Capítulo 13
C uando se despidió al último cliente, Tony y Conor seguían colocando, ya que tuvieron que parar porque había llegado el enorme letrero para poner en el frente de la tienda, con el nombre que le correspondía, siguiendo la idea de Martha, de convertirla en un lugar reconocible para los fans de las novelas.
Luego, con una decisión unánime, pusieron las cartas de Houdini en el escapase y su artífice fue Conor, que las puso de un modo que a Tony ni se le hubiera ocurrido.
Era verdad cuando se decía que dos cabezas piensan más que una.
Había que reconocer que a veces era maniática con la tienda; ella debía colocar ciertas cosas, ni Abby la desmontaba, lo quería de un modo y a su modo, no había vuelta de hoja, pues todo debía tener una estética.
Pero lo que había conseguido Conor era sacarla de su zona de confort y coger él las riendas y no le quedó más remedio que rendirse, pues incluso con la tienda ya cerrada, algunos turistas se paraban para observar la baraja.
—He hecho un buen trabajo. —Conor no necesitaba que nadie lo dijera, él mismo se coronaba con flores.
—Eso parece. —Tony metió las manos en los bolsillos traseros de su pantalón pirata.
—Fantástico, creo que vas a tener buenas ventas.
—¿Es que has trabajado en una tienda?
—No, ¡qué va! ¿Quieres comer algo antes de irnos a casa?
Tony parpadeó varias veces; la estaba invitando a cenar.
—No, ya me como un bocadillo cuando llegue a casa.
—No acepto esa respuesta, ya que aún debo quitar unos estantes, así que comeremos juntos el bocadillo, dónde tú quieras. —Asintió con un golpe fuerte de cabeza.
Conor salió y la dejó sin palabras. Siempre había sido un chico impulsivo y cabezota que cuando se le metía algo entre ceja y ceja era imposible pararlo y eso en el pasado siempre le arrancaba carcajadas, sonrisas, porque nunca se sabía lo que se le pasaba por la cabeza.
Pero hiciera lo que hiciera siempre terminaba de la misma forma: un beso.
Siempre terminaba con un beso.
Agitó la cabeza para separar esos pensamientos que no venían a cuento de nada y se centró en quitar los objetos para cambiar los estantes.
No podía permitirse el lujo de que el pasado ganara terreno, aunque lo hiciera poniéndola nerviosa como se sentía en aquel momento.
Era más: ya no podría mirarlo a la cara.
Conor llegó casi media hora después con dos bolsas.
—La cena ya llegó —anunció contento y se fijó que Tony lo había apartado todo para tener más espacio—. Me podrías haber esperado.
—No soy de las que contemplan las musarañas. —Ella, en cambio, no lo miró a la cara debido a esos recuerdos que él desenterraba.
—Vale, pues ahora para y llenemos el estómago. —Levantó las bolsas—. ¿Adónde vamos?
—Al almacén. Allí la gente no nos verá y no le daremos la oportunidad de que se atrevan a llamar a la puerta para comprar algo. —Razonó, pues no era la primera vez que le sucedía eso.
—¿Hacen eso, aunque el cartel diga cerrado? —Él no podía creérselo.
—Sí, si fuera por ellos esto sería una tienda de antigüedades veinticuatro horas.
Al entrar, Tony se acercó a la bolsa que Conor había dejado sobre la mesa y nada más oler el rico aroma de los bocatas calientes, se le despertó el estómago, pero para calmarlo, primero bebió un sorbo de agua de una de las botellas.
Cuando al fin pegó el primer mordisco percibió el crujir del pan y como se fundía el queso sobre las lonchas de beicon y las de lomo. ¡Hacía tiempo que no comía ese bocata!
—Tony no te pregunté, ¿qué tal tus padres? —Se interesó él, mientras daba buena cuenta de la comida.
—Muy bien —contestó con la boca media torcida para que no se le viera la comida, y tragó.
—No los he visto —dijo Conor como quien habla del tiempo.
Ese comentario consiguió que ella dejase de masticar durante un buen rato, pues le había molestado, aunque se calló.
Los padres de él y los Tony se conocían, de algún modo, sus madres eran viejas amigas, pero no le daba derecho a preguntar por ellos como si se tratasen de unos vecinos que veía todos los días.
Hizo acopio de todo su autocontrol para no pegarle la contestación que se merecía y decidió responder con la mayor delicadeza que le fue posible:
—Porque no están. Con el tiempo, los turistas los agobian bastante, entonces siempre hacen algún que otro viajecito para salir una temporada del pueblo. En unas semanas ya andarán por aquí.
—Y vives en casa de tu abuela. —Al fin podía hacer la pregunta que llevaba tiempo queriendo formular.
—Sí, cuando murió arreglé todos los papeles de la herencia y para mí sola tengo más que suficiente. —Ella tampoco iba a quedarse callada—. ¿Qué vais a hacer vosotros con la casa que tenéis en el pueblo? —Él no se lo podía tomar a mal, hablaban de casas.
—Nada —soltó con rapidez y brevedad.
—¿Vais a dejar que se consuma en sí misma? —Por lo que sabía Tony, no era que la casa estuviera en malas condiciones, pero necesitaba más de un arreglo porque se notaba que hacía muchos años que nadie vivía en ella.
