Capítulo 15
I ncluso después de salir de la casa, allí, en ese pedazo de piel donde se habían posado los labios de Conor, le escocía, le hormigueaba y no se podía sacar el modo en el que un sosiego de otro orbe la alcanzó y la envolvió de pies a cabeza como si hiciera mucho tiempo que estuviera embrujada y con aquel gesto él lo hubiese roto.
Pero Conor estaba muy lejos de ser un príncipe de cuento.
«Más bien es maléfico», se apuntó para sus adentros Tony al tiempo que buscaba un casco para él. Y por si no era suficiente no paraba de repetir mentalmente que él era un peligro con patas al que debía mantener alejado como fuese.
Entre pensamientos y por la rabia que le produjo que le gustase tanto —en el fondo—aquel beso, dio con un casco que le podía valer y adolecía de feo.
Era de un verde fosforito que se podía ver a lo lejos y dañaba la vista.
Era muy parecido en cuanto a forma al de la Mosca Atómica, la de los dibujos animados. Bajó y él la esperaba en el vestíbulo.
—Este te valdrá. —Se lo dio para poder coger el suyo que era muy cómodo.
—Menudo color. —Lo observaba, lo giraba, esperando que cobrase vida.
—Lo que tiene de feo, lo tiene de cómodo —mintió con un descaro impropio en ella, pues siempre hablaba con la verdad por delante, aunque, no se acordaba si era cómodo o despertaba dolor de cabeza.
Conor se dio por vencido y cuando ella abrió la puerta de casa, él se lo intentó poner en un primer intento, un segundo y al tercero empujó con tanta fuerza, que cuando se le encajó casi con un golpe, lo percibió como si se le cayera un aerolito del cielo. Literalmente.
—¡Joder qué dolor! —exclamó con los ojos muy apretados.
—No tienes alma de motorista —bromeó Tony, ya que sabía que era difícil de colocar.
—Me oprime la cabeza —se quejó él.
—Eso es porque eres muy cabezón, no tengo la culpa.
—Mi cabeza no es el problema, sino este casco que parece salido de la segunda guerra mundial. —Tenía pinta de orinal con una prolongación que bajaba por las orejas y rodeaba la parte baja de la cabeza.
—Da gracias que lo tengo, que, si no fuera así, irías a patas.
—Me están doliendo las orejas, nunca las noté tan pegadas a la cabeza.
—Pues hazte una operación estética de cráneo, ¿qué quieres que te diga?
—Me diste el más estrecho.
Ella fingiendo frustración con él y pasándoselo pipa por dentro, le dio una explicación algo más técnica.
—Tiene que quedar bien por si hay algún accidente.
—Seguro que no tenemos ningún accidente, pero va a resultar muy difícil de sacar. —Él movía la cabeza para los lados y sin necesidad de hacer mucho esfuerzo, debido a que notaba que le pesaba, lo cual era peligroso por lo sensible que estaba siendo a la fuerza de la gravedad.
—Como no te lo puedas quitar, te puedo asegurar que no te conozco y por pena te he llevado al bosque y allí que las alimañas hagan contigo lo que quieran.
—No seas exagerada. —Él movió los ojos hacia los lados antes de mirarse al espejo—. ¡Joder! —Pegó un pequeño brinco.
—¿No te reconoces? —Metió los labios hacia dentro para evitar prorrumpir en carcajadas.
—¡Soy la Mosca Atómica! —No se lo podía creer.
—Ya decía yo que me sonabas a alguien.
—¡Qué simpática!
—Se me conoce por mis bromas. —Ella asentía con la cabeza cogiendo la mochila que había preparado tras el desayuno—. Vamos.
—Menuda vergüenza.
—Vergüenza ninguna, nadie te reconocerá y si lo hacen no se olvidarán de tu cara.
—Seguro que no.
***
Como era temprano, en la calle apenas había vecinos, algo que a Conor lo hizo respirar con tranquilidad.
Se montó detrás de ella sin decirle que era su primera vez en un scooter y que no estaba seguro de si aguantaría el peso de los dos y, así, se dirigieron a la parte alta de Cold Spring, donde las construcciones del hombre daban pasado a la naturaleza del Valle del Hudson.
Tony conducía con cuidado hasta que tomó una curva con bastante velocidad, por ello Conor decidió soltarse del agarre trasero y abrazarla.
—¿Qué tienes? —preguntó ella al notar su agarre un poco más fuerte a cada segundo.
—Estoy… —Buscaba la palabra correcta para no ofenderla—. Nada, esto es una «sorpresa». —Esa última palabra no la dijo con mucha seguridad.
