?
Había escrito Dita hacía pocos segundos. Tony se dispuso a escribir, pero Shannon se le adelanto:
Quién pueda hoy, que levante el dedo.
Tras ese comentario, muchos pulgares hacia arriba aparecieron. Ella así lo hizo y siguió a Conor que avanzaba a grandes zancadas y a ella, con las piernas cortas, le costaba seguirle el ritmo.
—Espera.
—Lo que tú digas. —Ni caso, él siguió caminando.
—¿Quieres esperar?
—No —le contestó cabreado.
—No seas caprichoso, no te pega —le reprendió sin querer.
Él paró y se giró, cabreado. A ella siempre le había gustado como su rostro de líneas largas se endurecía en cuanto apretaba la muelas, pero allí en medio del bosque, con los rayos del sol prendiéndose de su pelo rubio aumentaba el atractivo y ella notó como otra vez la atracción, que había sentido de forma incipiente cuando la agarró, se terció más fuerte pues tiraba de ella para romper la distancia que los separaba, ya que pese a que nunca lo iba a reconocer en voz alta la preocupación que él había manifestado hacia ella no había sido nada fugaz, sino sincera y eso le había tocado el corazón.
—¿Caprichoso? —Alzó las cejas y entre sus labios se asomó la punta de su lengua, que captó enseguida su atención y la llevó a respirar hondo.
¿Qué le estaba haciendo? ¿Por qué se había vuelto irresistible tan de repente?
—. Yo soy el caprichoso cuando lo que hice fue salvarte de una buena caída y que tuviera que llevarte al hospital, porque hay piedras, no sé si su majestad las ha visto, pero que te quede claro, cuando estés conmigo procuraré que no te pase nada. ¿Eso es un pecado? Si lo es, dímelo.
Ella, a medida que él no paraba de echarle un buen discurso, se fue acercando a Conor con lentitud y al llegar a su altura le acarició la mejilla con lo que él se calló.
—Eres Batman, el caballero oscuro que salva mujeres.
—Lo que hay que oír.
—Te agradezco que me agarrases, aunque no lo demostré muy bien.
—Me pegaste —le recordó solo para molestarla.
—Lo siento, me puse nerviosa.
—Lo sé, yo también.
¿Era posible que los dos notasen que entre sus cuerpos no podría pasar ni una ligera brisa? Aquella y otras cuestiones se le plantearon a ella sin ser capaz de responder a ninguna.
—¿Qué te parece si comemos? —propuso para alejarse otra vez de él, aunque para su sorpresa, él retuvo unos segundos más su mano en la mejilla como si su tacto lo reconfortase.
—Vale. —La miró más relajado.
Buscaron el sitio propicio y eligieron sentarse debajo de un árbol antiguo, cuya frondosa copa, si se observaba con atención, tenía forma redondeada, tipo champiñón.
—Este lugar es perfecto —asintió Conor dejando la mochila en el suelo—. Esperemos que no nos ataquen las legiones de bichos.
—Te has vuelto muy finito. —Ella no lo recordaba así y, aunque se mordió la lengua, terminó por decir lo que pensaba—: Te has convertido en un señorito de ciudad.
—No es cierto, pero tampoco quiero comer y bracear a la vez. —Sacó las bolsas, le tendió lo que ella había escogido y luego sacó lo suyo.
—Quiero ver esa película. —Tony se sentó encima de la hierba, al igual que él—. «Conor y el ataque de los bichos mutantes», el nuevo taquillazo de Steven Spielberg. —Se rio.
—La simpatía no te olvida.
—Me acompaña. —Él le sonrió de forma sincera y amplia; esa sonrisa que siempre le creaba las mismas líneas de expresión: esas que le rodeaban la boca y sí, le encantaban y continuaban haciéndolo.
Ella apartó la mirada y se centró en el sándwich.
—¿Qué hacemos en esta parte tan baja del bosque? —quiso saber él, observando el entorno que los rodeaba en aquellas horas donde las cigarras todavía no soltaban su estruendoso canto.
—Con el fragmento que te dije de memoria, me acordé de algo esencial en las novelas: el árbol de la eternidad. Desde el primer libro, El amuleto de la hechicera , se asocia ese árbol con el collar mágico que afanosamente todos en Springville buscan, porque quien lo encuentre…
—Tiene asegurada la felicidad para el resto de sus días —finalizó él por ella.
—Sí. —Pegó otro mordisco al bocata—. Pero ese árbol con ese mismo nombre lo he visto en alguna parte y no sé dónde.
