Capítulo 12
E l día de Tony había terminado bastante bien.
Luego de contarle a Conor las viejas teorías y lo que ella creía que eran las localizaciones en Cold Spring, algo que a él lo fascinó y que no contradijo, pero les llevó a repasar los libros con cierta minuciosidad, aunque fuera de memoria, fueron hacia a la bandstand .
Allí pudo comprobar que lo que opinaba Tony era cierto, pues el parecido que tenía con la descripción del libro era bastante evidente.
—Mi abuela se inspiró en este sitio concreto —dijo.
—No podemos echar los pájaros a volar solo por un parecido, nos quedan por encontrar varios todavía, pero vamos, así de primeras podemos decir que se inspiró en aquello que conocía.
Tras eso, no quedaron para el día siguiente, sino para el domingo, porque Tony quería estar presente en la tienda, algo que Conor comprendió.
Las horas que había pasado con él, por mucho que quisiera pasar de Conor y verlo como un simple hombre al que debía ayudar, no lo vio así, sino a un nieto que estaba dispuesto a todo por cumplir el sueño de su abuela y llevarlo más allá.
Estaba protegiendo un legado que quería que todo el mundo conociera y si eso pasaba por estar juntos, parecía no importarle.
Se había convertido, en esos años que no se vieron, en una persona celosa de su familia, dispuesto a todo por ellos y hacer sentir bien a la gente con la que estaba, pues así lo notó en sus propias carnes, ya que poco a poco él fue cogiendo confianza y el tiempo se encogió hasta hacerla sentir que nunca se había marchado.
Una parte de ella, la desconfiada, le advertía que él seguía siendo el mismo chico que una vez le rompió el corazón, por eso, más pronto que tarde le dio miedo acercarse demasiado a él; no podía olvidarse de los días oscuros que vivió por su culpa.
—Pon una barrera y haz que saque los higadillos por la boca —se azuzó a sí misma.
Aun así, no se podía olvidar como por momentos la miraba con cierta fascinación y era como si no quisiera hablar para permitirle que se explayara.
A la mañana siguiente, más fresca que una lechuga, le envió un mensaje bastante urgente:
¡Hola, Conor!
Entre hoy y mañana no podré ayudarte
con las localizaciones, tengo que estar en
la tienda y no puedo ausentarme.
El día anterior se habían intercambiado los números, no para nada romántico, ¡no estaba tan necesitada!
, sino para avisarse de algún que otro descubrimiento o para fijar una hora exacta en la que quedar o por si surgía algún problema como era el caso.
Y no iba a dejar su tienda para tener contento a Conor.
Books, Bells and Antiques era todo su mundo.
De acuerdo. Sin problema.
Lo retomamos cuando puedas.
—¡¡¡QUÉ!!! —exclamó enloquecida y apretando el móvil a causa del emoji que había incluido con el mensaje: ese que guiñaba un ojo y lanzaba un beso en forma de corazoncito—.
Tío ¿tú eres tonto o te lo haces?, ¿por qué me pones ese emoji?
Ya lo sé, eres un bienqueda, un caradura que lo que pretende es hacer la pelota para que no te mande a la mierda, cosa que debería haber hecho cuando vi tu careto de lagartija.
Ponle ese emoji a quien te dé la gana, a mí no, ¡¡¡¿estamos?
!!! Conmigo lo mínimo imprescindible, ¿me entiendes?
—le gritó al móvil sin apenas respirar—. ¡Gaznápiro!
Soltó el móvil como si quemase y se sirvió la tercera taza de café, tanta cafeína no le iba a sentar muy bien, pero procuraría no dárselas con nadie, a no ser que Conor apareciese, entonces las cosas cambiarían mucho.
¿Qué pretendía? Había dado con la respuesta, un bienqueda que pretendía congraciarse con todos siendo falso.
Por otro lado, si lo pensaba fríamente un emoji no representaba nada, todo el mundo los ponía por inercia, de ahí, que a veces no se les diera importancia.
Nada más terminarse el café, montó en el scooter y se fue a la tienda.
Ese día iba a recibir muchos envíos y muy especiales, pues una semana antes había encontrado, además de comprado muchos productos interesantes para Halloween y algunos los aprovecharía para ponerlos en los escaparates y en las estanterías o en las mesas del interior para llamar la atención de los turistas y que se animaran a comprar algo.
Era cierto que Halloween siempre duraba muy poco.