—Y eso no que has visto nada. —Tony consciente de lo que se venía, al conocer de memoria el camino, el cual no era muy largo, sonrió al saber que no la podía ver.
Tony siguió la carretera como indicaba la señal, pero él aun así se agarró más a ella. Iba demasiado rápido y lo peor fue cuando se le cruzó un perro y ella dio un frenazo que casi lo lanzó por los aires.
—Lo siento —susurró divertida.
Quería gritarle con todas sus fuerzas que parara, que le permitiera bajar, que era joven para morir dando varias vueltas de campana en el aire y que no estaban en la Fórmula 1. Conor estaba sudando y, como si no bastara, ella siguió en su locura al manillar.
—¡Cuiiiiidadooo! —Estiró la palabra al notar que se caía del scooter en una nueva curva.
—Tranquilo —contestó en un alegre canturreo—. ¡Eres un gilipollas! —gruñó ella.
—¿A quién le has llamado gilipollas?
—A Mark, era el del coche y nos saludó haciendo gestitos con los dedos.
Conor no se atrevió a rebatir nada, solo esperó que no faltara mucho en llegar al bosque y por suerte para él así fue. Tras la última recta, allí estaba uno de los lugares más especiales de Cold Spring.
***
Tony, tras sacarse el casco, desmontar y ponerle la cadena a la moto, observó el bosque Foster con las frondosas copas de los distintos árboles que le daban vida y que se mantenían impertérritos bajo su mirada.
Siempre le habían parecido gigantes que cuidaban de Cold Spring y sus habitantes, pese a que era una prolongación de lo que se veía desde allí.
Si se giraba contemplaría ese paisaje de colinas onduladas, que modificaban el horizonte, bañadas por una neblina dorada por los rayos del sol que quedaba atrapada entre la espesura de la naturaleza, con el río Hudson, dueño y señor de esas tierras, brillando cual cinta de plata envejecida, pues en sus aguas pasadas y nuevas quedaban atrapadas las historias de la gente que convivía en paz con él y su valle.
En ese mosaico de verdes intensos, se entraba en la naturaleza más salvaje y profunda que podía proporcionar el valle del Hudson y un reducto era el bosque.
—La sofisticación de la ciudad no tiene nada que hacer cuando te encuentras con estos paisajes que empequeñecen el alma —dijo en un susurro.
Ella no pudo responderle porque era cierto. Al girar la cabeza hacia él vio que no se había sacado el casco.
—¿Tienes miedo que se desprenda una rama? —No daba crédito.
—No.
—Sácate el casco, por Dios.
Él así lo hizo, aunque tenía gracia verlo forcejear y tirándose de la cabeza como si se la quisiera arrancar. En cuanto lo consiguió, Tony lo puso en la parte baja del scooter con el suyo para luego adentrarse en el bosque.
—Hace mucho que no vengo por aquí —comentó ella observando como los rayos del sol se filtraban entre las copas creando claroscuros, acariciando con delicadeza las hojas como si les diese ese «buenos días» para que se desperezasen bajo su candor.
En un silencio cómodo, se adentraron en esa espesura que olía a tierra húmeda, donde la frescura propia de la naturaleza de montaña rozaba la piel con un beso invisible que alejaba el calor de la carretera y al mismo tiempo era el sentimiento de ese paisaje agreste que se sentía para extraños y propios como vivo, vibrante, lo que se hacía más patente en esa estación del año: el verano.
Los dos, sin darse cuenta, miraban hacia los mismos sitios descubriendo que por los huecos en los que se filtraba el sol la vegetación cobraba el verde esmeralda más bonito del mundo.
Siguieron el sendero formado hacía siglos por las ruedas de los carros, donde la hierba crecía en la franja del medio más elevado que el de los lados y acompañados por el trinar de los pájaros, el ruido de la madera, como si los saludaran a su paso, pues en su abismal memoria podían recordar a esa pareja de jóvenes que se citaban en ese bosque cuando querían estar solos, refugio de su incipiente amor.
Mientras con el cambio producido en el pasado para ellos dos, en esos instantes solo era un refugio refrescante en plena efervescencia casi sin importancia, evitando de ese modo que los recuerdos del pasado compartido anegaran sus mentes.
Así llegaron al claro del bosque en el que sol se adueñaba de la vegetación como de la tierra y con ese calor tan característico de la naturaleza, Tony se deshizo de la mochila para sacar el cuaderno.
Contempló como los rayos de sol poco a poco o según había un movimiento aparentaban ser puentes que unían la tierra de los vivos con la de otros orbes invisibles y eso le recordó algo.
—Árboles que protegían su corazón, sauces llorones y otros, en el lugar donde se enteró que había heredado, y el mismo donde besó al hombre que residía y abrazaba su corazón —narró de memoria uno de sus fragmentos favoritos de «La Maldición de la Hechicera».