—No, mi hermano y yo queremos ponerla al día, limpiarla, segar la hierba, llamar a profesionales que nos digan cómo está la red eléctrica, las tuberías, y todo eso. Creo que a Taylor le gustaría regresar.
—La podéis alquilar.
Él negó con la cabeza mientras bebía un sorbo de su Coca-Cola.
—Vendremos para aquí, o eso me imagino; al menos es lo que le oí decir a Taylor. Según él, en Cold Spring puede concentrarse mucho más.
—Puede ser muy cierto. Muy sabio tu hermano.
—Sí, de palabra, porque él trabaja en la ciudad y se quedará el fin de semana, pero yo me dedico al cien por cien a la escritura, así que estaré por aquí, aunque tenga que ir a la ciudad. No pienso gastar dinero en una casa para luego no vivir en ella.
—¿Y tu madre?
—Seguro que vendrá también, siempre le gustó mucho Cold Spring, más que la vida en Manhattan. Dejó muchas y buenas amistades aquí.
—¿Por qué os fuisteis sin avisar a nadie? —La pregunta salió sola y solo cuando se oyó formularla se dio cuenta que no debería haberlo hecho.
Debía estar más pendiente de lo que soltaba por la boca y no solo eso, sino controlarse de verdad. Había sido una bocazas y cuando entornó los ojos hacia él lo vio tenso, empalado en el asiento, sin parpadear y sujetando el bocadillo de una forma como si fuera una balsa salvavidas.
—Problemas que no sabía que había en mi familia. —Fue una respuesta escueta, demasiado para la curiosidad de Tony. Una parte de ella quería unir los pedazos del pasado para tener el puzle completo.
Abrió la boca para decirle un «lo siento», sin embargo, él se adelantó.
—Seguro que mi madre vendrá, tiene amigas y gente conocida de toda la vida y no dejará escapar la ocasión —terminó de responder la anterior pregunta y así desviar el tema.
Ella lo observó mientras hablaba y vio cómo tensaba la mandíbula, abría las aletas de la nariz y mantenía la vista clavada en el frente como si viera algo que solo él podía.
Quizás recuerdos. No dijeron nada más a partir de ahí, pues el silencio se interpuso de un modo tan frío que no permitía cambiar de tema.
Aun así, Tony percibió a un hombre que de verdad era distinto al chico divertido y luminoso que era, el Conor con el que cenaba tenía luz, pero también muchas sombras que guardaba con celo, como si quisiera esconderlas de todo el mundo y lidiar con ellas él solo.
La parte compasiva y comprensiva de Tony deseó poder cogerle de la mano, dedicarle una sonrisa y abrazarlo, aunque con los años supo que la gente preocupada solo necesitaba a una persona que se sentara a su lado en silencio. Eso fue lo que hizo.
Continuaron cenando y cuando terminaron volvieron al trabajo. Conor sacó uno de los estantes y lo bajó. Había que agrandarlo para poder colocar todos esos objetos mágicos que Tony quería poner a la venta.
—¿Y esa mochila de cuero? —Conor volvió a hablar mientras la contemplaba sin tocarla, debido a la apariencia vieja de la piel.
—Estaba en el lote en el que venía la baraja.
—¡Perteneció a Houdini! —exclamó con sorpresa.
—No, fue propiedad de otro mago que asombró a Houdini.
—Dai Vernon —respondió Conor de inmediato y sin pensarlo, ya que se lo había escuchado a Taylor—. Es el único ilusionista que de verdad engañó a Houdini y es conocido por los magos de todo el mundo como «El profesor».
—Tampoco, porque tras un truco fallido el mundo se olvidó de él y de su nombre.
—Vaya. —No dejaba de mirarla—. Interesante.
—Los objetos que compro para la tienda deben serlo, deben ser entes con historia propia y que busquen a su dueño adecuado.
—Y tú los ayudas. —Tony notó un cosquilleo en la cara ante la mirada de sus penetrantes ojos negros.
Ella sonrió en un intento de obviar la manera en la que la miraba.
—Puede decirse, sí.
—Siempre supe que hicieras lo que hicieras harías magia y con esta tienda lo haces.
—Gracias por el halago —titubeó por ese cumplido que le dedicó Conor.
—No lo es. —Él se giró hacia ella y la miró con ojos de reconocimiento y con un brillo similar al orgullo.
Ella se quedó prendada de él, a quien podría observar durante toda la eternidad, pues sus ojos siempre habían tenido un gran influjo sobre ella. Él fue el primero en separar la mirada.
—No me mires así —dijo Conor.
—¿Cómo?
—Como si pudieras leerme el alma y encontrar mis secretos más oscuros.
—Su voz había sido un murmullo apagado y con esa simple frase Conor la alejó poniendo una barrera que parecía insalvable.
¿Qué era lo que escondía? Tony se encontró de pronto con la necesidad de preguntarle, de indicarle que podía fiarse de ella para que se los contase y así poder repartir la pesada carga que percibió que él sostenía.
Un triple silencio se asentó entre ellos: el silencio de la tienda, el silencio de los secretos que jamás debían ser descubiertos y el silencio del pasado—. Debo irme.
—Mañana subiremos al bosque Foster…
Tony no supo si la escuchó, pues él salió como una bala.