Cuando llegó, entró sin abrir al público y el olor a las velas perfumadas, a los objetos antiguos, creaban un ambiente único, mágico; sabía que al traspasar sus puertas para muchos era adentrarse en otro mundo sin salir de Cold Spring.
Se metió en el almacén con la finalidad de hacer sitio para cuando llegasen los pedidos y cogió el portafolio en el que iba apuntando los que iba a cambiar y en dónde lo pondría, para que no desentonasen unos artículos con otros, ya que era algo que no soportaba.
—¡Hola, hola! —la saludó Abby con las manos llenas con dos vasos de café y una caja de dulces, que dejaban un rico olor a recién horneados.
—¿Qué traes? —Fue decirlo y el estómago se le despertó.
Abrió la caja que habían hecho Imogen y Kendall y vio dos dónuts pegados.
«¡Joder!, ¿qué le ha dado a la gente con los dónuts?», protestó para sus adentros, pero sus manos ya habían cogido uno, mientras que Abby cogió una napolitana de crema.
—El desayuno. —Le sonrió Abby. La chica, mientras comía, dejó el bolso y la chaqueta en el almacén.
—Gracias, porque el día de hoy va a ser tremendo.
—Por eso he traído exceso de dulce y te traje un Iced latte con crema de vainilla. —Le guiñó un ojo.
—En serio, ¡qué bien me conoces! —Se rio Tony.
—Son muchos veranos juntas.
—¿Te gustaría quedarte más tiempo de forma indefinida? —Tony puso su idea y sus intenciones sobre la mesa.
—¡Claro! Me encantaría, sabes que adoro esta tienda.
—Por eso mismo te lo estoy ofreciendo.
Abby saltó de alegría.
—¡Qué alegría! Y podré ayudarte a decorar en Halloween, por Navidad… —Tony nunca la había visto tan contenta.
—Sí, así es. —La alegría de Abby era contagiosa.
—Por, cierto, ya he apuntado que mañana por la mañana u hoy vendrán a poner el cartel que habías encargado para disfrazar la tienda con elementos de los libros de la alcaldesa —le informó Abby.
—Vale, habrá que estar pendientes.
Después de dar buena cuenta de los dulces y el café que le cambió el humor que había traído de casa, Tony estuvo preparada para recibir los pedidos halloweenescos.
Cuando al fin los tuvo en la tienda, pese a estar abierta al público, se encerró en el almacén para contemplarlos con la emoción de quien abría un regalo, pues así los veía, como auténticos regalos procedentes de otro tiempo, otro lugar, de una persona que lo compró por afición o fascinación y luego, por azares del universo, acabaron en sus manos para darle una nueva oportunidad con un dueño nuevo.
Eso era lo que le encantaba de la tienda de antigüedades y nadie salía de ella sin haber encontrado el objeto perfecto para cada cual.
Los clasificó y no paró para comer. Aquel trabajo le encantaba, pues al hacerlo iba conociendo la historia que los vendedores o las pequeñas casas de subastas u otras tiendas de antigüedades le incluían.
Ella se las memorizaba sin apenas esfuerzo y luego las añadía cuando veía a alguien interesado.
Ese punto era el mejor valorado en las reseñas que dejaba la gente en internet.
De repente, oyó la puerta abrirse.
—Un momento, por favor. —Alzó la voz para que el cliente la oyese. Cuando lo dejó todo más o menos ordenado y en su sitio para que ningún objeto sufriera daños, salió y cuál fue su sorpresa que Conor estaba paseando entre las mesas—. ¿Qué haces tú aquí?
—No sabía que tuviera el paso prohibido. —Metió las manos en los bolsillos del vaquero.
—Puede decirse, sí. —Se cruzó los brazos por encima de la blusa rosa de manga sisa con margaritas blancas estampadas, muy Cottagecore —. Y no me has respondido.
—Te echaba de menos y como no puedo arrancarte de mi cabeza desde que te vi, pues no me quedó más remedio que venir.
—¡Oye, no te pases!
—Tú preguntaste.
—Para que me dijeras la verdad. —Ella cambió el peso del cuerpo de un pie a otro.
—¿Y qué pasa si esa es la verdad? —la encaró.
—Sí, ya —lo obvió—. Tengo mucho trabajo, hala, ya puedes marcharte.
Se giró para entrar de nuevo en el almacén, pero no hubo forma.
—Como trates a todos los clientes así, no entiendo como no has cerrado ya —la fastidió, consciente de ello.
—Esta es mi tienda. —Se volvió a él echando chispas por los ojos—. Y yo digo quien entra y quien no.