—Es cierto que oí hablar de él, pero nadie lo vio nunca, es más, creo y no me equivoco, que ni Flora se tropezó con él. —Se encogió de hombros—. Me da que es un cuentecito que de real tiene poco. —Puso en duda la veracidad de ese árbol.
—Se describe como un árbol que ejerce una fuerte atracción y tiene unas profundas raíces.
—Puede ser ficción, Tony, está claro que mi abuela cogió Cold Spring y recogió todo lo que se contaba y se hablaba para crear el mundo de Springville .
Ella asintió con la cabeza, aunque por dentro estaba segura que había visto ese árbol, juraría que en una foto antigua que conservaba su abuela.
Por eso, después de comer no continuaron en el bosque Foster, pues ya había quedado demostrado que podía ser el parque de los deseos, y ella sin tiempo que perder, condujo el scooter a casa, donde se encerraron en el sótano.
Gracias a Conor abrieron un poco los ventanucos, aunque ninguno supo si fue buena idea, ya que el aire que entraba ardía.
Tony rebuscó entre las cosas de su abuela que había conservado casi de todo; incluso libros antiquísimos guardados en cajas que, por supuesto, no los vendería jamás. Aunque los subiría para echarles un ojo.
—¡Un parasol! —Conor lo abrió y se paseó un poco, no sin estornudar—. Sabes que hay objetos que sirven para una exposición, ¿verdad?
—Eso parece.
—Si cuando lo revisemos todo…
—No, he quedado esta noche, así que dentro de un rato me tendré que arreglar.
—¡Ah!, vale, pues otro día revisaremos esto y se puede hablar con la dueña de la sala de exposiciones.
—Sería buena idea. —No le desagradó.
—¿Qué buscamos? Hay varios cuadernos, pero ningún álbum de fotos antiguas.
—Cuando encuentres uno, dímelo. —Tony abrió otra caja donde había puntillas y encajes hechos a mano, como otras labores de calceta y bordado, y debajo descubrió varias carpetas de piel.
Al revisarlas, entre los papeles, se podían ver los ácaros sin hacer mucho esfuerzo, pero entre ellas vio lo que estaba buscando—. ¡Aquí está!
Fue junto a Conor con una foto en la mano. Era antigua, tal y como recordaba, de un mes de agosto sin año; la tinta se había perdido con el paso del tiempo.
—¡Al fin! Entre tantos tratos apareció.
—No son trastos, son reliquias familiares.
—Sí, bueno, eso, que después de un largo etcétera apareció, ¿quiénes son? —Señaló con el dedo a la pareja de recién casados.
—Es mi tataratataratataraabuela, Catherine Nightingale, con su esposo. Se casaron bajo el Árbol de la Eternidad, donde grabaron sus iniciales con un corazón en el tronco, lo que significa…
—Que su amor perduraría para siempre —la interrumpió Conor.
—Ahí está y debido a ello, todas las mujeres de la familia siguieron esa tradición.
—Pero, —se rascó la nuca desconcertado—, tú eres una Merriwick.
—Sí, tiene una historia particular, porque su marido era un Merriwick y ella una Nightingale.
Los dos linajes ya estaban separados cuando se casaron, por eso no hubo ningún problema de consanguinidad y sus descendientes sacaron lo mejor de los dos linajes.
—Se giró hacia él, encantada—. Creo recordar que mi abuela decía que ella también había grabado sus iniciales, no sé.
—Se encogió de hombros—. A lo mejor estoy soñando despierta.
—Y crees que este árbol, —volvió a señalar la foto—, es el que mi abuela asocia con el medallón.
—Exacto, es más, en toda la trilogía.
—Tetralogía —la corrigió él con una sonrisa.
—No, es en la trilogía —insistió—. Es en El medallón de la hechicera , por lo tanto, el árbol de la Eternidad también tiene su parte en la historia, por eso aparece al final, cuando la chica enamorada encuentra al hombre que siempre había permanecido a su lado y al cual amaba.
—¡Leches! —Conor se llevó las manos a la cabeza—. Se me había olvidado, es verdad.
—Y si observas con atención la foto, verás el pozo de los deseos. —Señaló una parte que aparecía en la foto—. Por lo tanto, el árbol y el pozo, de algún modo desconocido, están unidos.
Conor negó en silencio, muy contento.
—Es el final de la tercera, donde todo queda explicado.
—Así es.
—Tony, no me pegues ni me tires nada a la cabeza, pero hacemos un buen equipo.
—La mente pensante soy yo. —Levantó el dedo.
—No me cabe la menor duda. —La miraba embelesado.
Bajo el encanto y la alegría que desprendía Conor, el corazón de Tony quedó suspendido en el tiempo.