—Te acuerdas de memoria. —Aquello había dejado alucinado a Conor.
—Sí —reconoció sin esfuerzo—. Son los primeros libros que me engancharon de verdad.
—Volviendo a la realidad como a lo que les llevó hasta allí, abrió la libreta y con ojos rápidos releyó los apuntes—.
Creo que tu abuela se inspiró en el bosque Foster para crear el Parque de los Deseos.
—Levantó los ojos de la libreta y lo miró, estaba sonriendo encantado con lo que veía, era como si el antiguo Conor hubiera regresado.
Tony agitó la cabeza para poder continuar—: Si te das cuenta, en Cold Spring no hay ningún parque que tenga esas características, tampoco el bosque, aunque si caminamos un poco más adelante hay bancos.
Pero lo que hace que sea el parque de los deseos es que según cuenta la leyenda local, es en este bosque donde está el Pozo de los deseos, que ya nadie recuerda.
—Nosotros lo vimos —afirmó Conor, sujetándose a las asas de la mochila. Era verdad, cuando se graduaron y antes del aniversario de su noviazgo, paseando por el bosque el pozo se les apareció—. ¿Se cumplió tu deseo? —preguntó en voz baja, casi en un suave susurro—. El mío no.
Ella permaneció durante un rato callada, perdida en ese recuerdo que sintió como la piedra que se lanzaba sobre la superficie del agua e iba dando saltitos antes de hundirse.
Para ella fue un momento mágico e inesperado, debido a que no todos los habitantes de Cold Spring lo vieron, y ella lo había tomado como señal de buena fortuna, ya que el pozo solo se les aparecía a los puros de corazón y «también a aquellos que están unidos por un amor verdadero», le había contado su abuela.
Pero eso era, un recuerdo mezclado con una leyenda que no supuso ningún cambio en la realidad, salvo uno que la destrozó al creer que el amor que compartía con Conor era invencible.
—No, no se cumplió —dijo al fin, apretando las muelas para contener el aluvión de emociones.
Para ella todo lo sucedido después, a parte del dolor, supuso no permitirse amar y no tener una nueva oportunidad en el amor.
Había conocido hombres, aunque con ninguno fraguó nada, para ella era un alivio tener esa parte de su vida congelada—.
Aquello ya pasó. —Miró a la libreta y encontró de inmediato lo que quería contar para alejar lo que Conor había dicho, pero no del todo—: Según la leyenda, cualquier pareja que arroje una moneda al pozo tendrá una relación feliz.
Muchas parejas lo han hecho a lo largo de los siglos, aquí debo reconocer que no sé cuándo son los primeros registros en los que se menciona el pozo, habría que preguntarle a Flora.
Sin embargo, no todas tuvieron tanta suerte, a veces el pozo pone inconvenientes.
—Como nos pasó a nosotros. —Él no pudo callarse el comentario.
«Y dale otra vez, este tío es una pesadilla», bufó para sí misma.
—Ya te lo dije, Flora puede tener una respuesta.
—Hablaré con ella.
Tony no se pudo contener más y arremetió contra él cual fuerza de la naturaleza.
—¿Por qué metes el puñetero pasado? —gritó, desesperada.
—Nosotros lo vimos, Tony.
—No vuelvas a hacerlo.
—Es fácil en la teoría, pero difícil cuando en cualquier esquina soy capaz de vernos sonreír, reír o compartiendo un beso. —Se pellizcó el puente de la nariz—. ¿Crees que es fácil para mí?
—Por lo visto sí.
—No lo es, porque con cada uno de ellos, me entran ganas de abrazarte, de besarte y pedirte que te sientes y que me cuentes todos tus secretos, porque quiero conocer mejor a la mujer en la que te has convertido y sé que esta situación la provoqué yo.
—Cierto.
—Y me lo dejas claro cuando en momentos como este me miras recordándome que fui el culpable.
Ella le dedicó una mirada asesina en la que se percibía un atisbo de dolor.
—Para no sentirte un mierdecilla, no lo vuelvas a hacer; cada vez que el pasado se interpone me arrancas el corazón y si estamos aquí es por tu abuela, no por nuestra historia.
—No sé, pero parece que todo va unido sin remedio.
—Pues entonces no lo hagas más difícil y quédatelo para ti. —Cogió la mochila y se puso a caminar.
Tony se dio cuenta de que: a veces las personas están conectadas por algo más grande y todos tenemos cicatrices, bien en el cuerpo, bien en el corazón, y el miedo a que estas últimas se abran atemoriza a que a lo mejor no se pueda escapar del dolor.