—Pues me voy a quedar, después de todo lo que me has echado en cara hoy por la mañana.
—Conor, no sueñes y si piensas que ha pasado, te aconsejo que pidas hora en el especialista.
—Sé de lo que hablo, Tony.
Ella abrió la boca y alzó las cejas fingiendo sorpresa, aunque de la mala.
—Pobre, no sabe lo que dice.
—Ya verás como sí y como no tienes escapatoria. —A la vez que él rebuscaba en el bolsillo del vaquero, Tony se puso delante de uno de los estantes que había en el almacén recolocando un estuche donde había unos anillos antiguos que no hacía falta colocar, ya estaban bien.
—Conor, no puedo perder el tiempo contigo…
De repente, su propia voz la cortó y llenó la tienda.
—¡¡¡QUÉ!!! —Se oyó decir—. Tío, ¿tú eres tonto o te lo haces?, ¿por qué me pones ese emoji?
A Tony se le aflojó la mandíbula que se precipitó al centro de la Tierra, mientras que las cejas poco a poco fueron cobrando vida hasta que se arquearon.
Aquello no era asombro, sino espanto y del grande a medida que empezaba a sudar frío.
Por unos segundos, miró a Conor avergonzada, con las mejillas ardiendo como dos barbacoas y él la observaba serio, sus ojos brillaban no tanto de malestar, era otra emoción que a ella se le escapó.
Cuando el audio terminó, no era capaz de articular ninguna palabra.
—He tenido que buscar lo que significaba gaznápiro —le reprochó.
—Ay, has tenido que usar el diccionario, ya ves.
—¿Por qué me has enviado este audio? —quiso saber él.
—A lo mejor no iba para ti.
—Por eso hablas del emoji que te envié, ¿no? —Estiró los labios y asintió con la cabeza en su dirección—. No me chupo el dedo.
—Eso no lo sé, debería verte dormir y como comprenderás no pienso meterme en tu cama.
—No estés tan segura.
—Paso, a lo mejor hay ladillas, vete a saber.
—Se lo diré a Flora, que las sábanas que me deja tienen ladillas.
Tony iba de mal a peor, Conor estaba pasando esa temporada con Flora. Cada vez se iba poniendo más nerviosa.
—Vale, ya, sí, te lo envié por culpa del emoji ese guiñando un ojo y lanzando un beso amoroso; eso no me lo puedes enviar.
—¿Por qué no?
—Pues porque no, no es lo correcto, listo. —Quería zanjar el tema—. Tengo que trabajar. —Tony fue para los estantes del fondo creyendo que él saldría de allí, pero no, oía sus pasos detrás de ella—. ¿Me estás siguiendo? —Se giró para clavarle una mirada asesina.
—Sí. —En cuanto sus ojos se toparon con algo colocado en un estante, la apartó para acercarse.
—No toquetees nada.
—Menuda baraja —silbó—. Es muy antigua.
—Sí, tienes más de cien años. —Tony la cogió con cuidado y se la tendió—. Está completa y perteneció al mismísimo Erik Weisz.
—¡¿Houdini?!
—Sí —afirmó con satisfacción—. Ese mismo Erik.
—Vaya. —La observó con más admiración aún—. Mi hermano alucinaría con esto, porque ahora está en una fase que escribe mucho sobre el espiritismo…
—Estaba en contra de ellos, los llamaba farsantes.
—Él asintió sin decir nada—. Pero, sí, perteneció a él y lo compré con otros objetos y artículos de Halloween que quiero colocar para que los turistas se animen y compren algo para esa fecha.
—Suspiró—. Pero también Abby y yo debemos atender a los clientes, por eso no sé cuándo podré colocar todo lo que quiero.
—¿Quién? —Levantó la vista y sus ojos negros, en ese pequeño espacio, se volvieron más intensos.
—Mi ayudante.
Conor reaccionó, para sorpresa de ella, dejando la baraja en la mesa y estirándose.
—¿Qué tengo que hacer?
—¿Cómo? —Ella le respondió con otra pregunta.
—Vamos, te ayudo o hago lo que me pidas, estoy a tu disposición.
Ella dio un paso atrás.
—¿Quieres ayudarme?
—Sacaremos el trabajo en tiempo récord, ya lo verás. Tú solo dime dónde quieres tal cosa o qué debo hacer y lo haré. —Se encogió de hombros—. Entre dos es mejor.
Tony dudó, pero se iba a aprovechar.